Política suiza

Cuando Suiza vivía bajo el terror anarquista

Una mirada retrospectiva a la historia de Suiza muestra que los actos de violencia con trasfondo político fueron mucho más frecuentes de lo que hoy podemos imaginar. Sin embargo, el terror que estos criminales diseminaron fue generalmente mayor que el daño. 

Este contenido fue publicado el 16 septiembre 2019 - 00:15
David Eugster, Andrea Caprez (ilustración)

En septiembre de 1898, la emperatriz Elisabeth de Austria (Isabel de Baviera) y reina consorte de Hungría, apodada cariñosamente Sissí, pasea con su dama de honor a orillas del lago en Ginebra. De repente un desconocido se abalanza sobre ella y le hunde en el pecho un objeto puntiagudo. Sissí siente una pequeña punzada y le resta importancia, pero se desmaya y muere unas horas más tarde. 

El asesinato de Isabel de Baviera fue el primer atentado político de la historia moderna de Suiza. Su asesino, el italiano Luigi Luccheni, era un anarquista confeso. Uno de muchos anarquistas extranjeros que se refugiaron en Suiza.  

Desde las fallidas revoluciones de los años 1848, el país había concedido asilo político a todos aquellos que luchaban contra las monarquías en Europa. Suiza fue no solo un importante refugio para los anarquistas, sino también la cuna del anarquismo. 

Pero la lucha anarquista no se detuvo en la frontera helvética. El propio Gobierno suizo estuvo en el punto de mira: En la década de 1880 un anarquista amenazó con hacer saltar por los aires el Palacio Federal. 

Varios de los anarquistas afincados en Suiza eran defensores de la propaganda de los hechos y apostaban por los atentados. “No tenemos dinero para agitar a las masas y, por lo tanto, tenemos que cometer acciones llamativas que sirvan para el mismo propósito”, declaraba el  anarquista ruso Isaak Dembo durante un interrogatorio. Dembo estaba bajo sospecha de haber utilizado los laboratorios de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich para fabricar bombas. 

Muchos de los juicios a anarquistas acapararon la atención internacional: Por ejemplo el juicio a Tatiana Leontieff, la joven que en 1906 disparó contra un hombre de negocios francés en el Grand Hotel de Interlaken. Más adelante se supo que lo había confundido con el ministro ruso del Interior. El jurado, que en su mayoría estaba compuesto por campesinos de la región, no la absolvió, pero emitió una condena leve alegando como atenuante la disminución de las capacidades mentales de Leontieff. 

La gota que colmó el vaso fue el atraco a un banco en 1907, en el que los anarquistas abatieron a un joven cajero. Después de la detención de los asaltantes casi se produjo un linchamiento, mientras una turba furiosa exigía a gritos la pena de muerte. 

Tras la ola de atentados se multiplicaron las voces que exigían un endurecimiento de la ley de asilo. Una respuesta a la violencia anarquista fue la denominada Ley de Anarquistas de 1894, que tipificó como delito la fabricación de bombas. 

Pero el tenor de fondo estaba claro: Suiza no puede abandonar la “idea de libertad en Europa”, sostenía el Neue Zürcher Zeitung:

“Se puede perseguir de país en país a personas sospechosas, pero cuando tengan una oportunidad la utilizarán lo mejor que puedan”.  

“Para nosotros puede ser humillante pensar que no podemos sentirnos seguros en el esplendor de nuestra civilización; pero de hecho es así y haremos bien en reconocerlo”. 

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