La IA, ¿resolverá los grandes problemas de Suiza o la sumirá en la miseria?
La inteligencia artificial (IA) podría acortar la brecha productiva derivada del envejecimiento poblacional. También podría desencadenar un desempleo masivo y alterar la distribución mundial de la riqueza. ¿Qué escenario se hará realidad y qué determinará el futuro?
En Suiza, detrás de cada debate político que tenga que ver con la economía, aunque sea remotamente, siempre parece surgir la misma sensación: el miedo a perderlo todo.
Suiza —una nación agrícola pobre hasta hace poco más de un siglo— vive con la paranoia de quien se dedica a las apuestas. Si nos atenemos a la renta media o a los activos, la Confederación hoy es el país más rico del mundo.
Pero está claro que la riqueza en Suiza está distribuida de forma desigual. Uno de cada cuatro hogares de pensionistas, sin embargo, tiene más de un millón de francos suizos (1,27 millones de dólares) en activos. Una riqueza que, en la mayoría de los casos, está invertida en sus viviendas. Este «oro de hormigón» se debe, en gran medida, a que el país tiene la deuda hipotecaria más alta del mundo, con los hogares privados y los bancos apostando de manera arriesgada por el futuro.
Incluso en el escenario más optimista, hay quien pierde
En un momento en el que la IA y los conflictos geopolíticos están reconfigurando el mundo, ¿hasta qué punto es estable el futuro económico de un país sin recursos naturales y con una importancia internacional insignificante?
Con esta pregunta en mente, nos hemos reunido en Zúrich con Jan-Egbert Sturm, el director del Instituto Económico Suizo KOF, dependiente del Instituto Federal de Tecnología ETH de Zúrich.
Sturm es uno de los analistas económicos más destacados de Suiza e identifica cuatro riesgos principales para el país —muchos de ellos compartidos por otras economías exitosas—: el envejecimiento de la población, el cambio climático, la desglobalización y la IA. La IA, sin embargo, es el único de todos los riesgos que, para él, también es una oportunidad potencial.
«Las ganancias de productividad derivadas de la IA podrían mitigar los efectos negativos de las otras tres tendencias», dice. Suiza, en las últimas décadas, ha reducido su brecha de productividad gracias a la inmigración cualificada. «Eso ha funcionado extremadamente bien», señala Sturm, que cree que ahora las oportunidades se están ampliando con la IA.
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Un estudio reciente de la consultora Deloitte ha concluido que, para 2050, Suiza podría enfrentarse a un déficit de mano de obra de 300.000 personas. Para compensarlo, la productividad laboral tendría que crecer un 1,2 % anual. Es decir, cuatro veces más rápido de lo que lo ha hecho en los últimos 25 años. Según Deloitte, una forma de lograrlo es a través de la inteligencia artificial.
Aunque Sturm no duda en reconocer que la revolución de la IA también podría tener efectos negativos. Ciertos grupos profesionales ya están registrando cifras crecientes de desempleo en Suiza.
«El consejo hace cinco años era: “¡Aprende a programar y tendrás el futuro asegurado!”. Hoy, la IA puede programar más rápido y, a menudo, con mayor precisión que muchos especialistas en TI», dice Sturm, que añade que la demanda de esta habilidad está disminuyendo claramente. «Llevamos tiempo observando esto entre los intérpretes», reconoce.
La IA afecta a todas las competencias, afirma: «La pregunta es ¿eres alguien que será más productivo gracias a la IA, o realizas tareas que simplemente la IA hace mejor?». Sturm prevé un cambio estructural que para algunas personas será doloroso, «pero no creo que, a largo plazo, la tasa de desempleo aumente masivamente». Y recuerda que incluso hace 20 años, durante el primer bum de las tecnologías de la información, pasó mucho tiempo antes de que la transformación se reflejara en las cifras concretas de productividad.
Sturm, por lo tanto, adopta una visión optimista, muy similar a la de Jensen Huang, director ejecutivo del fabricante de chips Nvidia, que considera que la idea de que la IA podría utilizarse sobre todo para dejar a la gente sin trabajo es una «falta de imaginación». La IA automatiza tareas, pero no profesiones, y las empresas deberían aprovechar el margen de maniobra que esta liberación de cargas les brinda para perseguir objetivos más ambiciosos.
En vez de un apocalipsis económico, el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) también ve prosperidad en el horizonte. El WEF, en su Informe sobre el EmpleoEnlace externo, prevé que para 2030 —debido a tendencias macroeconómicas como la IA— 92 millones de puestos de trabajo van a desaparecer en todo el mundo. Esto, sin embargo, se vería compensado por los 170 millones de puestos de trabajo que se espera crear.
La delgada línea entre la utopía y la distopía
Pero también hay predicciones muy diferentes. El inversor tecnológico estadounidense Vinod Khosla esta primavera acaparó los titulares mundiales cuando dijo que quien hoy tiene cinco años o menos nunca tendrá que trabajar en toda su vida. ¿Fue una exageración para aumentar el precio de las acciones o fue una predicción seria?
Hemos hablado con Peter G. Kirchschläger, especialista en ética de la Universidad de Lucerna que lleva años investigando la IA y cuya opinión tiene peso a nivel internacional. «El objetivo de la IA no es complementar, sino sustituir a los seres humanos», afirma, y añade que debemos reconocer que habrá una reducción masiva de puestos de trabajo remunerados.
Según él, la situación difiere de momentos decisivos anteriores, como la Revolución Industrial, porque se ven afectados —por primera vez— todas las funciones y sectores. Kirchschläger está convencido de que «prescindir de los seres humanos en determinados ámbitos conllevará una pérdida de calidad». La cuestión, dice, es si las soluciones de IA son tan rentables que estamos en disposición de aceptarlo: «Para mí, ese es un escenario realista». Eso significaría que entre el 50 y el 70 % de la población se quedaría sin trabajo.
Kirchschläger no es pesimista y aboga por una gran transformación social: «Ahora no debemos sucumbir al miedo, sino actuar con racionalidad. El problema solo surge si no nos tomamos en serio el cambio y no estamos preparados para él». Si ocurre una pérdida de puestos de trabajo a gran escala, los beneficios se distribuirán de forma más desigual de lo que ocurre hoy. Se necesitarían nuevos mecanismos de redistribución; de lo contrario, se derrumbaría el consumo y estallarían disturbios sociales.
Kirchschläger propone gravar los datos y la IA y convertir los ingresos en una renta básica universal a escala mundial. Se trata de un escenario en el que las disparidades de riqueza se reducirían y, con ello, la presión para emigrar. En ese nuevo orden mundial solo unas pocas personas —como quienes se dediquen a la investigación o emprendan— tendrían empleo.
Como el modelo de Kirchschläger desvincula el empleo remunerado y los ingresos, para preservar la cohesión social y el sentido de pertenencia, también incluye la obligación de realizar trabajo comunitario. Defiende, asimismo, que se regule la IA a nivel mundial basándose en los derechos humanos y se cree una agencia de la ONU encargada de revisar y aprobar las herramientas de IA antes de que se introduzcan, como ocurre con el proceso que se aplica actualmente a los medicamentos.
La suya es una propuesta ambiciosa en un momento en que vemos, ante nuestros ojos, cómo se deteriora el multilateralismo. Kirchschläger, no obstante, se mantiene optimista. La presión sobre los Estados y la amenaza de malestar social son sencillamente demasiado grandes, argumenta. Asimismo, señala que también se llegó a un acuerdo sobre la energía nuclear: «Logramos llegar a un acuerdo y establecer regulaciones globales. No es perfecto, pero se evitó lo peor».
El concepto de un renacimiento táctil
Pero ¿qué escenario se hará realidad? ¿Dejará de haber puestos de trabajo pronto, o simplemente la IA impulsará nuestra productividad? ¿Podemos extraer ya alguna conclusión de la práctica actual?
Marc Beierschoder es el socio responsable de IA y datos de la consultora de gestión Deloitte en Suiza. Describe una evolución que aún está en sus primeras etapas. Sus clientes se centran en el presente: «Muchos cuentan con un presupuesto para innovación y quieren explorar cómo pueden acelerar su transformación digital», dice. Otros tienen objetivos específicos de reducir costes. Y manifiesta, por ejemplo, que un director general exigió utilizar la IA para recortar los costes en un 20 %.
Beierschoder indica que la IA es muy potente en determinados campos, como, por ejemplo, la investigación o el análisis de datos, y especialmente en todo lo relacionado con los idiomas y la difusión de información fácilmente accesible, como la formación interna.
Hoy en día, un técnico atascado con un problema puede acceder al conocimiento colectivo de una empresa o supervisar una cartera de valores. Para Beierschoder, está claro que ciertas funciones desaparecerán o se volverán menos comunes.
Aunque opina que este crecimiento abre nuevos campos y crea nuevos puestos de trabajo. «Vivimos en el mundo que hemos creado. Hoy en día podríamos seguir sentados en los árboles, comiendo fruta todo el día. Pero no, inventamos el trabajo. No veo un escenario en el que una superinteligencia pueda liberarnos de todo», afirma.
El hecho de que uno de sus altos directivos haya dimitido para empezar un aprendizaje como techador —un trabajo, por el momento, considerado relativamente a salvo de la IA— no contradice su valoración. Él prevé que las funciones repetitivas y abstractas, sobre todo en las grandes empresas, se van a reducir, y que mucha gente se decantará por profesiones más cercanas a su subsistencia física. «Estoy convencido de que mi hija trabajará toda su vida», concluye.
Previsiones muy divergentes
¿Puede descartarse este temor? Difícilmente. En lo que a la IA respecta, sigue existiendo una tensión entre el optimismo y la ansiedad, como señala, por ejemplo, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en su último informe sobre las perspectivas de empleoEnlace externo. Incluso las previsiones más positivas dejan entrever una toma de conciencia de que el valor del capital humano está disminuyendo. Es un hecho que los conocimientos adquiridos tras muchos años de esfuerzo pueden llegar a estar disponibles, de repente, de forma gratuita.
En el momento en que el trabajo intelectual bien remunerado pierde valor, los cimientos de las economías occidentales se tambalean. En Suiza sobre esos cimientos se sostienen fortunas que ascienden a millones de francos y a enormes deudas hipotecarias.
Editado por Balz Rigendinger. Adaptado del inglés por Lupe Calvo. Versión en español revisada por Carla Wolff.
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