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Un musulmán reza en una mezquita de Brest, Francia, el 20 de noviembre de 2015

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Desde que fue abordado por unos reclutadores para la yihad, Yacine, de 16 años, no se demora cuando sale de la mezquita. Nassim y Byllel, de 18, se mantienen alerta, porque saben que son blancos privilegiados para esos "vendedores de sueños".

Fue después de la plegaria, una tarde en un suburbio de París, eran dos: "Fueron directos, me hablaron de Siria, trataron de relativizar las cosas, decir por qué hacían la guerra santa, y que había que morir como mártir para ir al paraíso".

La siguiente vez eran tres. Y la de después, Yacine trató de escabullirse antes del fin de la oración, pero lo interceptaron. "Me quedé para no sufrir represalias y luego no volví nunca a esa mezquita", dice este estudiante de secundaria, todavía traumatizado. Yacine supone que lo que les atrajo fue su práctica asidua del islam. Ahora el joven va a otra mezquita, "no extremista", pero tampoco ahí se demora después del oficio. "Rezo y me voy", dice.

Varios de sus amigos se unieron a las filas del grupo yihadista Estado Islámico (EI) y publicaron fotos a través de las redes sociales, "con armas de guerra", "matando gente" y "siempre sonriendo", señala Yacine. "Doy gracias a Dios porque yo estaba bien acompañado por mis padres y mi hermano mayor", afirma.

- "El paraíso directamente" -

También estudiante de secundaria, Nassim, "afortunadamente", no se cruzó nunca con reclutadores. Pero en marzo de 2015, su amigo de la infancia, en situación de abandono escolar, se fue a Siria con otro joven del barrio. "Dijeron que se iban a esquiar. Fue un enorme choque, no lo vimos venir en absoluto. Para mí era más que un amigo, era como un hermano. Su madre lloró mucho, su padre, también", cuenta.

Unos meses después, el yihadista publicó una foto en la que está con tres "hermanos" en un decorado de salón oriental, delante de un plato lleno de manjares y de un fusil de asalto. Un joven recostado posa de manera desenfadada: Bilal Hadfi, de 20 años, futuro kamikaze en los atentados del 13 de noviembre en París.

"En la yihad lo que prima no es la dimensión teológica, sino el heroísmo, el exotismo, el romanticismo, la superabundancia", explica Farhad Khosrokhavar, director de estudios de la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales de París. "Para una parte de esos jóvenes de los suburbios, esa ausencia de penuria, de restricciones, es una enorme incitación a la yihad", sostiene.

Pero no para Nassim, que dice preferir "ser pobre aquí que rico allí". Ni para Byllel, entrevistado en un 'fast food' de Rosny-sous-Bois, un suburbio de la periferia norte: "Estoy seguro de que no entraré nunca en su juego porque yo tengo una buena fe, una vida bella".

No obstante, se mantiene alerta: "Ellos tienen las palabras adecuadas", son hábiles para encontrar los fallos, "proponen el paraíso directamente, venden un sueño inmediatamente". "Nosotros, los jóvenes de 18, 20 ó 25 años, desde el momento en que podemos empuñar un arma, somos los primeros blancos", explica.

Su compañero de curso, Ismael, está menos seguro de sí mismo. "No sé si estoy preparado mentalmente porque esas personas son muy, muy fuertes: haber enviado a mil no es poca cosa", dice.

- "Internet, el principal enemigo" -

Según los datos oficiales, más de 2.000 franceses o residentes en Francia están implicados en las redes de reclutamiento yihadista y más de 600 se fueron a Siria o a Irak, entre ellos, por lo menos, 85 menores de edad.

"La amenaza es real, pero el enemigo principal es internet, más que la calle", estima Nadia Dali, consejera de educación en un instituto de la periferia este de París y que conoce muy bien las técnicas de los propagandistas de la yihad. Por ejemplo, ellos abordarán a "un alumno que se conecta con una página que muestra a un niño muerto en Siria o que cuelga un comentario en un portal propalestino".

Otra forma de contacto es durante partidas de 'Call of Duty', 'League of legends' o 'World of warcraft', juegos en red a los que muchos jóvenes son aficionados.

Dali recalca que la educación digital -"enseñarles a cerrar su muro Facebook, a protegerse"- es fundamental. Pero "sobre todo hay que estar más cerca de las familias y de los alumnos".

Para "no dejar el lugar a los otros", los que tienen malas intenciones, ella trata de llenar el tiempo libre de los alumnos organizando clubes, talleres, "espacios de palabra". Y su instituto permanece abierto hasta las 20h00 para que los alumnos puedan hacer los deberes en él. "Aquí están en su casa", declara Philippe Le Coz, el director del centro. Se sienten tan seguros en él que es difícil hacer que se vayan el viernes por la noche.

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