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Iraquíes desplazados desde Mosul intentan conseguir la comida repartida en un campamento de Hamam al-Alil, al sur de la localidad iraquí, el 11 de marzo de 2017, después de que fuerzas iraquíes se hicieran con el control del oeste de los yihadistas

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Los más afortunados tenían tomate concentrado o patatas. Después de semanas de privaciones, los habitantes de un barrio del oeste de Mosul liberado de los yihadistas hacen cola para obtener alimentos con la esperanza de comer para saciar el hambre.

Desde el lanzamiento de la ofensiva de las fuerzas de seguridad iraquíes para expulsar a los yihadistas del Estado Islámico (EI) hace tres semanas, los combates provocaron el corte de las carreteras de abastecimiento y obligaron a los habitantes a vivir enclaustrados en casa, alimentándose de provisiones exiguas de pan y arroz.

"Los mercados estaban vacíos, sólo nos quedaba un poco de arroz, harina, dátiles", declara Abu Ahd, un tejedor de 45 años, tras recibir de las autoridades una caja con botellas de aceite, leche infantil, arroz, té y azúcar.

Detrás de él, en el barrio de Al Mansur, bajo control de las fuerzas de seguridad desde el miércoles, se forman colas interminables delante de un camión del ministerio de los Desplazados y de la Migración que reparte ayuda.

- "La impresión de renacer" -

Cientos de hombres con barba esperan. Junto a ellos hay una fila de mujeres. Algunas a cara descubierta: han levantado el velo impuesto por los yihadistas. Su niqab (una larga túnica negra que las tapa de la cabeza hasta los pies) está cubierto de polvo.

Cada habitante lleva en la mano el carné de identidad para conseguir comida. La muchedumbre se agita, se apretuja contra el camión, se empujan. Los soldados efectúan disparos al aire para restablecer la calma.

Fahd Fadel intenta sujetar la caja con comida en su bicicleta, antes de escalar una montaña de escombros en la calle.

"Tengo la impresión de renacer", afirma este quincuagenario, con mujer y cinco hijos.

"Desde hace tres meses no había nada que comprar en los mercados pero en los últimos días era un infierno", añade. "Habíamos almacenado productos básicos, como agua, bulgur, tomate concentrado, comíamos una vez al día".

A su alrededor el paisaje es desolador. Las pequeñas casas que bordeaban la calle se han transformado en pedazos de hormigón y de hierros retorcidos. A unos pasos de la fila de espera yace el cuerpo de un yihadista degollado.

"Las familias del EI tenían muchas reservas, pero si veían a un niño hambriento en la calle no le daban nada", asegura Yaser Nabil, un treintañero que aloja a sus padres y debe alimentar a sus cuatro hijos.

"Tienen entre cuatro meses y seis años de edad, pedían comida pero no teníamos nada que darles", declara este exfuncionario vestido con ropa deportiva amarilla y azul.

- "Una comida por día" -

"Comíamos una vez por día, no teníamos leche para el bebé", recuerda.

"No queda nada en casa, es la primera vez que recibimos ayuda", declara Jaled, de 47 años, en espera de provisiones para sus cinco hijos. "Todo era carísimo y la gente no tenía más dinero", confiesa este taxista.

"En las últimas semanas, comíamos una vez por día, de lo que había en casa: lentejas, bulgur", añade.

A unas calles de distancia, los hombres de las brigadas paramilitares del Hashd al Shaabi (Movilización popular), integradas sobre todo por chiíes, reparten comida.

Los habitantes se abalanzan sobre las camionetas blancas, arrebatándose de las manos las cajas de habas, botellas de agua, galletas y paquetes de cigarrillos. Cuando los vehículos arrancan, los niños van corriendo detrás de ellos.

"La gente necesita agua, comida, gasolina y gas", afirma Abdel Razak Abdel Saheb, uno de los responsables de la distribución que vino desde la ciudad de Basora, en el sur del país, para ayudar.

Uno de sus hombres coge pescado de una tina y lo lanza a la multitud, con las manos tendidas hacia él.

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AFP