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Decenas de refugiados se agolpan en un tren en la estación de la localidad alemana de Freilassing, en la frontera germano-austríaca, el 15 de septiembre de 2015

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"¡Qué bien estamos, en calma!" Sentado en su jardín, Rainer Borchers observa sonriente la frontera entre Alemania y Austria, el país vecino, satisfecho por el cierre de la ruta migratoria de los Balcanes que sembró el caos en este rincón de Baviera.

El verano pasado, este hombre de 38 años se encontró en primera fila de la crisis de los refugiados cuando éstos irrumpieron en Baviera (sur de Alemania), tras la decisión de la canciller Angela Merkel de abrir las puertas del país a los que huían de la guerra.

Su casa, en la ciudad de Freilassing, está situada frente al río Saalach, que marca la frontera entre Alemania y Austria. Muy cerca de allí, el puente que une los dos países ha visto pasar a miles de migrantes.

"Esperaban a los autobuses de la policía justo en frente de mi casa", explica. "Durante varias semanas había mucho ruido. No por culpa de los refugiados, que eran muy discretos. Por culpa de la policía (...), día y noche. Tenía problemas para dormir", recuerda.

Desde entonces la situación se ha ido arreglando. Primero con la reintroducción de los controles fronterizos en Alemania, poniendo entre paréntesis los acuerdos de libre circulación de Schengen. Además, desde noviembre, Viena y Berlín coordinan mejor la llegada de refugiados.

En consecuencia, desde principios de marzo, tras el cierre de las fronteras de los países de los Balcanes, el flujo de migrantes se ha reducido drásticamente.

En otoño cruzaban la frontera cada día miles de refugiados. Ahora la policía sólo registra unos 50 solicitantes de asilo diariamente en los pocos puntos de acogida germano-austriacos, como el de Freilassing.

"Está claro que el registro de los nuevos migrantes se efectúa más fácilmente", reconoce Rainer Scharf, portavoz de la policía federal alemana. "Esto nos permite dedicarnos a la búsqueda de los traficantes de seres humanos", agrega.

Unos 500 policías están desplegados para el control de la frontera, en vigor desde el 13 de septiembre.

- Optimismo prudente -

Christine von Hake, de 51 años, directora de un centro de animales abandonados situado justo al lado del puente sobre el Saalach, explica que aparte de los policías, "que vienen para utilizar los baños (...) todo está tranquilo, mientras que antes la situación era más bien tensa".

Durante el peor momento de la crisis de los migrantes, Von Hake dejó de lado su trabajo y estuvo ayudando a los refugiados instalados en tiendas delante de su centro.

Pero la vuelta a la normalidad es complicada. La vida cotidiana de los 16.000 habitantes de Freilassing se ve afectada por los controles en la frontera.

Esta pequeña localidad, que vive del comercio entre los dos países ha visto cómo los clientes austriacos que compraban productos alemanes más baratos dejaban de venir por culpa de los importantes atascos, provocados por los controles.

"Al principio era duro, mis ventas cayeron en un 70%. Ahora, están a un 20% menos que el año pasado", calcula Anni Klinger, propietaria de una tienda de vestidos de novia.

Pero tras los últimos acontecimientos, la vendedora se muestra optimista: "Los atascos se han reducido de forma importante, ya no se nota nada especial".

Sin embargo, los habitantes de Freilassing siguen de cerca la actualidad europea, en especial la cumbre de la Unión Europea en Bruselas, donde se ha llegado a un acuerdo con Turquía para frenar los flujos migratorios.

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AFP