La catástrofe natural que cambió a Suiza

Inundación de 1868 en la región de Au, en el cantón de San Gall (Acuarela). Staatsarchiv St.Gallen, ZMH 05/006

Hace exactamente 150 años, los lagos y los ríos suizos se desbordaron e inundaron diversas partes del país. El desastre sembró la destrucción y la muerte, pero también permitió al joven Estado federal consolidarse y avanzar.

Este contenido fue publicado el 02 octubre 2018 - 09:00

Todo comienza con las fuertes precipitaciones de los días 27 y 28 de septiembre, seguidas de las lluvias de principios de octubre: el otoño de 1868 es uno de los más húmedos y catastróficos de la historia de Suiza. El Lago Mayor alcanza una altura de 199,98 metros, la más alta jamás medida, siete metros por encima de su nivel promedio actual, mientras que el Paso de San Bernardino recibe 1 118 milímetros de precipitación en ocho días, otro récord.

En los cantones más afectados, Tesino, Valais, Grisones, Uri y San Gall, las inundaciones dejan 51 muertos. Los daños ascienden a 40 millones de francos de la época, casi mil millones de hoy.

Daños de la inundación en Vals, cantón de los Grisones. Gemeindearchiv Vals


“Uno para todos, todos para uno”

Sin embargo, la gran inundación será una fuerza. Va a modelar no solamente el paisaje, sino también a la política y la sociedad, observa Stefan Brönnimann, profesor del Instituto de Geografía de la Universidad de Berna y coautor de una publicación sobre las causas y las consecuencias de la catástrofe de 1868.

En esa época, la protección contra las inclemencias del tiempo es responsabilidad de los cantones, recuerda la historiadora Stephanie Summermatter. “Pero frente al carácter excepcional del acontecimiento, el Estado federal, aún joven [había nacido 20 años antes], decide intervenir. Es la primera vez que el Consejo Federal (Gobierno central) toma la iniciativa de manejar un desastre”, explica.

El Gobierno convoca una comisión de expertos para evaluar los daños y lanza una campaña nacional de recaudación de fondos. Bajo el lema “Uno para todos, todos para uno”, la acción permite reunir 3,6 millones de francos y más de tres toneladas de alimentos. Es la colecta más exitosa en la historia de Suiza, señala Summermatter. “La solidaridad de los suizos fue enorme, lo que contribuyó a forjar la identidad nacional”.

Otra foto de Vals en el otoño de 1868. Gemeindearchiv Vals

Ese desastre de hace 150 años también sentó las bases de la actual política de prevención de desastres, anota Brönnimann. En lugar de tratar solamente los síntomas, se comienza a abordar las causas, por ejemplo, mediante la construcción de barreras de contención y protección a lo largo de los cursos de agua. Y ello con un enfoque ya no local, sino regional.

La Confederación, que participa entonces solamente en los grandes proyectos de corrección de ríos como el Rin y el Ródano, asume cada vez más responsabilidades en la protección contra las inundaciones, puntualiza Summermatter. Después de esa tragedia, se adoptan leyes y medidas para la explotación sostenible de los bosques y la protección de las zonas habitadas, las líneas de comunicación y las grandes infraestructuras.

Aprender del pasado

Reconstituir los acontecimientos del pasado nos permite extraer lecciones para el futuro, dice Brönnimann. Un futuro que se anuncia pleno de retos y escollos: con el cambio climático, la intensidad de las precipitaciones se incrementará. Pero queda una buena noticia: según el profesor, es poco probable que Suiza conozca de nuevo un desastre como el de 1868.

¿Qué causa las inundaciones?

La reconstitución de lo sucedido en 1868 ha permitido a los investigadores comprender mejor los procesos que causan las inundaciones. Originalmente, hay por supuesto, fuertes lluvias, pero no únicamente. El nivel de lagos y ríos, la saturación de agua en los suelos, la fusión de la nieve y la presencia de diques son otros factores desencadenantes. En caso de fuertes lluvias, el papel de la moderación forestal es secundario.

Hace 150 años se cumplían todas las condiciones previas: un septiembre lluvioso había saturado los suelos de agua, agotando su capacidad para almacenar más, y había elevado el nivel de lagos y ríos. Las crecidas, debidas a las grandes cantidades de humedad transportadas del Mediterráneo a los Alpes entre fines de septiembre y principios de octubre, fueron por lo tanto inevitables.

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