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La brasileña Rosemeire Barbosa, madre de Vitor Magalhaes, uno de los diez detenidos sospechosos de estar vinculados con el grupo yihadista Estado Islámico (EI), en el barrio de Guarulhos, en Sao Paulo (Brasil), el 22 de julio de 2016

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En apenas unas horas, Vitor Magalhaes pasó de trabajar en el taller familiar de la periferia de Sao Paulo a estar detenido en una prisión de máxima seguridad por ser un supuesto terrorista, pero en su humilde barrio se niegan a creerlo.

"Con seguridad voy a probar que es inocente. ¡Él no conocía a esas personas del Estado Islámico!", clama su madre, Rosemeire Barbosa, de 45 años, mientras se monta apresurada en el auto aparcado frente al taller de chapado de coches.

¿Un mensaje para su hijo?

"Que diga la verdad, que no tiene nada que esconder", afirma con la mirada cansada, en esta fría y grisácea mañana del extrarradio de Guarulhos, a unos 40 kilómetros de Sao Paulo.

Vitor Magalhaes, de 23 años, está recluido en una prisión de máxima seguridad en el estado de Mato Grosso do Sul (centro-oeste de Brasil), como los otros nueve brasileños detenidos el jueves, sospechosos de planear ataques terroristas durante los Juegos Olímpicos de Rio. Otros dos aún están prófugos.

Al otro lado del auto, Francisco Sandoval Magalhaes, el padre de quien también es conocido como Vitor Abdullah, mira a su esposa con reprobación. Su abogado les ha recomendado que no hablen con la prensa, pero a Rosemeire se le caen las palabras entre la confusión.

Sus vidas están ahora bajo los focos, desde que el jueves a las seis de la mañana la policía les despertó preguntando por su hijo. Ella les condujo hasta la casa que éste compartía con su mujer y sus dos hijos. Según declaraciones Rosemeire al sitio G1 de la red Globo, él no se resistió y dejó el domicilio prometiéndole que probaría su inocencia.

Aunque la policía no ha divulgado la identidad de los detenidos, el nombre de Magalhaes hace horas que está en la prensa.

- Lealtad al grupo Estado Islámico -

Vitor era el "orgullo" de su madre, que lo definió en el reportaje como "muy inteligente" y siempre interesado en aprender otras lenguas. Su pasión hacía que compaginara el trabajo en el taller con sus estudios de Letras en la facultad.

En busca de una religión con la que identificarse, este joven, que vive en una zona plagada de iglesias evangélicas, se convirtió al Islam hace seis años. En 2012, estuvo seis meses en Egipto, donde aprendió el idioma y se fotografió con una bandera vinculada al grupo Estado Islámico.

La imagen fue publicada por la revista Veja, que informó igualmente de que había jurado lealtad al grupo yihadista.

Desde su vuelta de Egipto, daba clases de árabe a través de WhatsApp y Youtube, donde todavía es posible encontrar su canal llamado Vítor Abdullah.

En uno de sus vídeos más populares, con 10.700 visitas, se le puede ver con una camisa roja y una barba enmarcándole el mentón explicando pacientemente el alfabeto árabe frente a una pizarra. La pieza, de una hora y en la que se escucha a un bebé de fondo, fue colgada el 22 de mayo.

Fue precisamente su actividad digital la que llamó la atención de los investigadores, que llegaron hasta los miembros de esta célula descrita por las autoridades como "absolutamente amateur" y "desorganizada" a través de los mensajes que intercambiaban en WhatsApp y Telegram.

El contenido de sus conversaciones -en las que subían vídeos de ejecuciones públicas y exaltaban atentados como la masacre de Orlando-, así como el intento de uno de ellos de comprar un fusil AK-47 por internet en Paraguay, hizo que la policía considerara que coordinaban preparativos para ejecutar acciones violentas durante los Juegos.

- 'Shock' -

Pero en este barrio flanqueado por dos favelas no dan crédito.

"Conozco a Vitor, es un óptimo cliente y una excelente persona", afirma Marlene Martins, de 58 años, tras el mostrador de su tienda de comidas a pocos metros del taller.

"Todavía no me creo la noticia. No están hablando de la misma persona que conocemos, eso seguro, porque él no transmite nada de eso", añade todavía incrédula, aunque tampoco sabía que aquel cliente que sólo compraba dulces era musulmán.

No es un día normal en este modesto barrio de Guarulhos, donde hasta hace unas horas la palabra 'terrorismo' aludía a un terror lejano que se ve por televisión. En las periferias brasileñas, acostumbradas a vivir en guardia, del horror se ocupan otros.

Tanto que Everaldo Pereira, un vecino que vive en el barrio desde hace seis años, dice estar en "shock".

A los niños que pasan jugando con su bicis por delante del taller de los Magalhaes les divierte la visita del pequeño grupo de periodistas que trata de saber más sobre este joven al que todos definen como discreto, y del que casi nadie conocía su religión.

Agarrado a su amigo, que maneja el manillar, uno de ellos bromea: "¡Soy un hombre bomba!".

Los chicos son mucho más explícitos que los adultos, que en su mayoría dicen no haber oído nada.

Robson Da Silva, un mecánico de 18 años de un taller cercano, afirma incluso que acaba de enterarse de la noticia.

"No sé nada de eso del terrorismo. Eso pasa en otros países, ¿no?", responde sonriente.

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