El revisionismo japonés se envalentona bajo el mandato de Abe


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El primer ministro japonés, Shinzo Abe, y su esposa, Akie Matsuzaki, llegan a la Base Aérea de Andrews, a las afueras de Washington, el 9 de febrero de 2017

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A una exitosa cadena hotelera de Japón parece traerle sin cuidado si los clientes se espantan al encontrarse en la habitación un libro que niega una matanza cometida por el ejército japonés en China en 1937.

Su propietario, Toshio Motoya, autor de la obra que también rechaza la existencia de esclavas sexuales (llamadas 'mujeres de consuelo'), esencialmente coreanas, durante el dominio colonial nipón (1910-1945), se negó a retirarlo pese a la ira de Pekín y a los llamamientos al boicot.

Los clientes se van. Los atletas chinos y surcoreanos que participan a partir del domingo en los Juegos Asiáticos de Invierno en el norte de Japón han decidido alojarse en otro sitio. Pero Motoya no cede.

El panfleto afirma que la matanza de Nankin, el episodio más sangriento de la guerra sino-japonesa, que en diciembre de 1937 causó cientos de miles de víctimas, no ocurrió.

"Se lo inventó China", aduce el director general del grupo hotelero APA, que -según él- quiere "enseñar a los lectores la verdadera versión de la historia moderna basada en hechos reales".

"Los revisionistas aspiran a reescribir la historia de la expansión militarista de Japón en Asia" con un relato que "ignora lo ocurrido", afirma Jeff Kingston, director de estudios asiáticos en la universidad del Temple en Tokio.

- El Japón 'noble' -

El Gobierno japonés permanece en silencio, cuando no fomenta indirectamente este tipo de comportamientos, en aumento desde el final de los años 1990, tanto en el ámbito político, como de los negocios o de los medios de comunicación, según varios expertos consultados por la AFP.

El primer ministro, Shinzo Abe, que regresó al poder en 2012 con la promesa de devolver la grandeza a Japón, no oculta su nacionalismo y se ha rodeado de personalidades muy conservadoras, como la ministra de Defensa, Tomomi Inada.

Su lema: mirar hacia el futuro en vez de arrepentirse por el pasado. Para Abe, Japón debe dejar de verse como el país que ha perdido la guerra. Su objetivo es recuperar el Japón "noble" y "poderoso", por lo que es partidario de revisar la Constitución pacifista impuesta en 1947 por Estados Unidos.

Abe reiteró las "disculpas irrevocables" de su país en 2015 con motivo de los 70 años del final de la guerra, pero pidió que se eximiera a las generaciones de la posguerra.

El primer ministro no pone en entredicho la matanza, pero "siempre ha mantenido lazos estrechos con los miembros" de la Conferencia de Japón (Nippon Kaigi), un poderoso grupo de presión nacionalista para el que Nankin es "una acusación falsa", recalca Tamotsu Sugano, autor de un libro sobre este grupo.

- 'Estandarte' -

"Desde que es primer ministro se ha mostrado prudente", pero por decirlo de alguna manera, es el "estandarte" del movimiento revisionista, abunda Koichi Nakano, profesor de la universidad Sofía de Tokio.

El autor de la obra de la cadena hotelera también está acusado de comentarios antisemitas plasmados en una revista puesta a disposición de los clientes en sus hoteles en Canadá.

Las autoridades no lo han condenado y su acción no ha motivado fuertes críticas en la prensa ni entre la opinión pública.

Una indiferencia del agrado del periódico nacionalista Sankei. Se acabaron los remordimientos eternos, "Japón cambia", escribe un editorialista. "El gobierno no presiona a APA ni le pide moderación", agrega.

La situación contrasta con la del otro derrotado de la Segunda Guerra Mundial, Alemania, donde la ley sanciona la negación del Holocausto o la simpatía por el nazismo.

En Japón, en nombre de la libertad de expresión, no existe un texto que los reprima, aunque el año pasado se aprobó una legislación para intentar erradicar "los discursos de odio" o las diatribas xenófobas, dirigidas sobre todo contra los surcoreanos.

Kingston recuerda no obstante que los revisionistas son minoría en la sociedad japonesa, en la que "el nacionalismo no tiene un fuerte eco" porque "son conscientes del peligro que entraña".

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