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Unos diputados votan a mano alzada durante una sesión del Parlamento Europeo, en Estrasburgo, el 5 de julio de 2016

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La Unión Europea ha reaccionado al choque del Brexit con un mensaje de unidad, aunque no han tardado en aparecer los profundos desacuerdos entre los que quieren "más Europa" y menos.

A favor de una mayor integración están el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, Francia y varios países del sur, así como los socialdemócratas europeos, que abogan por una política favorable al crecimiento y menos marcada por el dogma de la austeridad fiscal.

Del otro lado, defendiendo un mayor control de los Gobiernos nacionales, se encuentran la canciller alemana, Angela Merkel, sus aliados conservadores y numerosos líderes de Europa del Este.

Según ellos, la lección del Brexit es que los ciudadanos quieren repatriar a sus respectivos países el poder delegado en la lejana y burocratizada Bruselas. Y creen que los federalistas como Juncker son parte del problema.

"Todo el mundo coincide en que necesitamos más crecimiento y empleo. La cuestión es, ¿quién está en el asiento del conductor? Ahí es donde aparece la división entre más Europa y menos Europa", comenta la analista Rosa Balfour, del 'think tank' German Marshall Fund of the United States.

La cuestión de cómo estimular una economía europea anémica, crear empleo y recuperar el apoyo de los pueblos al proyecto europeo es motivo de división entre el norte y el sur, pero también entre la derecha y la izquierda.

El presidente del Parlamento Europeo, el socialdemócrata alemán Martin Schulz, ha pedido que la Comisión se convierta en "un verdadero Gobierno europeo", supervisado por la Eurocámara y que rinda cuentas ante los ciudadanos.

El vicecanciller alemán, el también socialdemócrata Sigmar Gabriel, ha acusado a la austeridad de exacerbar el sufrimiento en Europa y afirma que el Brexit ha demostrado que "la gente pobre vota por salir" de la UE.

Ésa es la visión dominante en Francia e Italia, que quieren una mayor flexibilidad de las normas fiscales europeas para estimular el crecimiento, la inversión y el empleo.

- Un conflicto fundamental -

Sin embargo, el ministro alemán de Finanzas, el conservador Wolfgang Schäuble, ha advertido de que, en su opinión, la UE debe apresurarse en resolver cuestiones urgentes, para recobrar popularidad.

"Yo, en principio, apoyo una mayor integración. Pero no es el momento. En tiempos de creciente demagogia y profundo euroescepticismo, Europa no puede seguir igual", explicó el domingo.

Defendiendo su habitual línea, repitió también que no conviene "revivir la idea falsa de que se puede crear crecimiento a base de crédito".

Con esto, queda en evidencia la fractura en términos de política económica que hay dentro del Ejecutivo de Merkel y entre Alemania y Francia, los dos motores del proyecto europeo.

"Todas las partes hablan públicamente de unidad, pero entre bastidores ha estallado un conflicto fundamental en cuanto al rumbo que debería tomar el continente", constata el semanario del diario alemán Die Zeit. Según la publicación, la clave está en dónde debe colocarse "la frontera entre el mercado y el estado".

"El bando de Francia, apoyado por Italia, la Comisión Europea y la mayor parte de los socialdemócratas alemanes, quiere aprovechar la ocasión para convertir poco a poco la eurozona en una unión política más estrecha, en la que se transferiría mucho dinero", añade Die Zeit.

A la luz de estas tensiones, y el hecho de que tanto el presidente francés, François Hollande, como Angela Merkel afrontan elecciones el próximo año, es de esperar que a corto plazo no haya grandes cambios, cree Jean-Dominique Giuliani, máximo responsable de la Fundación Schumann, un think tank.

"No hay ideas de verdad sobre la mesa", dice. "Temo que no ocurra nada, y ése es el problema", sentencia.

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