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Un niño sirio lleva con dificultad un bidón de agua, el 23 de febrero de 2016 en Alepo, localidad del norte del país

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La ciudad siria de Alepo saborea desde hace tres días el cese de los bombardeos y disfruta de unos momentos de paz, pero se muere de sed.

Los habitantes a uno y otro lado de la línea del frente padecen la peor penuria de agua en cinco años de guerra.

"La situación general ha mejorado desde el comienzo de la tregua, es posible procurarse de todo ... menos agua", afirma Abu Nidal, de 60 años, que reside en el barrio rebelde de Al Maghayer.

Los combates encarnizados en esta ciudad dividida desde 2012 entre barrios bajo control rebelde y otros en poder del régimen destruyeron las bombas que transportaban agua a los barrios residenciales y los generadores eléctricos. La distribución se volvió impredecible.

La situación empeoró con el ataque a finales de noviembre de la aviación rusa contra la principal planta de tratamiento de agua de la provincia, controlada por el grupo yihadista Estado Islámico (EI). Privó de agua a 1,4 millones de habitantes en Alepo y sus alrededores, según Unicef. Los habitantes deben aprovisionarse en pozos improvisados o comprar agua a distribuidores privados.

En su sucia camioneta blanca, un joven coloca una cisterna. Transporta agua extraída de agujeros cavados en las inmediaciones de la ciudad. Luego llena con una bomba los depósitos de los tejados de los edificios.

- 'Los príncipes de Alepo' -

"Son los príncipes de Alepo, porque todo el mundo los necesita", explica Jana Marja, una estudiante de 21 años que vive en el barrio de los siríacos, controlado por el régimen.

Según el Observatorio Sirio de los Derechos Humanos (OSDH), los barrios bajo control del régimen son los más afectados por la escasez debido a la mayor densidad de población.

Cada mañana, hombres, mujeres y niños hacen cola con bidones de plástico delante de los pozos y de las cisternas públicas. "Esperar se ha convertido en un oficio en Alepo, unas personas pagan a otras para que les guarden el sitio en la fila de espera", añade Jana Marja. La gente se toma con humor la escasez "y se queja sobre todo de tener el cabello graso". "La broma más extendida es que las alepinas, que llevan un mes sin ducharse, siguen siendo más bellas que las parisinas emperifolladas", comenta la estudiante con una sonrisa.

En el barrio insurgente de Bustan al Qasr, en la línea del frente, Abu Amer, un comerciante de 38 años, confiesa que "aunque el agua ya estuvo cortada durante un mes, esta interrupción es la más larga desde el comienzo de la guerra en Alepo". Para paliarlo, este padre de tres hijos paga 200 LS (0,45euros, 0,48 dólares) cada semana por el funcionamiento de un generador que bombea el agua de un depósito cercano a su casa para fregar los platos y hacer la limpieza. Su familia se baña una vez por semana. El agua potable viene de Turquía. "Compraba 12 botellas por 450 LS (1,10 euros, 1,19 dólares) pero ahora el precio se duplicó", se queja.

- 'Es como el oro' -

Rawane Damene, una estudiante del barrio de Mogambo, en poder del Gobierno, asegura que su familia paga 1.350 LS (3,2 euros, 3,4 dólares) para llenar 1.000 litros en el depósito del tejado. Dice que compra a regañadientes botellas de agua a precios astronómicos en el supermercado. Otros prefieren hervir el agua del pozo y mezclarla con cápsulas desinfectantes compradas en la farmacia.

Muchas personas se quejan de problemas de salud por el agua de los pozos. "Yo y uno de mis hijos nos hemos envenenado con el agua de un pozo", afirma Abu Mohamad, un desempleado de 43 años. "Hemos sufrido infecciones intestinales, diarreas y vómitos", enumera.

Para enterarse de cuándo se han llenado las cisternas locales, los vecinos se comunican por las redes sociales. "La gente se informa por Facebook de dónde hay agua potable o comparte muy rápidamente las informaciones por WhatsApp y en internet en general", afirma el ingeniero informático Fadi Nasralá. También usan el mapa de los pozos realizado por la Cruz Roja Internacional.

"Antes de la guerra, no prestaba mucha atención al agua, pero ahora para mí es como el oro. Es prácticamente sagrado", asegura Alí, de 29 años.

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AFP