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Una imagen del mercado del barrio de Gogjali, el pasado 28 de julio en la periferia este de Mosul, al norte de Irak

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En el cruce de Gogjali, el bullicio caótico alrededor del mercado volvió a resurgir y, entre el estruendo de las bocinas, los vendedores ambulantes y los habitantes se apresuran de nuevo. Pero "Mosul no volverá nunca a ser como antes", suspira un exmilitar iraquí.

Yunes Abdalá, de 60 años, montó un puesto en medio de los vendedores de piezas de repuesto de coches y de teléfonos móviles instalados alrededor del mercado. Con uno de sus vecinos, repara televisores, altavoces y otros aparatos eléctricos.

Gogjali, en la periferia oriental de Mosul, fue uno de las primeras zonas recuperadas de las manos de la organización yihadista Estado Islámico (EI) el pasado mes de noviembre, mucho antes que la parte oeste de la ciudad, oficialmente "liberada" el 10 de julio

Pero Yunes Abdalá no se muestra optimista pese a los ocho meses sin la amenaza del grupo ultrarradical. "El Gobierno no hace nada. Es la población la que limpia las calles, nada está reconstruido", se queja, con una mirada de desencanto tras sus gafas torcidas.

"Mi casa está destruida, no tengo dinero para reconstruirla, no sé qué hacer, a quién dirigirme... Somos miles en la misma situación", continúa Ammar Akram, su socio de negocios que combatió en la casco antiguo situado al otro lado del río Tigris. "No nos ayudan [el Gobierno] porque, para ellos, todos somos Dáesh [acrónimo en árabe del EI]", dice con rabia.

- 'Desconfianza' -

La desconfianza hacia los dirigentes interviene a varios niveles. "Dicen que hemos apoyado a Dáesh, pero saben bien quién les dejó entrar", declara de manera fulminante un joven vendedor de té un poco más lejos.

De acuerdo con una investigación parlamentaria iraquí de agosto de 2015, altos oficiales y responsables gubernamentales desempeñaron un papel importante en el desastre de Mosul, debilitando las capacidades del ejército iraquí.

"No confío en ellos, desvían el dinero para su beneficio", afirma por su parte Abdalá, con un matiz: "para la seguridad, son bastante buenos".

Pero "habrá problemas con las milicias", predice el vendedor, en referencia a los grupos armados locales, cuyas rivalidades ya corrompían la ciudad antes del EI.

"Los estadounidenses tienen que quedarse, pueden dominar todo esto. Cuando dicen algo, les escuchamos", interrumpe una clienta, una costurera de unos cuarenta años, que "empezó de nuevo" tras haber huido de la parte occidental de la ciudad.

Desde la plaza en la sombra del mercado Nabi Yunes (profeta Jonás), situada a unos kilómetros más lejos, en Mosul, el horizonte aparece más apacible. "Hay más productos, los precios son más razonables. Bajo el EI, era tres veces más caro", señala un cliente.

- El deber de esperar -

En el pasillo central, puestos de perfumes baratos, tintes para el cabello y quemadores de grasa en cajas con imágenes de cuerpos femeninos se hicieron un hueco al lado de las pescaderías, las fruterías, los vendedores de nueces...

Detrás de sus montañas de uvas, manzanas y granadas, Mohamed Jasem recomienda paciencia. "El gobierno tiene mucho por hacer, hace falta tiempo para que reorganice las cosas y que todo vuelva a la normalidad", explica el comerciante, para el que "la prioridad es reconstruir la infraestructura: los hospitales, los puentes, las carreteras...".

"InshAlá", si Dios quiere, la seguridad y la reconstrucción traerán de vuelta al millón de personas que dejó la ciudad y devolverán un poco su alma a Mosul, se espera.

"Pero hará falta también la ayuda financiera de la comunidad internacional", sonríe Omar Hayani.

Desde hace unos meses, este vendedor de ropa interior femenina revive. Efectivamente "el gobierno no hace nada y deja a la gente que se las apañe", pero el joven de 32 años se siente "libre, feliz ahora".

Su negocio le costó ser condenado dos veces a latigazos por el EI "debido a los maniquíes que no estaban autorizados", explica mostrando las siluetas de plástico cubiertas ahora con vestidos transparentes.

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AFP