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Rudolf Häsler


El impulsor de la artesanía y el arte cubanos en los años 60


Por Ana Häsler, Sant Cugat del Vallès (Barcelona)


Rudolf Häsler (derecha) y su esposa en las obras de la Colonia Española de Santiago de Cuba. (Cortesia familia Häsler)

Rudolf Häsler (derecha) y su esposa en las obras de la Colonia Española de Santiago de Cuba.

(Cortesia familia Häsler)

Rudolf Häsler, renombrado pintor hiperrealista suizo nacido en Interlaken, llegó a Cuba en 1957 para casarse con la cubana de origen andaluz María Dolores Soler Sarlabous. Fruto de este matrimonio nacieron cuatro hijos y todos ellos son artistas: Rodolfo, Alejandro, Juan Carlos y Ana, quien rememora la labor que realizó su padre en la isla.

Mis padres se habían conocido un año antes en Granada y los doce días de su luna de miel se convirtieron en doce fructíferos años cuando, por mera suerte del destino, él fue nombrado director nacional del recién creado Instituto Nacional de Industria Turística (INIT). Un estamento gubernamental –que nació con los primeros años de la Revolución y que mi padre logró desarrollar brillantemente, creando talleres con más de tres mil empleados a su cargo– donde la más refinada y variada artesanía local alcanzaría vuelos internacionales y desde el cual se promovió el arte de los artistas cubanos como en ninguna otra época de la historia de este país.

Lamentablemente, sus esfuerzos no fueron reconocidos, y los días de Rudolf Häsler en el INIT acabaron de forma abrupta con un juicio sumarísimo, en el que se le acusó injusta y cruelmente de actividades tan “fabulosas” como espiar para la CIA. Juicio del que mi padre, milagrosamente, salió con vida, y que puso punto final a la estancia de toda la familia en la isla caribeña.

El testimonio de los cerca de diez años de esta labor artística ininterrumpida, que colocó a este excepcional artista en el lugar del más destacado extranjero de los primeros años del gobierno revolucionario (se entiende después del ‘Ché’), está recogido de forma detallada en un libro que sus herederos conservamos como oro en paño, como un documento insólito de una parte de la historia del arte en Cuba y que, por cierto, puede contemplarse actualmente, entre otras muchísimas obras de su producción, en la gran exhibición que la ‘Bromer Art Collection’, de Roggwil (Suiza), le dedica hasta el próximo 19 de marzo de 2017.

Extraigo del libro* de Rudolf Häsler ‘Cuba, ¿Libertad o terror?’ (‘Kuba, Freiheit oder Terror?’, Habegger Verlag), este fragmento donde mi padre expresa en palabras propias algunos interesantes aspectos:

“Febrero 1960

Comencé mis nuevas funciones como Director Nacional de Artesanía y Arte. La muestra, que fue muy visitada, tuvo la ventaja de aportar una visión global del estado en que se hallaba la artesanía doméstica. En lo tocante a la vida artística, se concentraba en La Habana una actividad de sorprendentes impulsos, superada en riqueza en Latinoamérica tan solo por la notable vitalidad cultural de Ciudad- México. La mayoría de los pintores cubanos aportaron sus obras a aquella exposición. Por su parte, era inmensa la cantidad de artículos artesanales que había que registrar, etiquetar, almacenar. Nos entregaron los objetos más insólitos que se puedan imaginar, muchos de ellos de muy mal gusto (de lo cual se deduce que no todo el que anda en nave es marinero). Una dama se presentó con un camión cargado de arbustos artificiales. En cambio, los objetos que cautivaron por su belleza y su autenticidad, se clasificaron aparte, con esmerado cuidado. Por último, se hizo una severa selección y se exhibió un buen tercio del todo. La exposición, la primera muestra de arte y artesanía de la Cuba revolucionaria, se instaló en la Plaza de la Revolución, en el zócalo del Monumento a José Martí, un obelisco con planta de estrella cubana. 

A la finalización de esta exposición ya conocía a medio mundo. Un buen día era Pablo Neruda, el poeta de la Isla Negra, como trotamundos un verdadero Ahasver, a quien vi avanzar, a paso lento y pausado, por la larga rampa del monumento, tocado con su gorro marinero alemán. Con Celia Sánchez, la mujer más influyente del nuevo régimen, la guerrillera que había cuidado a Castro en la montaña, sostuve una larga conversación en este mismo lugar, en lo alto de la rampa. Inicio de una larga relación de confianza, era un intercambio de ideas bastante singular, por reflejar de modo diáfano la forma de pensar de los revolucionarios llegados al poder.

Celia lamentaba vivamente “que el arte cubano no se interesaba en la revolución como tema”, como había sido el caso en México, donde, por impulso de la revolución, la problemática histórica nacional había servido de temática a un formidable movimiento muralístico. Su ideología expresada con fuerte carácter autóctono en un realismo social, había culminado en una de las grandes realizaciones culturales del siglo. Pero en Cuba, si bien los artistas casi sin excepción militaban entre los simpatizantes de la revolución, el arte se orientaba hacia las corrientes vanguardistas de París y Nueva York. ¿No se cultivaban acaso en tierras cubanas cuantos estilos internacionalistas ‘en vogue’ inundaban al mundo, tendencias como el Arte Concreto, el Pop-Art y el Abstraccionismo lo mismo que el Abstract-Expresionismo de nuevo cuño norteamericano? No había “ismo” o fenómeno cultural de nuestro mundo occidental que no dejara en La Habana sus sedimentos, que no contara con sus adeptos, su grupo de representantes. Había, pues, un Kline cubano, un De Kooning, unos cuantos Vaszarelys e incluso unos pocos Mini-Pollocks. Un arte llanamente cubano, de sabor y raíz vernácula, muy hermoso y vigoroso, por cierto, con el campo y el lirismo güajiro como tema, había florecido por el año 1939 (Lam, Carlos Enríquez, Abela, Cundo Bermúdez, Víctor Manuel y otros tantos), ciertamente estimulado por el ejemplo mexicano, de forma análoga a como sucedió, por ejemplo, con Portinari en el Brasil. La efímera presencia de este arte cubano de signo rural y criollo fue desplazada con la irrupción de las vanguardias internacionales.

Este interés en ver elevado a temática del arte el reciente proceso revolucionario, la guerra de guerrillas, la gesta de liberación y el ideario de la revolución, es lógico en personas cuya vida y pensamiento gira en torno de un único centro de gravitación. El revolucionario es unitario, monolítico; con todas sus fuerzas sirve a una sola idea. En esto semeja al artista, o al místico. Está viviendo el gran libro de su vida: la revolución, el principal resorte de su existencia.

En ulteriores conversaciones con grandes figuras de la revolución, he visto confirmada esta misma actitud. A los artistas cubanos, por confesarse partidarios, se les aceptó y toleró; frente a su arte, la actitud de los revolucionarios era de franca perplejidad y extrañeza. El Ché, gran escéptico, trilló sus propios derroteros también en estas cuestiones. Encargó para su ministerio, el de las Industrias, a un muralista chileno, José Venturelli, un alumno de Diego Rivera, unos cartones sobre la epopeya guerrillera. La ejecución de este gran mural fue interrumpida por la llamada ‘guerra del arroz’ con la China de Mao, disputa que colocó a Cuba definitivamente en la órbita soviética. Esta y similares iniciativas en solitario eran poco apreciadas por los políticos de la cultura oficialista.”

*El libro de Rudolf Häsler “Kuba, Freiheit oder Terror?” se va a reeditar próximamente en lengua alemana y en su versión española, que es una traducción original del mismo autor.

Y en Suiza acaba de estrenarse el documental ‘COCA-CASTRO (Bromer Art/Porte Blanche, 2016) dedicado al artista suizo. 

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