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Una mujer carga con un saco al volver el 31 de mayo de 2017 al barrio de Al Rifai, en Mosul Oeste, en el norte de Irak, tras ser liberado por las fuerzas gubernamentales de las manos del grupo yihadista EI

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Hombres, mujeres y niños recorren la ancha avenida del barrio de Al Rifai, en Mosul Oeste, con los brazos cargados de bolsas y empujando carretillas llenas a rebosar. Pero no huyen de los combates con sus pertenencias personales, sino que acaban de saquear casas abandonadas.

"¡Era de Dáesh [acrónimo en árabe del grupo yihadista Estado Islámico]! ¿No debemos vengarnos de ellos?". Detenidos, ambos, con un ventilador de techo en un hombro y una bolsa con ropa en el otro, dos jóvenes tratan de defenderse. "Mi casa fue saqueada, ¡no nos queda nada!", alega uno de ellos.

"¿Tú te vengas así? Si eres valiente, toma un fusil, el frente está justo allí", replica un soldado, incrédulo, apuntando hacia donde se oyen los disparos de mortero y de armas automáticas, de donde llega el eco de los combates entre las tropas iraquíes y los combatientes del grupo EI.

"Habéis robado eso en las casas de otra gente. ¡Volved a dejarlo donde lo tomasteis!", ordena.

"¡Era de Dáesh, lo juro por Dios! La gente agarraba sillas, mesas. Nosotros solo nos llevamos ropa, ya no tenemos ropa", implora el joven, mostrando su gastada camiseta.

"¿No tenéis vergüenza? ¿No sois musulmanes? ¡Venga! Devolved eso al lugar de donde lo habéis tomado", insiste el soldado.

Ni violencia ni tensión en esta devastada avenida de Al Rifai, el barrio residencial reconquistado por las fuerzas iraquíes hace unos días. Simplemente gente que va y viene en calma, que a veces llega con las manos vacías y se va con bolsas llenas o con una nevera o un sofá cargado en su carretilla.

Los habitantes huyeron de allí a toda prisa hace unas semanas dejando tras de sí sus casas llenas de cosas. Los combates destruyeron paredes y tejados y las viviendas están siendo ahora vaciadas sigilosamente.

- De víctima de un robo a ladrón -

Cargando con una bicicleta, un hombre se detiene y contempla el vaivén de gente. "¡Ninguna de estas personas es de aquí!", denuncia indignado ante un policía.

Mientras que a unos metros de allí los combates causan estragos, las fuerzas de seguridad controlan las idas y venidas tanto como pueden, pero es difícil comprobar sistemáticamente si todos los transeúntes son o no propietarios de los trastos que llevan consigo.

Algunos casos parecen evidentes: un adolescente con un sillón que sobresale de su carretilla, mujeres que apenas consiguen transportar un gran rollo de tela o un niño que lleva, por único equipaje, una mesa de centro con ruedas.

Algunos son interceptados, otros consiguen irse con su botín entre manos.

La mayoría de ellos se justifica afirmando que se trata de objetos del grupo EI, que confiscó arbitrariamente los bienes de la población durante sus tres años de mandato en la ciudad.

"Es una mentira, no pueden acceder a los edificios del EI", suelta Abas Ali, un policía. "Vienen de otros barrios para robar en las casas", añade.

Otros aseguran, a menudo de corazón, que sus propias casas fueron saqueadas y que vienen aquí buscando cosas para volver a amueblarlas.

"Dicen que no tienen nada pero eso no justifica el hecho de robar las cosas de otros. Son casas de gente que huyó. Los paramos y les decimos que lleven las cosas allí donde las encontraron. ¿Qué otra cosa podemos hacer?", explica un policía.

El cometido de las fuerzas de seguridad es, en primer lugar, mantener la seguridad del barrio, que linda con la línea de frente de Zinjili, una de las últimas áreas en manos de los yihadistas antes de llegar a la Ciudad Vieja. Los controles se realizan de forma intuitiva.

Un chico pasa, arrastrando tras de sí una caja de plástico de la que sobresale una cortina. Los policías levantan la tela y descubren debajo unos cables de metal.

"¿Eso no son cables eléctricos? Cuando la gente vuelva, ¿acaso no querrá tener electricidad?", lanza Abas Ali.

"¡Los encontré ya cortados, por Dios!", responde el muchacho, intimidado.

"¡Vuelve a dejarlos en su sitio!", le riñe el policía. "¡Es tu ciudad la que estás saqueando!", apostilla.

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