Las multitudinarias manifestaciones en Líbano contra las autoridades seguían ganando fuerza el miércoles, pese a las medidas anunciadas por el gobierno, y el ejército aumentó su presencia en las calles.

La movilización, lejos de decaer tras las reformas que el gobierno presentó el lunes, ganaba terreno en Beirut, donde desde la madrugada se multiplicaron las barricadas de los manifestantes en las calles que conducen al centro de la ciudad.

La multiplicación de barricadas en las carreteras que conectan con la capital, con el riesgo de paralizar totalmente el país, llevó al ejército y a las fuerzas de seguridad, que hasta la fecha mantuvieron perfil bajo, a desplegarse el miércoles.

Tras varios días de manifestaciones gigantes y festivas, cientos de personas se iban agolpando en las calles este miércoles, mientras se levantaban barricadas con vallas, neumático, bidones y coches por todas partes.

En nos cara a cara a veces tensos, los manifestantes entablaban conversación con los militares. Agitando banderas libanesas o coreando el himno nacional o canciones tradicionales, les repartían flores, para ganarse su favor.

Según un fotógrafo de la AFP, algunos soldados tenían los ojos llorosos ante la muchedumbre, que les gritaba: "¡Pacíficos, pacíficos!".

"Vimos sus lágrimas, sabemos que tienen órdenes", declaró Elie Sfeir, un trabajador de 35 años. "Pero seguiremos aquí para conseguir un cambio de régimen, es lo único que pedimos. Queremos escribir un nuevo capítulo en este país".

En Nabatiyé (sur), sin embargo, la policía intentó dispersar por la fuerza a un grupo de manifestantes, algunos de los cuales resultaron heridos, según la Agencia Nacional de Información (ANI).

En este feudo de los movimientos chiitas Hezbolá y Amal, los manifestantes también fueron atacados, en parte, por simpatizantes de esos dos partidos, lo que llevó al ejército a intervenir, según dijo un manifestante a la AFP.

- "El miedo ha desaparecido" -

Con una camisa azul y el pelo engominado, Hassan, de 27 años, y sus amigos no se dejaron impresionar por los soldados, cuando estos retiraron las barreras que habían instalado en medio de la calle. Los jóvenes se sentaron tranquilamente en el suelo, con banderas libanesas, y los militares retrocedieron. La calle siguió bloqueada.

"¡El sentimiento de miedo ha desaparecido!", gritó Hassan.

Michel Khairallah, un joven camarero, quiere "bloquear el país hasta la victoria". Es decir, hasta que llegue un nuevo gobierno "sin ministros corruptos", compuesto por "gente joven y competente" capaz de sacar al país adelante. "Existen, solo están esperando su turno", insiste.

En un comunicado, el primer ministro, Saad Hariri, se declaró "determinado a obtener la apertura de las carreteras para garantizar la libre circulación de ciudadanos" y subrayó "la importancia de salvaguardar la seguridad y la estabilidad del país".

Al final del día, solo se había levantado, por la fuerza, una barrera en la entrada norte de Beirut, mientras que la autovía que cruza el país de norte a sur estaba en gran parte bloqueada.

Este miércoles, bancos, escuelas y universidades permanecieron cerrados hasta nuevo orden.

El plan de reformas económicas que presentó el lunes el primer ministro, Saad Hariri, no cambió la situación, a pesar de que incluía medidas muy simbólicas, como la reducción a la mitad de los sueldos de ministros y diputados.

"¿Demasiado poco, demasiado tarde?", se preguntaba el miércoles el diario L'Orient le Jour.

- El impuesto de más -

Por ahora, ningún líder ha surgido de la masiva movilización. El martes, apareció un "comité de coordinación de la revolución", que hizo un discurso en la plaza de los Mártires en Beirut, pero su representatividad no acabó de convencer.

Las protestas estallaron tras el anuncio, el 17 de octubre, de una nueva tasa a las llamadas que se hicieran a través del servicio de mensajería Whatsapp.

Fue el impuesto de más que golpeó a la población de un país cuya vida cotidiana no ha cesado de degradarse, con incesantes cortes de agua y electricidad, 30 años después del fin de la guerra civil (1975-1990).

Sin olvidar una clase política en el poder desde hace décadas, acusada de corrupta y de ser incapaz de encontrar soluciones.

Por su parte, Hariri, que mantiene buenas relaciones con la comunidad internacional, piensa en un apoyo financiero del extranjero para ayudar a sacar adelante el país. El martes, se reunió con los embajadores de Francia y Estados Unidos, dos países amigos, para convencerles de la solvencia de su plan de urgencia.

Espera sobre todo desbloquear un fondo de 11.000 millones de dólares, prometido en abril de 2018 en una conferencia en París a cambio de reformas estructurales.

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