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El sirio desplazado Ahmad Farhat Ismail, quien huyó de Alepo con su familia, cosecha tomates en la ciudad de Tartús, el 4 de julio de 2016

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Cuando los cultivadores de tomates de la provincia siria de Tartús se fueron a la guerra, los campos quedaron al abandono, pero este verano habrá cosecha gracias a los desplazados.

En un campo de la región costera del oeste de Siria, hombres, mujeres y niños caminan entre las tomateras plantadas bajo toldos de plástico en busca de frutos maduros.

Muchos obreros agrícolas vienen de la provincia de Alepo (norte), uno de los frentes de la guerra siria que en cinco años ha causado más de 280.000 muertos y millones de desplazados.

"Con la intensificación de los combates en Alepo, hemos pensado que la mejor solución era huir a Tartús", afirma a la AFP Ahmad Farhat Ismail, que trabaja en el campo con su familia.

"Es una región agrícola y cultivar es lo único que sabíamos hacer", cuenta a la AFP este hombre de 48 años. "Quiero trabajar para no convertirme en refugiado".

Ahmad y los suyos sustituyen a los miles de habitantes de Tartús, un bastión del presidente Bashar al Asad, que combaten en las filas del régimen desde el comienzo de la guerra civil.

Casi 30.000 soldados de esta región han muerto en combate, según el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos (OSDH), una oenegé radicada en el Reino Unido y con una red de fuentes en el país.

Muchos son habitantes de la región que han perdido a uno o varios familiares y se han visto obligados a abandonar sus hogares.

"Cuando los miembros de mi familia se alistaron en el ejército, nos quedamos sin manos" para trabajar, explica Abdel Karim Kanij, de 55 años. "La cosecha de tomates ha sufrido hasta que los nuevos llegaron esta temporada para echarnos una mano y llenar el vacío".

Los dos hermanos de Abdel Karim luchan para el ejército en Homs y Damasco (centro) y su sobrino lo hace en Alepo, donde la guerra causa estragos entre el régimen y los rebeldes. "Damos nuestros hombres y nuestra sangre a Alepo y Alepo nos envía a sus hombres y mujeres", afirma.

- 'Un remanso de paz' -

Además de la infinidad de muertos, desplazados y refugiados, la guerra ha devastado la economía.

Tartús producía un millón de toneladas de tomates anuales antes de la guerra, era uno de los mayores productores del mundo, según el Programa Mundial de Alimentos (PAM). El año pasado la cifra ha caído a 300.000 toneladas, según el ministerio de Agricultura.

En colaboración con el gobierno, el PAM y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) impartieron formaciones técnicas y proporcionaron material de irrigación, entre otro tipo de ayuda, a unos 2.000 agricultores, para dar trabajo a casi 6.000 obreros.

"Intentamos brindarles la posibilidad de cambiar de vida, garantizarles medios de subsistencia. Produciendo su propia comida y vendiéndola a través de los distribuidores locales se vuelven autosuficientes", precisa Ivo Junior Santi, a cargo de la logística para el PAM.

Casi 700.000 sirios se han refugiado en Tartús. El 60% de ellos son de la provincia de Alepo, según una fuente de la gobernación.

Muchos viven en condiciones difíciles y duermen en cobertizos lindantes con los campos donde trabajan.

"Perdí a mi marido el año pasado cuando se fue de nuestra casa en Alepo para no volver", cuenta Nur al Abdalá mientras guarda tomates en cajas blancas.

Nur al Abdalá enseña a su hija Tima, de 6 años, a apilar las cajas.

"De peluquera he pasado a agricultora, y me siento muy feliz porque he encontrado un lugar seguro para mis hijos, un lugar donde pueden beber y comer. Aunque la guerra se termine, quiero quedarme aquí".

Mohamad Shehadé se fue de Sfiré, en la provincia de Alepo, en 2013.

"En Tartús, he aprendido una nueva forma de trabajar la tierra gracias al saber hacer de la gente de aquí y ellos se han beneficiado del mío", afirma este hombre de 40 años, que también se quiere quedar en la zona, en la que ha encontrado "un remanso de paz y un salario decente para vivir".

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