Navegación

Enlaces para saltar navegación

Subsitios

Principales funcionalidades

Libro de Clare O'Dea Suiza al desnudo: un país escondido detrás de 10 mitos

Portada del libro de Clare O'Dea: The Naked Swiss
(swissinfo.ch)

Hace poco, mientras caminaba por los Alpes suizos, me pilló una tormenta de nieve. Vestía ropa poco adecuada y el frío comenzaba a hacer mella en mí. Allí, entre las nubes, apareció un teleférico construido por ingenieros suizos en el siglo XIX. También un café.  

Suiza a menudo es demasiado perfecta para ser verdad como dice Clare O'DeaEnlace externo en este divertido libro sobre cómo funciona el país. Para el resto del mundo Suiza es un modelo a seguir. Por su riqueza, por la competitividad de su economía, por su nivel de vida, por sus infraestructuras de transporte y por sus paisajes montañosos.    

Pero la historia reciente también ha sacado su lado oscuro a la palestra. Las autoridades estadounidenses han multado a los bancos suizos con más de 5 000 millones de dólares por permitir la evasión fiscal. En la década de 1990, el país fue condenado por el tratamiento de las cuentas bancarias durmientes [inactivas] de las víctimas del Holocausto. Hace bien poco Suiza ha permitido la corrupción desenfrenada en la FIFA, el órgano rector del fútbol mundial con sede en Zúrich.    

O'Dea, en ‘The Naked Swiss’ (Suiza al desnudo), publicado por Bergli Books, intenta plasmar la Suiza de verdad. La periodista irlandesa ha trabajado en el ente público suizo y, a través del análisis, la reflexión y unas cuantas anécdotas, examina diez “mitos” sobre el país. Las leyendas urbanas pertenecen al imaginario. Y, en el caso de Suiza, a menudo son reales.

Rico, neutral y excelente

El “mito” de que “los suizos son ricos” es, por supuesto, cierto. Según el informe de riqueza de Credit Suisse, los adultos suizos en 2015 tenían una riqueza media de casi 600 000 dólares. Lo que ya no está tan claro es si esa riqueza es fruto del trabajo honrado o del estatus de Suiza como paraíso de delincuentes y sus bienes ocultos.  

La leyenda de que “los suizos son neutrales” no se aleja de la realidad. Suiza no es miembro de la UE. Pero la presión por borrar esa imagen del país ha alentado a los fiscales suizos a unirse a sus homólogos internacionales contra la corrupción en países como Malasia y Brasil.  

También hay que decir que en muchos sentidos “los suizos son excelentes”. El país encabeza las clasificaciones mundiales de competitividad y es también líder en ciencia e ingeniería. El año pasado, Suiza abrió el túnel ferroviario más largo del mundo: 57 kilómetros bajo la montaña del San Gotardo. El tranvía llega a la hora. Las calles están impolutas.

También es verdad que esta perfección implica que “los suizos son aburridos”. Al menos para aquellas personas acostumbradas al ritmo de vida de las grandes ciudades.

La obsesión por la limpieza, por otra parte, levanta la sospecha de que algo se esconde detrás de esa búsqueda de perfección, incluso en las actividades de ocio. “Cuando todos los caminos rurales están cuidados, cuando en las pistas forestales los trabajadores recogen las hojas con sopladores y cuando en las rutas de montaña hay mesas de picnic, parrillas al aire libre o chalés para servir refrescos cada pocos kilómetros, la experiencia de estar en la naturaleza resulta controlada en exceso”, observa O'Dea.  

Ahora bien, los escándalos sobre evasiones fiscales hacen más difícil calificar de leyenda urbana la tesis de que “los suizos son banqueros corruptos” o que, al menos en el pasado, han estado demasiado dispuestos a permitir la financiación ilegal. O'Dea dedica un capítulo del libro a examinar cómo, durante la Segunda Guerra Mundial, “los suizos ayudaron a los nazis”. Los intereses comerciales hicieron que se inclinasen del lado de Berlín. Igual que lo hizo el miedo a la ocupación. Aunque Suiza no fue la única que rechazó a los refugiados judíos, O'Dea escribe que “no se puede negar que el antisemitismo contribuyó, en alguna medida, a la insensibilidad suiza”.

Hoy, una cuarta parte de la población suiza es extranjera. La madre del tenista Roger Federer es sudafricana. Y las mayores empresas helvéticas están dirigidas por extranjeros: al frente de Credit Suisse está el marfileño Tidjane Thiam; Nestlé la dirige el alemán Mark Schneider. Sin embargo, la Unión Democrática de Centro, uno de los partidos “populistas” de derecha más antiguo de Europa, en sus carteles electorales presenta a delincuentes extranjeros como ovejas negras. ¿Son los suizos “xenófobos”? O'Dea prefiere ser optimista y dice que, a la hora de expresar sus ideas, los suizos pueden sentirse menos incómodos que los ciudadanos de otros países.   

Conocer Suiza resulta cada vez más conveniente. Un modelo de estabilidad política, en esta época incierta. Un idilio para los populistas que desean “aplastar el sistema”, pues Suiza es una próspera economía fuera de la UE que depende de la “democracia directa”. Es decir, las decisiones se toman a través de consultas que reflejan “la voluntad del pueblo”.

Suiza tiene mucho que envidiar, por supuesto. Pero quienes piden explicaciones pronto se ven envueltos en nubes.  

Copyright The Financial Times Limited 2017


Traducción del inglés: Lupe Calvo

×