1º de Mayo en Suiza: las barbas del vecino
Los ecos del sufragio en Francia retiñen en la Confederación Helvética. Berna alerta sobre el riesgo del inmovilismo político.
«El derecho a tener derechos se gana», sentenció la ministra suiza del Interior, Ruth Dreifus, al encabezar los festejos del 1º de Mayo en la ciudad de Friburgo. «Los derechos se gastan cuando no se utilizan. Asumamos la responsabilidad de ejercerlos», exhortó la otrora dirigente sindical.
Excluido de la agenda de asuetos, el Día del Trabajo se celebró este miércoles en Suiza bajo un cielo metálico y en medio del trajín cotidiano. Los dirigentes sindicalistas y los responsables gubernamentales se dividieron el territorio para sembrar sus palabras. En Zúrich, tradicional plaza de expresión laborista, reducidos grupos de radicales se enfrentaron con la policía.
La responsable de la cartera del Interior centró su discurso en el tema que ocupa aún los titulares de la prensa internacional; el inusitado arribo de Jean Marie le Pen en la primera vuelta del sufragio presidencial francés: «A fuerza de repetir que todo se valía, que no había diferencia entre la izquierda y la derecha, se llega ahora a un duelo entre la derecha y la extrema derecha».
El dolor del otro
En abierta contradicción a aquello de que «nadie escarmienta en cabeza ajena» o quizá para conjurar las eventuales repercusiones de esa expresión de la sapiencia popular, Dreifus acotó que «ahora Francia redescubre, en el dolor y el remordimiento, la importancia de la movilización ciudadana».
El suyo, discurso de mujer política con muchas horas de compromiso, incitó a los electores a pronunciarse por el sí el próximo 2 de junio y a usar el arma del voto para poner fin «a una situación hipócrita y arbitraria (en torno al aborto) y reconocer en fin a las mujeres el derecho de decidir si están preparadas para traer al mundo a un hijo deseado».
Sus palabras recorrieron la gama de inquietudes de las trabajadoras: la obstinada insuficiencia de guarderías, los subsidios familiares. Manifestaron simpatía por los más desamparados: aquellos que cumplen trabajos precarios o ilegales. Los exhortaron a presionar a sus patronos para que los inscriban en regímenes laborales dignos.
Saludaron el valor de los que se encuentran en el país sin los papeles legales necesarios. «Su combate denuncia el egoísmo nacional que no admite en Suiza más que a las personas altamente calificadas, tolerando, sin embargo, que la economía se sirva de una reserva de clandestinos sometidos a su merced».
Intolerable
Desde su trinchera en la capital financiera helvética, el dimitente responsable de la bancada socialista en el Parlamento, Franco Cavalli, reclamó en Zúrich una Suiza diferente: más justa y más democrática.
Habló a aquellos que rechazan la fijación de las primas del seguro médico en función de los ingresos. «No se puede tolerar, en el país más rico del mundo, que un millonario pague las mismas cotizaciones que un simple empleado».
Su discurso no escatimó la inquietud que flota en el ambiente para fustigar a aquellos que se llenan los bolsillos», las desviaciones del capitalismo, la «berlusconización» del mundo y la tiranía de los mercados financieros.
Días después de que la izquierda francesa fuera suprimida de la escena política por designio soberano del pueblo, el abanderado socialista convocó a la izquierda suiza a «reconstruirse pacientemente con la mira de una hegemonía cultural, social y política de los asalariados».
Un tabú que se desvanece
Entre los líderes sindicalistas más combativos, Paul Rechsteiner y Vasco Pedrina, de la Unión Sindical Suiza y el Sindicato de la Industria y la Construcción, respectivamente, coincidieron en la aseveración de que el consagrado derecho laboral a la huelga, abandona la lista de tabúes en Suiza.
«Poco a poco la huelga aparece como un medio de presión legítimo si los sindicatos lo usan en forma razonable», señaló Pedrina.
El movimiento sindicalista helvético festejó este 1º de Mayo con el resabio del triunfo en la lucha por el establecimiento de los 60 años para la jubilación de los trabajadores de la construcción. Una pequeña gran victoria en ese nado a contracorriente al que aludió Ruth Dreifuss.
Marcela Aguila Rubín
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