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Una familia de desplazados iraquíes, al pie de la noria del campo temporal del cerrado complejo del hotel Ninive de Mosul, el 16 de junio de 2017

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La noria de Mosul hace mucho que dejó de girar, pero el centro de control instalado al pie de esta gran rueda recibe un flujo incesante de iraquíes que, huyendo de la guerra, buscan aquí el visto bueno para entrar a la zona liberada.

Con aire distraído, unos hombres sentados en los coches de choque de este viejo parque de atracciones esperan que los militares los llamen por sus nombres.

El pequeño parque está situado al final de un puente que cruza el Tigris, único enlace físico entre las dos orillas del río en la segunda ciudad de Irak.

"Todos los que cruzan hacia la zona oriental tienen que pasar por aquí", asegura el general Jabar Mustafa, responsable del puesto de control.

"Hay carpas médicas para las familias, debemos controlar a los hombres y comparar los resultados con nuestra base de datos antes de que puedan entrar en Mosul este", explica.

La mayoría de los que llegan proceden de Al Shifa, un barrio de la orilla oeste, donde las fuerzas iraquíes respaldadas por la coalición internacional se enfrentan a los yihadistas del grupo Estado Islámico (EI).

Algunos hombres son inmediatamente identificados como miembros o partidarios del EI. Con las manos atadas detrás de la espalda mediante correas de plástico, son apartados de los demás.

Entre ellos, figuran dos egipcios que parecen sospechosos debido a su nacionalidad. Según los oficiales iraquíes, la mayoría de los cientos de yihadistas que defienden su bastión en la ciudad vieja de Mosul son extranjeros.

Entre la multitud, algunos ofrecen "informaciones" que incriminan a un antiguo vecino o exculpan a otro.

"Los extranjeros del EI luchan hasta el final, pero sus partidarios iraquíes se mezclan con la población", afirma Salah Mohamed, que huye de Al Shifa.

"No les resulta difícil (a los partidarios del EI) deslizarse entre las brechas de este sistema de control", considera, rascándose lo que le queda de la barba que estuvo obligado a llevar bajo el yugo yihadista.

- Ayuda de los civiles -

Según el general Mustafá, cada día se detiene en este centro de 10 a 15 presuntos miembros o simpatizantes del EI.

Cerca de allí, oficiales y miembros del personal médico intentan entender la situación de una madre muda con seis niños de aspecto desamparado.

Mediante el lenguaje de signos, intenta en vano explicar qué le ocurrió a su marido. El nombre de su bebé de 18 meses, Abu Bakr, hace pensar a los responsables del puesto que su esposo probablemente juró lealtad al líder del EI, Abu Bakr Al Bagdadi.

"Si los civiles no ayudan a las fuerzas de seguridad, éstas no pueden saber quiénes son", explica el comandante Maan Mahdi, de la 16ª división del ejército, reconociendo que el proceso de identificación no es infalible.

Pero la suerte de los desplazados no se decide a la ligera y la mayoría de personas pasan varias verificaciones, insiste.

Desde hace ocho meses, Mosul es el mayor campo de batalla que haya conocido Irak desde hace años, pero la población de la ciudad nunca pasó por debajo de un millón.

La mayoría de habitantes de Moscul oriental permanecieron en sus casas cuando se lanzó la ofensiva el 17 de octubre y muchos han regresado ya a los barrios arrebatados al EI en Mosul occidental, a pesar de los importantes daños materiales.

Cerca del centro de control, el hotel Ninive -conocido en Mosul por su forma de pirámide- ha sido testigo de la tumultuosa historia de Irak en los últimos años.

El difunto dictador Sadam Husein alojaba a sus oficiales en este establecimiento, considerado uno de los mejores del país. El EI se apoderó de él en 2014, lo rebautizó "Warithine" (los herederos) y lo utilizó para su propia élite.

En los últimos meses, las fuerzas estadounidenses y francesas, así como los combatientes de las unidades de élite iraquíes, también han pasado por aquí.

La batalla se libra ahora en el oeste de Mosul, del otro lado del Tigris, y el hotel está vacío, esperando a sus próximos moradores.

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