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Cuando Aung San Suu Kyi hizo sus primeras declaraciones fue para denunciar la "desinformación" sobre la crisis, sin decir una palabra sobre el destino de los miles de refugiados rohinyás

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La imagen de Aung San Suu Kyi se ha visto empañada en el plano internacional por su rechazo a defender a la minoría musulmana rohinyá, y tanto Naciones Unidas como otros premios Nobel se han mostrado decepcionados. Pero en Birmania sigue siendo muy popular.

Hacía meses que la comunidad internacional esperaba que la exdisidente rompiera su silencio sobre esta cuestión.

La presión fue todavía más importante cuando, a finales de agosto, una nueva explosión de violencia dejó más de 430 muertos y obligó a huir del país a 164.000 personas, la mayoría rohinyás, para refugiarse en Bangladés, tras una operación del Ejército birmano.

Pero el miércoles, cuando Aung San Suu Kyi hizo sus primeras declaraciones, fue para denunciar la "desinformación" sobre la crisis. No dijo una palabra sobre el destino de los miles de refugiados rohinyás.

Desde el inicio de la crisis, la retórica de su Gobierno es igual a la del Ejército, que ha sido acusado en múltiples ocasiones, incluso por la ONU, de limpieza étnica.

"Al rechazar expresarse contra estos abusos, pierde una enorme credibilidad moral y política", estima James Gómez, de Amnistía Internacional (AI) en el sureste asiático.

Una petición que circula en internet para retirarle el Nobel de la Paz -una medida que el comité noruego del premio excluye- ha recogido más de 364.000 firmas en estos últimos días.

Sus detractores recuerdan sus palabras en 2012 cuando, ya libre después de 15 años de arresto domiciliario, pudo al fin recibir en persona su galardón.

"Donde sea que se ignora el sufrimiento, habrá semillas de conflictos, porque el sufrimiento degrada, amarga y exaspera", declaró en aquel momento.

"Me gustaría realmente ver que Aung San Suu Kyi muestre más compasión (...) en este momento crucial de la historia de Birmania", declaró por su parte a la CNN Yanghee Lee, enviada especial de la ONU para Birmania.

- "No soy la madre Teresa" -

Pero en este país, donde conviven más de 130 etnias y una gran parte de la población considera a los rohinyás como extranjeros llegados del vecino Bangladés, no entienden la presión internacional contra Aung San Suu Kyi.

"La gente en Birmania no comprende las críticas porque se trata de una cuestión de seguridad nacional y que, en el terreno, la situación es más compleja", explica Nyo Ohn Myint, del Centro para la Paz en Birmania, un grupo de reflexión birmano.

En las redes sociales circulan decenas de dibujos satíricos y vídeos que caricaturizan a los medios internacionales, considerados favorables a los rohinyás. Pero también critican a la joven premio Nobel de la Paz Malala Yousafzai, que el lunes denunció la gestión de la crisis de la Dama de Rangún.

También se multiplican los comentarios en Facebook que alaban la lucha de Aung San Suu Kyi "por los derechos de su país". En paralelo, circulan cientos de fotos donde se ven a budistas supuestamente asesinados por los "terroristas" de la rebelión rohinyá.

En un país profundamente dividido, los budistas extremistas, con un discurso antimusulmán radical, están en pleno apogeo. En Birmania, más de un 90% de la población es budista y menos de un 5% es musulmana.

En una de sus pocas entrevistas concedidas desde su llegada al poder, en abril de 2015, Aung San Suu Kyi afirmó que "sólo era una política". "No soy para nada como Margaret Thatcher, no; pero, por otra parte, no soy tampoco la madre Teresa. Nunca dije que lo fuera", confió.

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AFP