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Una mujer siria tiende la ropa en Tabqa, adonde llegó tras huir del bastión yihadista de Raqa, el 6 de septiembre de 2017

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Las viviendas parcialmente destruidas de la ciudad de Tabqa están atestadas de minas, carecen de agua corriente y de puertas pero se han convertido en la única opción para algunos sirios que huyen de Raqa, donde las condiciones son peores, si cabe.

Decenas de miles de personas huyeron de la batalla lanzada por combatientes árabes y kurdos sirios para expulsar al grupo Estado Islámico (EI) de Raqa, la capital de hecho de los yihadistas, en el norte del país en guerra.

Algunas de ellas se fueron a Tabqa, a 50 kilómetros al oeste, una ciudad arrebatada al grupo EI en mayo por estos mismos combatientes en enfrentamientos encarnizados que la dejaron casi en ruinas, con montañas de escombros en las calles. Un paisaje apocalíptico, pero la única salida para algunos desplazados.

Con una pala, Anwar al Jalaf retira los escombros que cortan el paso al cuarto de baño y a las habitaciones en un apartamento abandonado de Tabqa.

"Si no estuviéramos tan desesperados no estaríamos aquí, pero no tenemos ningún sitio adonde ir", afirma este obrero de 45 años que huyó de Raqa hace cuatro meses. Vivió en campos de desplazados en condiciones "terribles", durmiendo al aire libre con sus cinco hijos, antes de llegar a Tabqa esta semana.

- Falta de todo -

Ahora vive con el miedo de que lo expulsen de su nueva "vivienda", en el barrio de Wahdah, a orillas del Éufrates. "Si el propietario regresa, no sé qué voy a hacer. Mis hijos y yo nos quedaremos en la calle".

Según Hadi al Zaher, que dirige el consejo local del barrio, más de 1.000 familias se fueron.

"Este barrio no dispone de las necesidades de subsistencia básicas -agua, comida, colchones o ayuda médica. No hemos recibido ninguna respuesta positiva de las organizaciones" humanitarias, dijo a la AFP.

Familias desplazadas de otras regiones controladas por el EI, como Deir Ezzor (este), llegan a diario a Tabqa, añade Zaher.

En las calles devastadas, niños muy delgados escalan los escombros en busca de algo con que jugar. Van apartando los pedazos de vidrio y los hierros retorcidos.

Dos jóvenes salen a un balcón sin barandilla en un edificio en ruinas y en otra vivienda de dos plantas se ven los peldaños de una escalera sin paredes que la protejan.

La madre de Faraj, de 75 años, perdió el equilibrio al bajar por ella. "Bajaba de la segunda planta para ir al aseo y se cayó", explica el desplazado enseñando las manchas de sangre. Sufrió heridas en una mano y en la cara.

- Alquiler -

"Dios mío, estamos agotados. Vinimos pensando en que habría agua y ahora nos arrepentimos porque aquí todo está destruido", afirma el sirio de 40 años que camina entre los escombros calzado con sandalias.

Teme que el techo se caiga encima de su madre y de sus hijos. Y por encima tiene que pagar un alquiler al propietario, que vive al lado.

"No tenemos nada, pero el propietario quiere 25.000 libras sirias (50 dólares) por estas ruinas", dijo.

Hiba al Saleh, otra desplazada, paga 100 dólares por mes por un apartamento deteriorado en el que vive con su marido muy enfermo.

Huyeron de Raqa hace diez semanas porque faltaba agua y comida y en el hospital ya no había los medicamentos necesarios para su marido.

"Huimos de Raqa por el río, a mi marido lo llevaron en una camilla. Fue muy duro por los disparos. La vida (en Tabqa) es muy dura pero no tenemos adonde ir", lamenta.

Su marido necesita respiración asistida y, a falta de electricidad, la máquina funciona con pilas. "Vivimos en condiciones miserables y nadie nos ayuda", dice con un suspiro.

Al anochecer, mujeres con vestidos coloridos tienden la ropa. Un espejismo de normalidad entre tanta devastación.

Una anciana mira por la ventana de su apartamento acribillado de balas. "La vida es dura en este barrio. Detrás de cada ventana -cuenta- hay una historia dolorosa".

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AFP