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Teotihuacan, la ciudad de los dioses

Teotihuacan: Máscara antropomorfa, 200-650 a.C., piedra. Museo Nacional de Antropología, Ciudad de México.

El Museo Rietberg, de Zúrich, consagra una exposición única en Europa a la legendaria y misteriosa ciudad que los aztecas bautizaron como el ‘lugar donde los hombres se convierten en dioses’.

Las 450 piezas provienen de la colección del Museo Nacional de Antropología de México y de recientes excavaciones. Entre ellas destacan esculturas monumentales, espléndidas pinturas murales, máscaras rituales, joyas, estatuillas-ofrendas y cerámica.

Localizada a 50 kilómetros al noreste de la capital mexicana, Teotihuacan es una ciudad prehispánica perfectamente bien diseñada con una superficie de 22 km2 que ha sabido conservar sus imponentes y colosales ruinas.

A lo largo de 7 siglos (100 a.C. 650 d.C.) esta civilización mesoamericana desarrolló estructuras políticas, sociales y económicas de gran avance, además de una vida artística y cultural de primer orden que sirvió de inspiración a otros pueblos como los aguerridos aztecas del centro de México.

Gracias a la localización estratégica de los templos, palacios y calzadas de Teotihuacan, cuyo objetivo era servir de marcadores cósmicos para ayudar a los hombres a conocer el movimiento de los astros y seguir el rumbo del sol, sus habitantes la consideraban el punto cósmico donde lo divino y lo humano se unían; el lugar donde el tiempo y el espacio sagrado se hacían uno solo.

Actualmente millones de visitantes de todo el mundo llegan a México para admirar la magnitud de esta imponente zona arqueológica.

Una ciudad de gigantes según los conquistadores españoles

Teotihuacan ha pasado a la historia de México como el modelo clásico de una sociedad centralizada, organizada y bien urbanizada, por lo cual se piensa que ahí nació el verdadero urbanismo en América.

En su momento de esplendor (siglo lll al Vl d.C.) los teotihuacanos lograron una expansión territorial y demográfica enorme para su época, contando con 100 mil habitantes. Era una megalópolis única cuya influencia se expandió hacia el centro y sur de México llegando a las tierras altas de Guatemala y a Honduras.

En su época de mayor auge esta urbe concentraba numerosos centros religiosos, 2.000 conjuntos habitacionales, barrios, casas para el pueblo, mercados, edificios públicos y residencias para gobernantes y sacerdotes.

En otros términos, Teotihuacan era una de las mayores ciudades preindustriales del mundo para su tiempo, cuyas dimensiones físicas hicieron pensar a los conquistadores españoles que se trataba nada menos que de un asentamiento de gigantes.

Hoy día perduran en Teotihuacan riquísimos monumentos como las fabulosas pirámides del Sol y de la Luna, diversos templos, uno de ellos dedicado al dios Quetzalcóatl, y la famosa Calzada de los Muertos de 5 km de longitud y 90 m de ancho en su parte central.

Dioses que protegen o condenan

Entre las piezas emblemáticas de la exhibición del Museo Rietberg se encuentra el dios viejo del fuego, a quien llamaban Huehueteotl, una de las primeras divinidades que adoraron los teotihuacanos.

Este personaje aparece encorvado, sentado con las piernas cruzadas por delante y casi siempre lleva orejeras y collares. En su rostro se pueden ver las arrugas de un hombre viejo y en ocasiones se presenta con muy pocos dientes en la boca.

Sobre su cabeza Huehueteotl carga un enorme brasero donde se hacía el fuego y que servía para las ofrendas de las deidades. Este dios podía ser bueno con sus hijos si usaban el fuego debidamente pero, si no, podía provocar grandes incendios y llevar a los hombres a la muerte.

Quetzalcóatl es uno de los dioses fundamentales en el panteón de los antiguos mexicanos. Es el dios civilizador por excelencia del cual procede la mayoría de los mitos y las leyendas del Valle de México.

Esta divinidad tenía bajo su protección la educación superior impartida a los jóvenes indígenas. La educación incluía particularmente la enseñanza de las escrituras, el estudio de los libros sagrados y la comprensión del calendario adivinatorio.

Quetzalcóatl suele aparecer en las espléndidas pinturas murales que decoraban las residencias de los sacerdotes teotihuacanos, así como en recipientes rituales y en una gran variedad de cerámica que se exhibe en esta muestra.

El poder unido al lujo

En la exhibición dedicada a Teotihuacan se presenta por primera vez la Máscara de Malinaltepec (300-550 d.C.), verdadera obra maestra de la orfebrería.

Se trata de una máscara de piedra de tamaño regular con incrustaciones de turquesa, obsidiana y conchas de mar, que revela la complejidad y el refinamiento en las ceremonias dedicadas al culto religioso de este pueblo.

Del mismo modo, el llamado Jaguar de Xalla (350-650 d.C.) relacionado con el planeta Venus, era un símbolo de guerra y fertilidad que representaba el poder alcanzado por la sociedad teotihuacana.

La exhibición ‘Teotihuacan, la misteriosa ciudad de las pirámides’ en el Museo Rietberg de Zúrich cerrará sus puertas el próximo 30 de mayo.

Araceli Rico, Zúrich, swissinfo.ch

Datos clave

Por primera vez en Europa se da a conocer el esplendor y la influencia decisiva que tuvo la civilización de Teotihuacan en otras culturas mesoamericanas, como la de los aztecas del centro de México.

La muestra ‘Teotihuacan, la misteriosa ciudad de las pirámides’, en el Museo Rietberg de Zúrich, presenta los últimos descubrimientos realizados en esta importante zona arqueológica situada al noreste de la capital mexicana.

La exhibición ha sido realizada por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México, con el apoyo de la Fundación Televisa A.C. en colaboración con el Musée du Quai Branly (París), el Museum Rietberg (Zúrich) y el Martin-Gropius-Bau (Berlín).

En 1987 el centro religioso y ceremonial de Teotihuacan fue nombrado patrimonio mundial de la UNESCO.

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