Suiza y el desafío de la gobernanza del espacio exterior
El riesgo de una escalada militar en el espacio aumenta, y Suiza haría bien en definir su posición, sostiene Clémence Piorier.
El espacio exterior se está convirtiendo en un nuevo foco de tensión geopolítica. Tanto las grandes potencias como los países con programas espaciales emergentes se preparan para posibles conflictos en órbita a un nivel inédito desde la Guerra Fría. La gran novedad es que el espacio ya no se considera únicamente un apoyo para las operaciones terrestres, sino un posible escenario de confrontación en sí mismo.
Esta tendencia es especialmente preocupante porque el espacio no es un ámbito de competencia más, sino un bien común global. Un incidente grave no afectaría solo a satélites o astronautas, sino también a numerosos servicios en la Tierra que dependen de los sistemas espaciales.
Aunque esta situación pueda parecer lejana a la política suiza cotidiana, el país depende de infraestructuras espaciales a pesar de no disponer de satélites propios. Eso implica que la seguridad de sus infraestructuras críticas está vinculada a sistemas espaciales extranjeros, que podrían convertirse en objetivo de ataques.
Como es lógico, Suiza no participará en la militarización del espacio, en línea con su política y su falta de capacidades para destruir o interferir satélites. No obstante, si el conflicto se extiende a este ámbito, podría proyectar al espacio su tradición de buenos oficios.
Una órbita saturada, una paz frágil
¿Cuál es la situación actual?
En los últimos veinte años, las capacidades antisatélite han crecido de manera notable. Distintos Estados han probado misiles de este tipo, ejecutado maniobras de aproximación —a menudo no anunciadas— junto a satélites extranjeros, liberado subsatélites sin aviso previo y desarrollado sistemas muy maniobrables capaces de seguir o inspeccionar otras naves en órbita.
Muchas de estas acciones no constituyen un ataque directo, pero sí envían señales claras de poder e intenciones. En ese sentido, pueden compararse con aviones militares que se aproximan o incluso cruzan regularmente el espacio aéreo de otro Estado: no es guerra, pero tampoco un comportamiento habitual en tiempos de paz.
Al mismo tiempo, el espacio se ha vuelto más accesible. El auge de los proveedores comerciales de lanzamientos, los operadores privados de satélites y los nuevos programas espaciales nacionales ha transformado por completo el sector. Esta era del “New Space” ha promovido la innovación, reducido los costes y ampliado los servicios, pero también ha hecho que la órbita esté cada vez más saturada y sea más competitiva.
Actualmente hay más de 14.000 satélites activos en el espacio, junto con millones de fragmentos de basura espacial. Incluso un objeto de apenas un centímetro puede destruir un satélite de varias toneladas.
Esta saturación es preocupante. El espacio orbital es finito y solo puede soportar una cantidad limitada de satélites y fragmentos de basura antes de que los riesgos aumenten rápidamente. Una vez alcanzado un umbral crítico, las colisiones producen más desechos de los que se dispersan, lo que puede provocar una reacción en cadena de nuevos impactos.
Esta dinámica se conoce como síndrome de Kessler: una situación teórica en la que la acumulación descontrolada de basura espacial puede hacer inutilizables partes de la órbita. A determinadas altitudes, ya se detectan los primeros indicios de este fenómeno.
A medida que más actores compiten por colocar satélites en órbita, también lo hacen por posiciones orbitales y espectro radioeléctrico. Ningún Estado puede reclamar soberanía en el espacio, pero en la práctica los operadores con grandes constelaciones pueden ocupar zonas orbitales estratégicas y dificultar el acceso a otros. Saturación, competencia e inseguridad están cada vez más interconectadas.
La situación resulta aún más preocupante por la falta de un control armamentístico eficaz. El Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967 prohíbe la colocación de armas de destrucción masiva en órbita, pero no impide la mayoría de los demás tipos de armamento ni las operaciones militares en el espacio.
Desde entonces, numerosas iniciativas diplomáticas han intentado evitar una carrera armamentística en el espacio exterior. Sin embargo, estos esfuerzos han producido pocos avances concretos. La erosión del multilateralismo y la rivalidad entre grandes potencias son las principales razones por las que la gobernanza espacial ha quedado rezagada frente al cambio tecnológico.
Las capacidades antisatélite siguen avanzando. Los Estados no solo desarrollan armas destructivas; también invierten en guerra electrónica, herramientas cibernéticas, satélites de inspección, sistemas robóticos y tecnologías de doble uso que pueden servir tanto para fines civiles como militares.
Un satélite diseñado para retirar basura espacial o realizar tareas de mantenimiento también podría, en teoría, capturar o inutilizar otra nave. Esa ambigüedad es uno de los problemas centrales. En el espacio, a menudo resulta difícil distinguir entre una capacidad defensiva y una ofensiva.
Esa ambigüedad alimenta la desconfianza y genera el clásico dilema de seguridad. Cuando un Estado desarrolla una capacidad que presenta como protectora, otros pueden percibirla como una amenaza y responder del mismo modo. El resultado es un ciclo de acción y reacción que empuja a todos hacia una mayor militarización, incluso si ninguno busca abiertamente el conflicto.
Aun así, existen todavía factores que limitan la plena militarización del espacio. Uno de ellos es la interdependencia técnica: incluso los rivales siguen vinculados por infraestructuras compartidas, organismos internacionales de coordinación y realidades operativas comunes.
Otro factor es la creciente preocupación por la sostenibilidad en el espacio. Los responsables políticos comprenden cada vez más que la seguridad y la sostenibilidad del entorno espacial son inseparables. Las acciones que generan basura orbital pueden dañar ese entorno para todos, incluido quien las lleva a cabo.
Por ello, la sostenibilidad podría convertirse en una vía más práctica para avanzar que el control armamentístico tradicional. Las normas sobre mitigación de residuos, intercambio de información y gestión del tráfico espacial son políticamente más fáciles de debatir que las prohibiciones de armas. No resuelven el problema de la seguridad, pero pueden reducir la ambigüedad, mejorar la coordinación y disminuir el riesgo de errores de cálculo.
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Un espacio para la mediación suiza
El futuro puede aún tomar varias direcciones. Una posibilidad es un avance gradual mediante medidas no vinculantes y específicas, como moratorias sobre pruebas destructivas de armas antisatélite.
Otra opción es una gobernanza forzada por la crisis, en la que un gran incidente —o uno con víctimas— provocado por basura espacial obligue finalmente a los gobiernos a actuar.
El peor panorama sería la militarización total del espacio exterior: una competencia sin control, capacidades antisatélite desplegadas de forma habitual y conflictos en órbita convertidos en realidad.
Sea cual sea el camino, una cosa está clara: el espacio ya no puede considerarse políticamente separado de la Tierra.
Precisamente por eso también existe una oportunidad para la mediación y la facilitación. En un ámbito marcado por la desconfianza, la ambigüedad y la ausencia de reglas para las operaciones espaciales, crece la necesidad de actores capaces de fomentar el diálogo, aclarar intenciones y ayudar a rebajar tensiones.
En el ámbito civil, no existe una auténtica gestión del tráfico espacial en órbita, por lo que no hay reglas definidas para evitar colisiones entre satélites. Los operadores tienen dificultades incluso para ponerse en contacto entre sí y a menudo discrepan sobre el umbral que debería activar una maniobra evasiva y, en su caso, sobre quién debería maniobrar.
En el ámbito militar, una maniobra puede malinterpretarse fácilmente, aumentar la tensión entre dos rivales y desencadenar respuestas con efectos potencialmente irreversibles.
Suiza podría aprovechar su condición de país neutral para garantizar la comunicación entre operadores y ofrecer servicios de mediación.
Eso le ayudaría además a reafirmarse como mediador de confianza en la escena internacional, en un momento en que están surgiendo nuevos mediadores en los conflictos terrestres, como Qatar, Emiratos Árabes Unidos o Pakistán.
Los buenos oficios suizos en el espacio no pueden sustituir al control armamentístico ni resolver la rivalidad estratégica entre grandes potencias. Pero sí pueden contribuir a crear canales de comunicación, apoyar medidas de fomento de la confianza y facilitar el diálogo antes y después de incidentes en órbita.
Esa mediación podría conducir a prácticas comunes en las operaciones espaciales que, con el tiempo, se conviertan en normas y reglas adoptadas a nivel internacional, desbloqueando potencialmente procesos estancados en la ONU.
Más información sobre la mediación de Suiza en el espacio:
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El papel mediador de Suiza ante el riesgo de conflicto en el espacio
Editado por Benjamin von Wyl. Adaptado del inglés por Carla Wolff.
Las opiniones expresadas por la autora no reflejan necesariamente las de Swissinfo.
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