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Niños refugiados sirios pescan en el puerto de la isla de Samos, el 1º de septiembre de 2016

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En vaqueros y camiseta, las sirias Reem Alams y Sahar Khavuz aprovechan el sol y las vistas al mar desde el puerto de la isla de Samos en el mar Egeo para distraerse en su larga espera a las puertas de Europa.

"Es nuestro paseo habitual", dice Reem, originaria de Damasco, deteniéndose con el cochecito de su hijo delante de un pizzería. Su hija está en los brazos de Sahar, procedente de Alepo.

Se hicieron amigas en un campamento en Turquía, donde permanecieron siete meses después de haber huido de su país. Consiguieron llegar a Samos hace 25 días, desafiando a las autoridades europeas que quieren cerrar esta ruta migratoria.

Ahora se encuentran bloqueadas en la isla y dependen del acuerdo firmado en marzo entre Ankara y la Unión Europea para devolver a los refugiados a Turquía.

Entretanto, intentan adaptarse a las condiciones del campamento, donde se encuentran otros 900 migrantes, a tres kilómetros del puerto.

"La comida es muy mala y hace mucho calor en la tienda", se queja Reem.

Pero no se desanima. Como la mayoría de los migrantes que llegaron después del 20 de marzo, interpuso una demanda de asilo para evitar, o al menos aplazar, un posible reenvió a Turquía.

Grecia no era su primer destino. Pero como "las fronteras en Europa están cerradas, es la única solución por el momento para quedarse en Europa", insiste Reem.

La aplicación del acuerdo entre la UE y Turquía se encuentra por ahora en suspenso después del intento de golpe de Estado en Turquía el 15 de julio.

"Estamos en una situación de espera", explicó a la AFP una fuente gubernamental griega.

Un bloqueo que complica la situación de las islas situadas frente a las costas turcas, donde más de 12.000 migrantes se hacinan en las 7.500 plazas oficiales. En Samos, hay 1.300 por 850 puestos, según el gobierno.

- En busca de seguridad -

Tareq Ando Elias, de 36 años, un yazidí de Sinjar en Irak, tiene "miedo" por su mujer y sus seis hijos. "Hay muchos hombres jóvenes solos, sirios, afganos, argelinos", explica en una de sus salidas del campamento, cuyo acceso está prohibido a los periodistas.

A principios de junio, un enfrentamiento entre refugiados causó decenas de heridos.

Se muestra sin embargo optimista, después del "miedo" que pasó en Sinjar, donde la organización Estado Islámico (EI) perpetró varias masacres en agosto de 2014.

Tareq quiere pensar que podrá continuar la ruta hacia "Alemania o Holanda, para sentirse seguro".

Wassim Abdrabo, de 27 años, parece en cambio más realista. Está dispuesto a quedarse en Grecia si el acceso a Alemania, donde viven su tío y sus primos, se le cierra.

Se fue de Deraa, en Siria, antes de la firma del acuerdo UE-Turquía, pero no llegó a Samos hasta mediados de mayo, después de haberlo intentado nueve veces.

Estuvo en el campamento durante 25 días en "condiciones terribles" con su esposa embarazada de nueve meses. "Gracias a la intervención de ACNUR", el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, fueron ubicados en un hotel a principios de junio, donde su hijo, Farid, nació.

En el campo, la situación "mejoró sobre todo a nivel de higiene", asegura Rose de Jong, responsable de la antena local de ACNUR.

Pero "pedimos a las autoridades que encuentren otros alojamientos en la isla, especialmente para familias vulnerables, menores no acompañados o personas con problemas médicos", añade.

Por el momento, se han habilitado 170 plazas en hoteles para estos casos.

"Los refugiados saben que es difícil" llegar al norte de Europa, "y piden informaciones sobre el acceso a las escuelas y a los alojamientos en Grecia", explica.

Consciente de los problemas económicos de Grecia, Wassim aspira a "la apertura de las fronteras en Europa para que los refugiados puedan continuar sus estudios y trabajar con toda seguridad".

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