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Los primeros efectos del ‘sí’ a la ONU

Sede de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Ginebra. Keystone Archive

Desde este lunes, Suiza preside la Conferencia Internacional del Trabajo que se celebra en la ciudad de Ginebra.

El embajador Jean-Jacques Elmiger, jefe de asuntos internacionales en la Secretaría de Estado de Economía (Seco) conoce perfectamente la Organización Internacional del Trabajo (OIT). La presidencia no lo intimida.

La votación en la que los electores helvéticos aprobaron la adhesión del país a la ONU influyó en el hecho de que los europeos, a quienes correspondía la presidencia rotativa de la sesión 2002, cedieran el cargo a Suiza, que apenas va a ingresar en la ONU el próximo mes de septiembre.

«Los europeos no habrían ofrecido a Suiza la primera oportunidad de presidir un foro internacional, si el mundo no hubiera sabido interpretar positivamente nuestra voluntad de apertura», afirma el embajador Elmiger.

El objetivo de Jean-Jacques Elmiger no podía ser más claro. El diplomático concibe su mandato en la línea de la tradición helvética de los buenos oficios; se pone al servicio de los ideales de justicia social de la OIT y hará todo para que la Conferencia concluya con resultados concretos.

Niños-esclavos: el decir y el hacer

El clima debería ser más sereno, en principio, en la temática del trabajo forzado practicado en Myanmar (ex Birmania). La OIT puso al Gobierno de Yangon entre la espada y la pared, ejemplo que siguieron otros países, entre ellos Suiza, al imponer sus propias sanciones bilaterales.

La presión internacional parece haber dado algunos frutos. Hasta el punto de que la organización acaba de nombrar a Léon de Riedmatten, antiguo delegado del CICR y quien se halla estrechamente asociado al proceso birmano de reconciliación nacional, como encargado de mantener el contacto.

En cuanto al tercer tema que suscita un interés especial de la delegación suiza – el trabajo infantil – sigue siendo preocupante.

No basta con reconocer el problema, hay que buscar un remedio. Suiza ha destinado sus esfuerzos principalmente a Peshawar, Pakistán, a través de un programa de formación profesional.

Un tema muy delicado

Si hay un asunto donde la presidencia suiza tendrá que afanarse es sin duda alguna el consagrado a la situación de los trabajadores árabes en los territorios ocupados.

«Es un tema extremadamente delicado sobre el que es demasiado prematuro pronunciarse», comenta Jean-Jacques Elmiger.

La delegación del Gobierno suizo, encabezada por Jean-Luc Nordmann, jefe de la Dirección federal del Trabajo, dispondrá, no obstante, de su propia libertad de apreciación.

Por el momento, Suiza se contenta con felicitarse de los esfuerzos para evaluar más que juzgar la situación en Oriente Medio.

Según el informe de su director general, la OIT estima que esta situación «no puede durar más» y que es urgente adoptar «medidas y reacciones inmediatas». Los debates se anuncian candentes.

¿Y la mundialización?

El tema que personalmente preocupa más al embajador Elmiger es lo que los expertos, en su jerga, llaman «la dimensión social de la liberación de los intercambios y de la globalización de la economía».

La mundialización no figura directamente en el orden del día de la Conferencia. Aún así debería servir de telón de fondo al debate general sobre ‘la economía sumergida’, es decir, toda la mano de obra aparentemente desorganizada que constituye lo esencial de la vida diaria de las poblaciones de los países en desarrollo.

Suiza no podría permanecer indiferente. Como señala Jean-Jacques Elmiger, «cuando uno se pronuncia a favor de la apertura de los mercados y milita a favor de la liberalización de los intercambios, debe respetar cierto número de estándares sociales».

Incluso si los estándares helvéticos son a veces superiores a los que prevé la OIT, es importante que Suiza esté atenta «a que esas normas no sean revisadas a la baja y que sepa demostrar la solidaridad internacional necesaria», concluye el diplomático.

Bernard Weissbrodt

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