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Suiza gana población mientras Europa la pierde, y nadie gana

La zona de descanso de la piscina Oberer Letten de Zúrich.
¿Hay sitio para otra toalla? Así se simboliza en la playa de Oberer Letten, en Zúrich, el crecimiento demográfico de Suiza. Keystone / Ennio Leanza

Un análisis de Swissinfo desentraña cómo el cambio demográfico y la migración laboral están transformando tanto Europa como Suiza. No hay una hoja de ruta viable para el futuro: ganan pocos y se vislumbran problemas profundos en el futuro inmediato.

En los hospitales de la región germanoparlante de Suiza se habla alemán estándar, en vez de utilizar los dialectos locales. Y es que sin personal extranjero el sistema sanitario suizo no podría funcionar.

De media, más del 41 % del personal médico que ejerce en Suiza se ha formado en el extranjero. En algunos hospitales, la proporción es mucho mayor. Más del 50 % del personal del Hospital Universitario de Zúrich, por ejemplo, procede del extranjero; mucha de la gente que trabaja allí ha llegado desde Alemania.

La idea de «robar» médicos es solo el ejemplo más destacado de lo que en economía se denomina «importación de capital humano». En Suiza muchas vacantes solo pueden cubrirse gracias a la gente migrante de la Unión Europea (UE).

Y esto ocurre en todo el mercado laboral. «Lo que caracteriza a Suiza es su capacidad para atraer al mismo tiempo tanto a profesionales con alta cualificación como a trabajadores no cualificados, en puestos de trabajo que la población suiza tiende a rechazar», explica Philippe Wanner, profesor de demografía en la Universidad de Ginebra.

Descontento en Suiza

Una de las consecuencias de esta inmigración es el crecimiento demográfico sostenido. Ningún otro país europeo —salvo contadas excepciones— ha registrado una inmigración neta de tal magnitud desde el cambio de milenio.

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Los efectos se ven en el transporte, las infraestructuras y la vivienda, y están avivando en Suiza un debate sobre el «estrés por densidad». Los atascos de tráfico han aumentado y, en los últimos años, se han disparado los precios de los alquileres y de la vivienda.

La clase política ha tenido dificultades para mitigar el impacto de la inmigración, una deficiencia que el demógrafo Wanner atribuye, en parte, a la lentitud del sistema federal suizo.

El creciente descontento alcanzará su punto álgido en junio, cuando se vote sobre la iniciativa «No a una Suiza de diez millones». La iniciativa —lanzada por la Unión Democrática de Centro (UDC)— pide que la población se mantenga por debajo de los diez millones hasta 2050, incluso si esto limita el acuerdo de libre circulación de personas y pone a prueba las relaciones bilaterales con la UE.

Suiza actualmente cuenta con una población de 9,1 millones de habitantes. La Oficina Federal de Estadística (OFS, por sus siglas en francés) prevé que alcance los 10,3 millones en 2050. De hecho, sin la inmigración, las bajas tasas de natalidad provocarían que la población a partir de 2035 descienda. La tasa de fecundidad ha caído a un mínimo histórico de 1,29 hijos por mujer.  

Este descenso de los nacimientos lo compensa, con creces, la inmigración. Según las previsiones de las Naciones Unidas, se prevé que la población suiza siga creciendo hasta finales de siglo.

Divisiones internas en la UE

La situación en la Unión Europea es diferente. En 2026 la población ha alcanzado su máximo y empezará a disminuir a partir de ese momento, según Eurostat, la oficina de estadística de la UE.

Esta tendencia se ve reforzada por las políticas cada vez más restrictivas de la UE en materia de fronteras exteriores y por la caída de las tasas de natalidad. En 2024, la tasa de fecundidad se situó en 1,34 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo —en el que una generación sustituye a la siguiente— de 2,1 hijos.

Las tendencias demográficas varían mucho de un país a otro. En 14 de los Estados analizados por Eurostat, la población ya está disminuyendo, mientras que 25 Estados siguen registrando crecimiento. Como en Suiza, el crecimiento demográfico se debe, sobre todo, a la migración interna dentro de Europa.

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Además de países pequeños como Luxemburgo o Malta, países como Irlanda o los Países Bajos figuran entre los que están creciendo demográficamente, que —igual que Suiza —se inclinan por una política fiscal agresiva y dicen estar enfrentando el «estrés de densidad».

El descenso demográfico es más pronunciado en los Estados bálticos, los Balcanes Occidentales y Europa del Este. Y también están experimentando una rápida pérdida de población Grecia e Italia. Es más, en algunas zonas se están formando «desiertos demográficos». En el sur de Italia, por ejemplo, regiones enteras se están despoblando, a pesar de formar parte de la octava economía más grande del mundo.

Para Leo van Wissen, que dirige el proyecto Premium de la UE sobre migración y respuestas políticas, «la migración actúa como un mecanismo de equilibrio en el mercado laboral». Una de sus principales conclusiones es que la migración no se ajusta a las fronteras nacionales, sino que los verdaderos cambios suelen producirse dentro de los propios países. Van Wissen dice que la UE debería centrar sus medidas compensatorias en las regiones, más que en los Estados.

Los patrones regionales también son evidentes en Suiza, aunque de un modo algo diferente: todos los cantones registran una migración neta desde el extranjero, aunque existen claras diferencias dentro del país.

En los centros comerciales de Zúrich y Ginebra, los elevados niveles de inmigración procedente del extranjero y el alto coste de la vida han alcanzado tal punto que están obligando a la gente a marcharse. Los cantones vecinos, como Argovia y Friburgo, absorben esta población y registran —con diferencia— los niveles más altos de migración interna.

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Efectos sobreestimados de la migración laboral

¿Cuánto ganan realmente los países al traer mano de obra extranjera? En Suiza, esto se ha convertido en una cuestión central de cara a la votación de junio.

Una respuesta la encontramos en el producto interior bruto (PIB). En los últimos años, el PIB ha crecido de manera significativa en Suiza. Las voces críticas sostienen que el país no se ha beneficiado de la migración en una medida superior a la media.

De hecho, el crecimiento del PIB per cápita en Suiza, con un aumento del 23 % entre 2000 y 2022, corresponde a la media de otros países de Europa occidental, incluidos aquellos países en los que la inmigración es mucho menor.

Lo que está claro es que la afluencia de mano de obra alivia la presión sobre la seguridad social, especialmente sobre el seguro de vejez y supervivencia (AVS), que funciona como un sistema de reparto. Quienes trabajan hoy financian las pensiones que se pagan hoy.

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Sin inmigración, la jubilación de la generación del baby boom llevaría al seguro de vejez y supervivencia al colapso financiero. Pero el problema reaparece a largo plazo. En cuanto disminuya la proporción entre personas en activo y personas jubiladas, la presión volverá a aparecer. Esto se debe a que incorporar mano de obra ahora significa que, más adelante, habrá que hacer frente a sus derechos de pensión.

Competencia cada vez mayor por la gente joven

La «dependencia de Suiza respecto a la inmigración altamente cualificada» supone un riesgo importante, según Philippe Wanner. Y es que, con el descenso del porcentaje de gente joven en toda Europa, esta reserva de talento podría empezar a agotarse.

«Según la teoría económica clásica, la jubilación de la generación del baby boom debería provocar escasez de mano de obra en sus países de origen, lo que crearía oportunidades para las generaciones más jóvenes y haría subir los salarios», afirma Wanner. El incentivo para emigrar sería menor con el tiempo.

«En el futuro, no está claro si Suiza seguirá encontrando todo el personal que necesita», añade.

De hecho, muchos países ya no están dispuestos a tolerar la fuga de cerebros y están tomando medidas. Italia y Grecia, cuyos sistemas de pensiones ya suponen una gran carga para las finanzas públicas, ofrecen generosos incentivos fiscales para seducir al personal cualificado a regresar. Polonia y Rumanía están utilizando medidas económicas para evitar que la juventud se marche.

Al mismo tiempo, muchos gobiernos europeos han reforzado las políticas familiares o han aplicado medidas diseñadas explícitamente para aumentar las tasas de natalidad. Esto refleja el amplio consenso político de que el envejecimiento de la población es un problema.

En el próximo siglo, la población seguirá creciendo en África, mientras que en otras regiones disminuirá, según las proyecciones de la ONU. En la UE, a pesar de la continua migración procedente de fuera del bloque, Eurostat prevé que la población caiga: de 449 millones en 2024 a 419 millones en 2100. La gran transformación demográfica de Europa no ha hecho más que empezar.

La variable desconocida

Lo que estas proyecciones demográficas aún no tienen en cuenta es el impacto de la inteligencia artificial. Una de las grandes incógnitas de cara al futuro.

Los beneficios de la inteligencia artificial podrían ayudar a compensar la escasez de mano de obra provocada por el cambio demográfico y a estabilizar los sistemas de seguridad social, según afirman algunas personas especialistas en demografía y economía. Este es el escenario más optimista.

Una visión más pesimista es que la inteligencia artificial podría acabar con la era del pleno empleo y trastocar el orden político y social, con consecuencias de gran alcance para las tasas de natalidad y la migración.

El cambio demográfico, de momento, está impulsando que la migración aumente y está creando un efecto dominó en profesiones clave. La gente que se traslada desde Alemania para dedicarse a la medicina en Suiza allí, en Alemania, es sustituida por gente llegada desde Polonia. Y en Polonia les sustituyen especialistas de Ucrania y Bielorrusia. Y así, sucesivamente.

Esta cadena continúa hasta llegar a Asia central. Pero en las zonas más remotas de Tayikistán y Kirguistán no hay médicos.

Editado por Balz Rigendinger. Adaptado del inglés por Lupe Calvo. Versión en español revisada por Carla Wolff.

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