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Inmigrantes: ¿despojo de lo propio?

Keystone

Lo que son los "cholos" para muchos chilenos, eran los "Tschigge" para muchos suizos en las primeras etapas de la inmigración. Esa imagen ha cambiado con el tiempo, pero no el fenómeno.

Tanto a los suizos como a los chilenos les hace falta la tolerancia y solidaridad del día a día, el acercamiento recíproco para desvirtuar prejuicios.

Chile nunca ha sido un destino importante de corrientes migratorias. Se encuentra demasiado alejado de los epicentros que las provocan. Según el último censo de 2002 sólo el 1,22% de la población de unos 15 millones eran extranjeros; el 17,2% de esa cifra era de origen europeo y casi el 72% provenía del subcontinente y mayoritariamente de países limítrofes.

Debido a la estabilidad del país siguen llegando más extranjeros, siendo los peruanos el grupo más numeroso después de los argentinos. Pero están muy por debajo del 4,2% de principios del siglo XX.

Y están muy por debajo de la población extranjera de algo más de un 20% que alberga Suiza. En un país pequeño y densamente poblado se hacen mucho más visibles los foráneos. También provienen del mismo continente (90%), y aunque no tengan los mismos idiomas, comparten la misma cultura occidental.

Lo que hoy en día es Suiza, en el centro de Europa, siempre ha estado expuesta a migraciones. Dan cuenta de ello los 4 idiomas nacionales. Los extranjeros y sus descendientes tuvieron un papel importante en el desarrollo económico-industrial e hicieron aportes a la ciencia y cultura, tal como los suizos los hicieron cuando una crisis los obligó a emigrar.

Comunión de razas y culturas

Chile es, a su vez, producto del mestizaje que se prefiere no recordar: los conquistadores españoles llegaron sin mujeres y raptaron a las indígenas. A partir de la independencia (1810) y sobre todo después de la Guerra del Pacífico (1879-83) el Gobierno incentivó por primera y única vez la llegada de colonos; forjaron su futuro.

Ingleses consolidaron Valparaíso como el puerto más importante del Pacífico y tuvieron un papel no siempre loable en la minería del salitre en el norte. Italianos, franceses, alemanes y suizos cambiaron el rostro del sur del país. Su presencia todavía se nota en la arquitectura de las casas y restaurantes con comida típica. Unos 8.000 suizos obtuvieron concesiones de tierra. La influencia alemana fue tal que el Ejército de Chile adoptó la tradición prusiana y en 1900 un alemán llegó a ser su Comandante en Jefe.

Completaron este panorama otras colectividades extranjeras como los palestinos, perseguidos por el Imperio Otomano que hoy forman la colonia más importante fuera del Medio Oriente. Tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial trajeron a más europeos. El caso más connotado fue la llegada de unos 50.000 republicanos españoles gestionada por Pablo Neruda (durante la guerra civil cónsul en Madrid).

Las colonias mantienen sus lazos y hasta tienen sus clubes de fútbol como Audax Italiano o el Club Palestino, pero sus descendientes se integraron plenamente. No pocos son dueños de importantes empresas, sino de verdaderos imperios económicos; forman parte de la elite cultural y científica y son ministros y parlamentarios. Su origen se reconoce por el apellido o cuando opinan sobre un conflicto internacional que afecta al país de los ancestros.

No a todos se mira con el mismo prisma

No ocurre lo mismo con los inmigrantes que están llegando desde los ’90 en busca de mejores horizontes. Se mira de reojo a la «Pequeña Lima», el lugar de encuentro de los peruanos que se juntan a un costado de la Plaza de Armas de Santiago. La mayoría de ellos, igual que los bolivianos y ecuatorianos, son de estratos socio-económicos bajos y se desempeñan en trabajos tan precarios y mal remunerados como sus pares chilenos.

Se aprecia la comida peruana, al trabajador de construcción esforzado y a la «nana» (empleada doméstica) que dejó los suyos para hacerse cargo de hijos ajenos casi las 24 horas del día. A la vez arrebatos de racismo los tildan de «cholos», flojos y borrachos, vale decir «indios» e inferiores. Por falta de información surgen los conocidos estereotipos: quitan puestos de trabajo a los chilenos o son una carga para el fisco. No pocos estimaron que, en vez de ir en ayuda a los damnificados del terremoto del sur de Perú en agosto, había que prestar más ayuda a los propios agricultores. Perdieron gran parte de su ganado y cultivos en el «terremoto blanco» del invierno más crudo en 40 años.

Las periódicas tensiones diplomáticas entre Santiago y Lima, como secuela de la Guerra del Pacífico, tampoco apaciguan tendencias xenófobas que no sufren otras colonias recién llegadas. Las padecen los poco numerosos chinos y coreanos. Mientras se alaba la construcción de una mezquita en una ciudad norteña, se envidia el éxito de los asiáticos que, en pocos años, transformaron un barrio de pequeñas empresas textiles de la colonia palestina en uno de importadoras de baratijas.
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El fenómeno puede ser similar, pero no igual

Es tal vez prematuro sentenciar que la situación de los recién llegados se parece a los «Gastarbeiter» italianos en los años ’60. Suiza quería – necesitaba – trabajadores, pero llegaron seres humanos que se reunían en las estaciones de ferrocarril y colgaban su ropa en las ventanas.

Los tratados con la Unión Europea obligan a Suiza a la libre circulación de las personas que aportan a la innovación y mayor competitividad de la economía. Al mismo tiempo y en toda Europa vuelven a surgir tendencias xenófobas, esta vez dirigidas contra «negros» y «musulmanes». En el último caso se trata, en la víspera de las elecciones parlamentarias, de sacar provecho de un peligro real del fundamentalismo islámico y también de los problemas que causan personas buscando asilo político.

Sin tomar en cuenta que la Constitución chilena no contempla la iniciativa popular, no se le ocurriría a ningún partido político abogar por la prohibición de mezquitas o la deportación de delincuentes extranjeros.

Regula Ochsenbein, Santiago de Chile

Regula Ochsenbein nació en Lucerna el 15 de marzo de 1949. Cursó sus estudios primario y secundario en Basilea y Berna, donde obtuvo su ‘Matura’ (bachillerato), en 1968.

En aquel año de efervescencia estudiantil en Europa comenzó la carrera de Sociología y la terminó en 1977 graduándose de licenciada en Historia Moderna y Sociología de los países en desarrollo y derecho público.

Durante sus estudios participó en intercambios estudiantiles (Checoslovaquia); trabajó de voluntaria en un pueblito de Grecia y en un Kibutz de Israel.

Su vida profesional la llevó, tras un curso de preparación, al servicio diplomático, ámbito en el que permaneció desde 1978 hasta 1985. En ese año decidió abandonar la carrera y quedarse en Chile tras haber ocupado funciones en Portugal, Santiago de Chile y Londres.

Actualmente combina en Chile sus actividades de socióloga con las de artesanía en madera.

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