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Tras la victoria, el islamismo se vuelve pragmático

Jornada electoral en la gobernación de Qalyubiya, al norte de El Cairo. Keystone

Un año después del inicio de las revueltas en el mundo árabe, cuando cientos de miles de manifestantes salieron a la calle para exigir libertad y democracia, los partidos islamistas han ganado por amplia mayoría las primeras elecciones libres de la primavera árabe.

Este contenido fue publicado el 13 enero 2012 - 11:00
Frederic Burnand, Ginebra, swissinfo.ch

Su llegada al poder en Túnez, Marruecos y Egipto suscita temores en Occidente que Patrick Haenni, investigador del instituto Religioscope de Friburgo, relativiza.

Patrick Haenni investiga desde hace años el movimiento islamista. Entrevista.

swissinfo.ch: ¿La victoria electoral de los Hermanos Musulmanes en Túnez y Egipto justifica los temores de Occidente?

Pierre Haenni: Hay que tratar con cautela esos temores. En primer lugar, el mundo occidental está dividido frente al islamismo. Y éste no suscita solamente miedos. En el mundo político hay también la voluntad de poner a prueba a los islamistas, de darles la oportunidad de gestionar el poder.

Además, los temores no se limitan a Occidente. La victoria de los islamistas también preocupa a una parte de la población y a la élite en los países árabes. Las posiciones políticas han cambiado mucho en el último año, desde que estos países se han liberado del yugo de la dictadura.

swissinfo.ch: ¿Qué ha cambiado?

P.H.: En Egipto y Túnez hay una división entre los revolucionarios, que reivindican un cambio radical de las instituciones, y los medios más conservadores que apuestan por la continuidad, entre ellos los Hermanos Musulmanes, los fieles del antiguo régimen y, en general, los militares. En Libia, este polo conservador cuenta incluso con el respaldo de Occidente.

Pero en una segunda fase, las cuestiones de identidad y, sobre todo, el papel que la religión debe tener en las futuras Constituciones, han polarizado la política. Los islamistas se han encontrado con la oposición del resto de las fuerzas políticas, incluido el ejército.

Resulta muy difícil analizar estos movimientos, porque evolucionan muy rápido y están sometidos a los juegos de la política y el poder.

Egipto y Túnez no pueden fomentar el turismo y la economía, y a la vez prohibir la venta de alcohol o promulgar leyes morales en las playas como piden algunos salafistas. Hoy, el Islam político no tiene más remedio que aceptar un compromiso entre el respeto de los dogmas y los imperativos económicos.

Los Hermanos Musulmanes han apostado por la eficiencia y la buena gobernanza y saben que esto implica hacer concesiones. Pero incluso los salafistas, que hasta ahora solíamos ver bajo el prisma de la rigidez doctrinal, han hecho concesiones.

swissinfo.ch: ¿El gran desafío de los islamistas consiste en estar a la altura de las expectativas de sus electores, sobre todo en los ámbitos social y económico?

P.H.: A diferencia del credo islamista de los años 80, los Hermanos Musulmanes apuestan por la vía legalista. Son conscientes de que deben su victoria a las urnas y que los electores juzgarán su gestión.

En otras palabras: estas formaciones políticas estiman que el poder y la legitimidad se adquieren con una gestión eficaz del Estado.

El gran desafío, sobre todo en Egipto, consistirá en dirigir un aparato burocrático enorme y que funciona bajo la lógica del viejo régimen.

swissinfo.ch: ¿Los islamistas quieren aliarse con quienes hoy controlan los principales sectores económicos?

P.H.: Existe una diferencia fundamental entre Turquía y los países árabes que han derrocado a sus dirigentes. El Partido Justicia y Desarrollo (AKP) turco es la expresión política de una pequeña burguesía de provincia, de una clase de comerciantes islamistas, que se oponen al gran capitalismo que reina en la capital.

En Egipto, en Túnez, no existe una clase media islámica. Ni siquiera en Marruecos, donde el partido PJD representa solamente a una pequeña parte de la burguesía, pero la economía está en manos de la monarquía.

Las relaciones entre el nuevo poder y los círculos económicos vinculados o no al antiguo régimen determinarán las orientaciones económicas y sociales. En esa perspectiva, no se puede descartar que surjan islamistas de izquierda o de derecha.

swissinfo.ch: ¿El brío de los islamistas refleja también una forma de afirmarse frente a Occidente?

P.H.: Los islamistas son perfectamente conscientes de que mantenerse en el poder es incompatible con toda lógica de confrontación con Occidente. Toda decisión –ya sea pública o privada– demuestra que estos grupos respetan los compromisos internacionales que asumieron los gobiernos precedentes.

Quizás el éxito de los partidos islamistas se deba más a su virginidad política que a motivaciones religiosas. Cada vez más mujeres –cuyo papel fue fundamental en las revueltas democráticas– llevan el velo, pero también tienen mayor libertad para elegir a un marido u ocupar puestos de responsabilidad.

Las sociedades árabes se están modernizando más rápido de lo que nos imaginamos, y sin renunciar a sus convicciones religiosas. Esto no significa que el respeto de las libertades individuales personales no sea un tema de debate en el mundo árabe: hay aún muchas cuestiones pendientes, como la conversión o el destino de las minorías religiosas.

 

Pero también en este campo están cambiando muchas cosas: los cristianos prácticamente han desaparecido en algunos países, y en otros se multiplican las conversiones al protestantismo, por ejemplo en Argelia. Sin contar el crecimiento de las fuerzas chiíes en países de mayoría suní, las reivindicaciones de un trato igualitario de los coptos en Egipto o del matrimonio civil.

Los islamistas respaldan la democracia, pero se oponen al liberalismo entendido como proyecto de extensión de las libertades públicas y religiosas. Y es en este frente que en los próximos años se producirán tensiones con Occidente.

El precio de la represión

En Túnez, la revolución democrática que derrocó al presidente Zine Bel Ali duró 29 días (17 diciembre 2010–14 de enero 2011). La represión militar de las manifestaciones pacíficas causó cerca de 300 muertos y 700 heridos.

En Egipto, la sublevación contra el presidente Hosni Mubarak duró 18 días y dejó 800 muertos y 6.000 heridos. A fines de 2011, la población volvió a manifestarse en la plaza Tahir: los enfrentamientos con la policía y el ejército ocasionaron al menos 80 muertos y varios centenares de heridos.

En Siria, la revolución contra el régimen del presidente Bachar Al-Assad se ha cobrado más de 5.000 muertos, según estimaciones de la ONU.

En Yemen, al menos 2.700 manifestantes (entre civiles y militares) murieron el año pasado, cuando comenzaron las protestas contra el actual presidente Ali Abdullah Saleh.

En Libia, los ex rebeldes estiman en cerca de 50.000 el número de víctimas de la guerra.

Desde la primavera árabe, los precios de los carburantes y productos alimenticios han subido en el conjunto de la región, algunos productos escasean. A ello se suma la pérdida de empleos, la quiebra de empresas y la desconfianza de los inversores.

Las economías de Egipto, Siria y Yemen se han visto especialmente afectadas.

Fuente: ONU y agencias

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Reacciones en el mundo

“Mientras millones de personas de Oriente Medio y el Norte de África mostraban su avidez por las libertades y los derechos que se disfrutan en otras partes del mundo, muchos gobiernos poderosos dieron piruetas políticas o siguieron haciendo caso omiso de las violaciones de derechos humanos cometidas en la región al tiempo que trataban de proteger sus propios intereses políticos y económicos.  (…)

Ninguno emprendió acciones oportunas, efectivas y coherentes para proteger los derechos humanos y los intereses de las personas desposeídas de la región.”

Fuente: Año de Rebelión, informe de Amnistía Internacional

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Delegación suiza en Túnez

A inicios de enero, una delegación de parlamentarios suizos viajó a Túnez para una visita de cuatro días.

“La voluntad de los tres partidos gubernamentales de colaborar y consolidar la democracia es impresionante”, declaró a su retorno Ueli Leuenberger, jefe de la delegación y presidente de los Verdes.

Túnez necesita el respaldo de la comunidad internacional y su experiencia de democratización puede ser un ejemplo para otros países, precisó.

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