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Un pescador limpia pescado el 7 de julio de 2017 en la playa de Wadi Qandil, al norte de la ciudad costera de Latakia, en el noroeste de Siria

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Desde el fin de los combates en Alepo, ningún desplazado de esa metrópolis viene ya a pedirle a Saer Daqaq un apartamento para alquilar al borde del mar en Latakia, considerada la ciudad más segura de la Siria en guerra.

En la "Playa azul", el sector norte de Latakia, los bloques de apartamentos acogen desde hace tiempo a miles de alepinos que huían de los combates en la excapital económica del país.

Eran tan numerosos que los propios desplazados bautizaron el barrio como la "plaza de los alepinos". Pero desde la reconquista por el ejército sirio de la totalidad de Alepo, en diciembre, la demanda de alquiler se ha hundido y los desplazados son mucho menos visibles.

Según estimaciones de la gobernación de Latakia, más del 30% de los 700.000 desplazados de la ciudad y de la provincia de Alepo han abandonado ya la localidad costera.

Sin embargo muchos se han quedado, puesto que tienen negocios o trabajo aquí, o porque sus casas han sido totalmente destruidas en Alepo.

"Desde hace seis meses ninguna familia de Alepo ha venido a alquilar apartamentos por un mes o por un año", explica Daqaq, un hombre de 42 años con barba bien recortada.

- "Aquí tengo empleo" -

La población de Latakia casi se ha duplicado desde la llegada de los desplazados de los cuatro rincones de Siria, en especial de Alepo.

La economía de este feudo leal al régimen sirio, que cuenta sobre todo con los ingresos de su puerto y de sus playas en verano, ha sido dinamizada gracias a los alepinos, que han abierto ahí pequeñas o medias empresas.

"Los alepinos son conocidos por ser trabajadores", explica Daqaq. "La mayoría de (los desplazados) ha hecho negocios aquí: talleres de costura, confección de zapatos, vestidos, comercios diversos, y algunos han comprado terrenos o fábricas".

Pero no solamente los negocios retienen a los desplazados, pues las casas de muchos de ellos fueron destruidas en sus lugares de origen.

En su modesto apartamento, Um Mohamad recuerda con emoción su casa de Alepo, ubicada en el exbastión rebelde en esa ciudad, con su bello patio y sus cinco grandes habitaciones.

"Ahora está en ruinas", dice la mujer, cubierta con un velo blanco.

"Mis hijos fueron a inspeccionar la casa. Encontraron que el techo está literalmente derrumbado sobre los muebles, ya no se puede vivir ahí", asegura Um Mohamad, que no ha vuelto a ver su hogar desde hace cuatro años y medio.

La mujer jamás imaginó que la provincia de Latakia, que antaño era sinónimo de vacaciones en familia, iba a convertirse en su tierra de exilio como desplazada.

"Nos divertíamos tanto, veníamos a la playa de Latakia. Hoy lloramos por nuestras casas, nuestros hijos, nuestros muertos".

Lo mismo piensan los miembros de la familia de Um Qassem, una antigua habitante de la Ciudad Vieja de Alepo.

"He ido una vez a inspeccionar la casa, ya no queda ninguna habitación donde dormir y todo ha sido saqueado. Si regresamos nos veremos obligados a comenzar de cero", dice la mujer, rodeada de sus cuatro hijos.

Para pagar alquileres que oscilan entre 50 y 100 dólares por mes -una suma que hoy es importante para un sirio-, su familia cuenta con el hijo que tiene un taller de costura o con las dos hijas empleadas en el gabinete de un dentista.

"En Alepo aún no hay infraestructuras", explica Jana, una de sus hijas, en pijama color turquesa.

"Esto es un exilio, pero al menos aquí tenemos agua y electricidad", dice esta joven de 25 años.

AFP