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Unos niños refugiados esperan el 6 de febrero de 2016 en la localidad de Bab al Salama, Siria, para cruzar la frontera turca

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La llegada de miles de sirios que huían de la guerra civil convirtió a la ciudad turca de Kilis en una 'pequeña Siria' y los habitantes autóctonos, ahora minoritarios, temen las consecuencias de una nueva afluencia de refugiados.

"Ya no me siento en Turquía. A cada paso me encuentro con un sirio", dice Tugba Kaya, una joven enfermera, al salir del hospital donde trabaja. "Si hay un nuevo éxodo masivo, la vida aquí se paralizará", agrega.

A pocos kilómetros de ahí, decenas de miles de civiles sirios, sobre todo niños, mujeres y ancianos, esperan que Turquía les deje cruzar la frontera.

Comenzaron a llegar el viernes pasado, huyendo de la ofensiva del ejército sirio y sus aliados en la región de Alepo y de los bombardeos de la aviación rusa.

Desde el viernes, las barreras del puesto fronterizo de Oncupinar no se movieron y los refugiados permanecen en campamentos improvisados en la localidad de Bal al Salama, situada justo en frente, en una situación que muchos consideran humanitariamente "desesperada".

Del lado turco circulan estimaciones muy alarmistas sobre la cantidad de refugiados que podrían llegar a Kilis. El gobernador de la provincia, Suleyman Tapsiz, habló de la "posibilidad" de 70.000 civiles y el portavoz del Gobierno, Numa Kurtulmus, citó la cifra de 100.000.

En la zona de Alepo controlada por los rebeldes viven aproximadamente 350.000 personas.

"A causa de todos estos sirios, los turcos sufren cada vez más el desempleo y el hambre. Y el precio de los alquileres sube como una flecha", dice por su parte Yasar Mavzer.

Antes del inicio de la guerra civil, en 2011, la ciudad-frontera turca contaba con unos 100.000 habitantes.

Según las autoridades locales, la población aumentó más del doble con la llegada de 134.000 sirios. Sólo 34.000 están instalados en los campos, los otros se instalaron en la ciudad, donde viven de trabajos ocasionales.

"Aquí todo es para los sirios. El trabajo, la vivienda. Pero los de aquí también somos humanos. ¿No?", dice Mavzer enojado. "Sería mucho mejor si los sirios vivieran en una zona de seguridad en su territorio", agrega.

"Kilis es una ciudad pequeña que no tiene los medios para recibir a tanta gente", dice por su parte Mehmet Zeytcioglu, un almacenero de 50 años. "¡Que Dios los ayude...!, añade, fatalista.

Turquía acoge en la actualidad 2,7 millones de refugiados sirios. El precio de esa política de "puertas abiertas" defendida por el presidente Recep Tayyip Erdogan es elevado, al menos de 10.000 millones de dólares desde 2011. Además, es una fuente de tensión con la población local.

El descontento de la población de Kilis es "natural", considera Murat Erdogan, director del centro de investigación sobre las migraciones de la Universidad Hacettepe de Ankara. "Si llegan más sirios, los servicios municipales podrían saturarse. Además podrían provocar un aumento de la criminalidad", advierte Erdogan. "Eso podría colmar la paciencia de los locales", agrega.

Los sirios instalados en Kilis intentan por su lado reconstruir su vida tras tener que abandonar de un día para el otro su país. Mohamad Hamidi, que ejercía de abogado en Siria, instaló un café. "Llegué a Turquía en 2013 con todos mis ahorros. Enseguida alquilé este comercio y desde entonces trabajo aquí", cuenta Hamidi. "Tengo muchos clientes turcos. El pueblo turco nos recibió muy bien a los sirios, mejor que los jordanos o los libaneses", agrega.

A pesar de ello, la mayoría de los refugiados sueña con volver a su país lo antes posible. Para Sabah Al Ali, volver a Alepo es una verdadera obsesión. "Vivimos aquí, pero no nos sentimos en casa porque nuestro corazón late sólo por Siria", dice esta madre de familia. "Nuestra casa es Siria", concluye emocionada.

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AFP