Son sombras que erran silenciosas y en pequeños grupos por los pasillos desiertos y llenos de basura y escombros de la Universidad Politécnica de Hong Kong, donde desde cinco días un número indeterminado de manifestantes prodemocracia se mantienen, atrincherados, frente al asedio policial.

Todos los edificios muestran las señales de la batalla del fin de semana, la más violenta desde el inicio de las protestas en junio.

Los manifestantes que controlan esta "fortaleza" de ladrillos cuyas torres dominan la península de Kowloon son casi invisibles.

"La policía dice que somos unos cien. No queremos dar números pero somos muchos más", dice un manifestante enmascarado que se presenta como "Mike". Es imposible saber si exagera o no.

Al mismo tiempo, se sabe que centenares de manifestantes han huído de la universidad en los últimos días y la mayoría fue detenida.

"Estamos escondidos", dice "Mike". "Yo sólo he venido a recoger algo de comida y me voy a esconder otra vez", agrega.

Los periodistas parecen ser más numerosos que los manifestantes en estos pasillos de la universidad. Los atrincherados circulan en pequeños grupos de tres, cuatro o máximo cinco personas. El objetivo es repartir "las fuerzas" en caso de asalto policial.

El vacío reinante y el silencio del campus resultan casi irreales en esta gran ciudad de casi 7,5 millones de habitantes.

La universidad parece actualmente sacada de una película de ciencia ficción y las personas que se perciben en el campus podrían ser los únicos supervivientes de un desastre mundial.

A poca distancia, tras los restos de las barricadas, se ve a varios policías.

"La batalla del sábado y domingo fue la más terrible de la historia de Hong Kong", explica "Mike".

Este "valiente", como se llama a los manifestantes que están en primera línea, explica que tuvo en la mano durante la protesta un arco con flechas, "contra los que la policía amenaza disparar munición real".

"Sabía que tenía francotiradores en frente", dice este manifestante, que dice tener "unos treinta" años y que trabaja "en investigación y desarrollo". Su mayor miedo es ser identificado.

En el interior de los edificios del campus, un olor fétido se expande, las cocinas y las máquinas distribuidoras de bebidas y comestibles han sido saqueados y los restos de comida en el suelo han atraído a enormes cucarachas.

Sin embargo, los congeladores del campus aún tienen comida y los manifestantes quieren seguir resistiendo.

"La policía se equivoca si piensa que nos vamos a rendir", dice "Mike". "Tenemos agua y comida. Podemos quedarnos aquí un mes", asegura.

En una sala donde hay colchonetas de yoga que los jóvenes usan para descansar tres manifestantes se encuentran frente a frente con los periodistas y se cubren el rostro rápidamente.

"No, no estamos cansados", dice "Stephen", que tiene unos 20 años.

Su ropa negra, los mosquetones que lleva atados a la cintura y las protecciones de ciclista en las rodillas hacen pensar en Robocop.

Algunos jóvenes piensan que esa universidad desierta parece a un videojuego. Detrás de cada puerta, puede haber una sorpresa.

"Sí. Pasamos toda la tarde ayer jugando a la Playstation 4", bromea "Stephen".

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