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Fatima Salisu, de 25 años, cuenta su sufrimiento durante sus 16 meses de secuestro por Boko Haram, el 3 de agosto de 2016 en Maiduguri, en el noreste de Nigeria

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Umar, de 5 años, estaba condenado a morir de hambre en un campamento de desplazados del nordeste de Nigeria si Fátima Salisu no lo hubiera adoptado. Es un 'yayan Boko Haram', el hijo de un combatiente de este grupo islamista.

"Cuando le pregunté a un soldado si podía adoptar al niño, él se burló y dijo que más valía dejarlo morir, que después lo echarían a la basura", recuerda Fátima. Pero ella fue incapaz de dejarlo solo.

Esta mujer, viuda de un combatiente del grupo islamista nigeriano, vive como refugiada en el campamento de Dalori, en las afueras de Maiduguri, capital del estado de Borno.

Las decenas de miles de jóvenes, mujeres y niños secuestrados por los yihadistas se han convertido en los pobres de los pobres, la casta de los excluidos.

Fatima Salisu es una de esos parias. Esta camerunesa de 25 años fue prisionera durante 16 meses y la obligaron a casarse con un combatiente del grupo, con el que tuvo una hija, fallecida durante el cautiverio.

Cuando su marido murió, Fátima huyó y pasó a engrosar los 2,6 millones de desplazados del conflicto, de los que la mitad son niños, según un informe de Unicef publicado el jueves.

De este total, 475.000 niños padecen desnutrición severa (tres veces más que en enero) y 20.000 niños nigerianos están separados de sus familias por el conflicto que dura desde 2009, añade la organización de la ONU.

Alrededor de 50.000 personas viven en el campamento de Dalori, pero Fátima y su hijo adoptivo están apartados. "No tenemos derecho a acercarnos, todo el mundo nos mira con desprecio", reconoce.

La joven asegura que la gente se burla de ella, pero lo que realmente le preocupa es el futuro de Umar y de los otros niños del campamento en su misma situación.

"Les pegan, no tienen derecho a jugar con los otros", cuenta. "Si se sigue autorizando esto, su ira los convertirá en una grave amenaza para la sociedad".

Los expertos también advierten del abismo creciente entre los antiguos rehenes de Boko Haram y el resto de la población.

En las ciudades que conquistaron, en la región del lago Chad, los islamistas de Boko Haram hicieron prisioneros a decenas de miles de personas durante meses, antes de que el ejército las liberase.

Los que no conseguían huir y se negaban a unirse al grupo acababan ejecutados sistemáticamente. Ahora las mujeres liberadas sufren el rechazo de la comunidad y a sus hijos se les considera futuros combatientes.

- 'Hijos de serpientes' -

"Arrinconar a los hijos de los insurgentes impedirá el proceso de reconciliación y de rehabilitación y tendrá automáticamente consecuencias sobre su posible radicalización", explica Hilary Matfess, investigadora del Institute for Defense Analyses, cerca de Washington, especializado en la región.

"Muchas mujeres fueron secuestradas, las estudiantes de Chibok son el ejemplo más conocido, pero algunas se unieron a Boko Haram de forma voluntaria", explica.

Cuando el ejército libera las aldeas, "es casi imposible distinguir entre los secuestrados y los que eligieron unirse al grupo", lo que genera un clima de desconfianza y de hostilidad. "Hay una ruptura de la confianza entre las comunidades", explica.

Se refleja incluso en las familias. "Todos piensan que queríamos casarnos con combatientes de Boko Haram", cuenta Hafsa Ibrahim, una mujer de 27 años, secuestrada durante la toma de la ciudad de Bama, en el estado de Borno. "¡Pero nos obligaron!", añade llorando.

El problema ha hecho reaccionar a las autoridades. "Tenemos que expresar amor a nuestros hijos inocentes y aportar apoyo a la madre, que también es inocente", imploró el gobernador de Borno, Kashim Shettima, en mayo del año pasado. Ya advirtió entonces que en el caso contrario podrían "heredar" el odio de sus padres.

Pero en el nordeste de Nigeria, parte de la población está convencida de que "la mala sangre" se transmite de generación en generación. "El hijo de una serpiente es una serpiente", reza el refrán.

"Cuando Umar se echa a llorar, los otros se burlan de él diciéndole que siempre puede ir con su padre al monte", cuenta su madre adoptiva. "No le expresan amor".

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