Contenido externo

El siguiente contenido proviene de socios externos. No podemos garantizar al usuario el acceso a todos los contenidos.

Khalifah al-Khidr, un sirio retenido cautivo en una prisión del grupo islámico IS en la ciudad de Al Bab, al norte de Siria, y fugado en diciembre de 2014, observa el muro de la celda donde él y otros prisioneros escribieron notas, el 2 de marzo de 2017.

(afp_tickers)

"Todas las puertas están cerradas, excepto la Vuestra, oh, Dios". En las paredes de las celdas de una antigua prisión del grupo Estado Islámico (EI) en Siria, los detenidos garabatearon lemas, dibujos o poemas expresando su esperanza de salir con vida o diciendo adiós.

Jalifa Al Jodr ha vuelto al lugar de su detención en Al Bab, dos semanas después de que este antiguo bastión yihadista del norte de Siria cayera en manos de las fuerzas turcas y de sus aliados rebeldes sirios.

Aunque al principio se muestra seguro de sí mismo, el miedo le va ganando conforme entra en este edificio de tres pisos, que antes de la guerra albergaba el consejo local de la ciudad y un centro de detención provisional.

A paso lento, el joven de 23 años baja por una escalera hacia las sombrías celdas del sótano.

Estuvo encarcelado entre junio y diciembre de 2014 tras haber sido detenido por el EI en posesión de una cámara.

"La mayor parte de los prisioneros pintaron grafitis en las paredes para dejar huellas, para decir que seguían vivos", explica el hombre, moreno y alto, mostrando una pared repleta de nombres, fechas y versos.

"Para mí, la prisión es un honor; las esposas, una pulsera; el 'balango', el balancín de los héroes", escribió uno de ellos, refiriéndose a un método de tortura que consiste en colgar un cuerpo de una cadena, con las manos a la espalda.

- 'No soñaba con nada' -

Otro prisionero, que quizá presentía que sus días estaban contados, escribió: "Si pasan los días y no me veis más, esta es mi letra, acordaos de mí".

Para otros, una sola palabra bastaba para resumir su estado de ánimo: "Injusticia".

En una de las paredes todavía puede apreciarse el nombre "Estado Islámico" escrito en rojo.

La antigua cárcel estaba conectada por un pasillo al tribunal religioso instaurado por la organización yihadista en esta ciudad de la provincia de Alepo.

La cárcel tenía entre 75 y 100 celdas, incluyendo calabozos en los que se hacinaban a veces cientos de detenidos, según Jalifa.

"Cuando estaba en prisión, no soñaba con nada", dice lentamente Jalifa, militante antirrégimen y anti-EI.

Sin embargo, en ocasiones los sueños se dibujaban en las paredes, como el de una paloma con la inscripción "Ella quiere volar" o la frase "Libertad para la prensa".

De repente, la mirada de Jalifa se fija en una inscripción que él mismo grabó el 3 de junio de 2014. Se trata de un verso del célebre poeta palestino Mahmud Darwich: "En esta tierra, hay cosas que merecen que vivamos por ellas".

"Los escritos en las paredes pueden dar la esperanza a los familiares" de los detenidos, destaca Jalifa, emocionado.

- Desear la muerte -

Para Alaa, de 25 años, un exdetenido, "todo aquel que ha estado encarcelado pasa dos semanas contando su historia".

"Después, ya no hay nada que contar y empieza a sentir un aburrimiento mortal y cada uno encuentra una forma de matar el tiempo", recuerda este joven, contactado por internet.

Con los meses, "el prisionero pierde la noción del tiempo y trata de marcar en el muro el número de días pasados" en detención.

"Un día, los del EI pidieron voluntarios para limpiar una gran habitación llena de documentos y de registros de propiedad del Estado sirio", recuerda. "Durante la limpieza, encontramos una caja con lápices, robamos dos".

Alaa recuerda haber visto inscripciones de detenidos de antes de la guerra. "Estas paredes han conocido varias generaciones" de prisioneros, ironiza.

Algunas celdas individuales se conocían por el nombre de "tumba": se trataba de armarios rectangulares adosados a la pared, dentro de los cuales el detenido apenas podía estar de pie.

Pero lo peor era "la casa del perro", es decir, armarios cuadrados donde el prisionero debía permanecer arrodillado.

"Estaban así durante 40 días, incluso les ponían pañales para que hicieran sus necesidades porque no tenían derecho a salir", explica Jalifa, que logró huir tras siete meses de detención. "Algunos deseaban la muerte".

Hoy, "estoy aquí por mi propia voluntad, en este lugar donde podía morir en todo momento", clama el joven, con aires de venganza.

AFP