Martine Beckers perdió a su hermana, su cuñado y su sobrina en el genocidio de Ruanda y, aunque ello ocurrió hace 25 años, esta belga nunca bajó los brazos y ahora ve el final de su "batalla" ante los tribunales belgas.

"Debe hacerse justicia (...) Debe castigarse a quienes concibieron, organizaron y ejecutaron este genocidio. Si no es aquí, ¿entonces dónde?", explica a la AFP en su casa en Ottignies-Louvain-la-Neuve, al sur de Bruselas.

Su objetivo es la condena de Fabien Neretsé, un ex alto funcionario ruandés de 71 años, a quien la justicia belga acusa de 13 asesinatos y de tres intentos de asesinato entre abril y julio de 1994 en Ruanda.

Tras la constitución del jurado popular el lunes, el juicio en Bruselas comenzará el jueves a las 09H00 (08H00 GMT). El interrogatorio del acusado se espera para un día después.

Neretsé, que defiende su inocencia, enfrenta la cadena perpetua por "crimen de genocidio", un cargo retenido por primera vez pese a tratarse del quinto juicio en Bélgica vinculado al genocidio en su antigua colonia.

Algunos allegados de las víctimas se constituyeron en parte civil, entre ellos Beckers, cuya hermana Claire fue asesinada a tiros en Kigali junto a hija de 20 años y a su marido, de la minoría tutsi, en abril de 1994.

El acusado, un hutu, era uno de sus vecinos. Según la acusación, encargó a hombres armados impedir que estos y otros residentes de la zona buscaran refugio cuando las masacres habían empezado en la capital ruandesa.

Los hechos se produjeron tres días después del asesinato del presidente hutu, Juvénal Habyarimana, visto como el desencadenante del genocidio que costó la vida, según la ONU, a al menos 800.000 personas, esencialmente tutsis.

En el verano de 1994, Martine Beckers llevó el caso ante la policía federal belga. Con la ayuda de testigos ruandeses y de activistas de derechos humanos, se sumió en una búsqueda de los responsables.

Tras unos 15 años de instrucción, el proceso "debe mucho a su determinación", asegura su abogado, Eric Gillet. Martine Beckers habla de un "combate común" en nombre de todas las víctimas que pudieron ir ante la justicia.

- Kimono de kárate -

"Yo tenía una situación idónea para poder hacerlo, al ser belga, con mi familia y mi vida aquí. Era muy diferente para los refugiados", afirma esta ex trabajadora de la Comisión Europea, de 70 años.

La víspera del juicio, Beckers hojea álbumes de fotos con imágenes mostrando la heladería que tenía su hermana en Kigali o a su sobrina Katia vestida con un kimono de kárate poco antes del asesinato.

Y recuerda las informaciones fragmentadas, a menudo contradictorias, que circulaban los primeros días tras la masacre.

Dos primos de su sobrina Katia figuraban en el primer recuento de muertos el 9 de abril y la familia Beckers les rindió homenaje junto al resto de víctimas el 1 de mayo en una abarrotada catedral de Bruselas.

Pero ambos, Emmanuel y Régine, se encontraban finalmente en casa de unos vecinos musulmanes, que los acogieron.

Martine Beckers explica también la llamada telefónica del 10 de abril, cuando una amiga de una amiga en Kigali le anunció lo que le ocurrió la víspera a sus allegados.

"Al principio, no me lo quería creer, me parecía imposible, era insoportable. Y finalmente, tuve que admitir la realidad", recuerda.

Además de 11 muertos en Kigali, otros dos se le atribuyen a Neretsé en las prefecturas de Gitarama y Ruhengeri (norte), donde este ingeniero agrícola fundó una escuela que habría servido para financiar una milicia armada.

Detenido en Francia en 2011, el acusado comparece libre en este proceso que debe durar unas seis semanas. Sus abogados avanzan una dura batalla con la acusación y consideran "muy difícil demostrar" el crimen de genocidio.

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