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Policías antidisturbios franceses hacen guardia en la parte sur del campamento conocido como 'la Jungla' de Calais, durante su desmantelamiento, en el norte de Francia, el 2 de marzo de 2016

(afp_tickers)

Amanece en 'la jungla' de Calais, azotada por un viento helado; en la parte sur de esta inmensa villa miseria del norte de Francia, el fuego termina de consumir varias chabolas, que exhalan un fuerte olor a plástico quemado.

Se ignora si el incendio fue voluntario o accidental, pero el fuego facilitó sumamente el trabajo de las aplanadoras. Un miembro de la organización humanitaria 'Help refugees' dice que sólo sabe que, por la noche, se vio a varios inmigrantes salir de las precarias cabañas.

En la zona, que ha adquirido el aspecto de un campo de batalla, un grupo de jóvenes británicos que acaban de llegar con sus mochilas mira ese desolador espectáculo. "Fue la policía la que prendió el fuego", afirma, categórica, una de esas militantes, que dice no pertenecer a "ninguna asociación" y que "rehúsa habitualmente hablar con la prensa".

Salvo una decena de periodistas, no hay prácticamente nadie a quien hablar a estas horas de la mañana en 'la jungla', cuyos habitantes todavía duermen.

Los generadores eléctricos empiezan apenas a zumbar delante de las cabañas que ofician de cafés o restaurantes. Pocos migrantes, con caras de sueño, comienzan a asomarse a las chabolas para dirigirse a las sucias letrinas móviles instaladas en la zona.

Los británicos, con aire compungido, buscan el calor de las últimas llamas de las cabañas incendiadas. Tres eritreos se acercan a ellos. No comprenden su lengua, pero el grupo comparte con ellos buñuelos y sonrisas.

El cielo está totalmente despejado, pero los pies chapotean en el fango de un suelo que se asemeja a un inmenso basurero, cubierto de ropa sucia y sacos de dormir abandonados.

-'¡Vamos muchachos!' -

A las 8H15 (07H15 GMT), una larga caravana de unos 30 vehículos de la policía, incluyendo de camiones lanzadores de agua, llegan a un aparcamiento vecino. Como la víspera, los policías antimotines se despliegan en la zona sur del campamento. "¡Alíneense!", "retiren los cascos ¡Vamos muchachos!". El ambiente se ha transformado.

Los cordones policiales hacen retroceder a las pocas decenas de personas presentes y toman posiciones delante de varias cabañas. Golpean en las precarias puertas, entran sin miramientos: "¡hay que salir, esto va a ser demolido!".

En las chabolas, algunos inmigrantes duermen todavía en el suelo o en viejos colchones, vestidos completamente y cubiertos de mantas. Uno de ellos, que salió a fumar un cigarrillo, comprende difícilmente a un policía que le dice que recupere sus enseres, y tiene solamente tiempo para recuperar una bolsa de deportes.

Hoy están nuevamente los sudaneses y algunos iraníes. En un último gesto de desafío, dos de ellos se suben al techo de una cabaña, en el que se unen a tres británicos que acaban de instalarse allí, cubiertos de mantas.

"You need help?": otro militante inglés propone su ayuda a un sudanés para evacuar una miserable choza. Indiferentes, los policías los dejan hacer. Detrás de ellos, aplanadoras y obreros desmontan lo que queda de las chabolas.

Representantes de la prefectura y asistentes sociales tratan de convencer a los recalcitrantes de que hay que irse a las viviendas hechas de contenedores de la "zona norte" o en buses que los llevarán a albergues en otras regiones de Francia.

Por tercer día consecutivo, el desmantelamiento de 'la jungla' continúa. Y esta mañana, salvo un puñado de jóvenes llegados de Inglaterra, el espectáculo no parece provocar mucha movilización.

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AFP