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Una familia iraquí huye de Mosul el 25 de febrero de 2017, de camino al campo de desplazados de Hamam al Alil, a 14 kilómetros al sur de la ciudad

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Para los habitantes del oeste de Mosul escapar es a veces la única opción, pero algunos pierden la vida mientras huyen, como le ocurrió a un padre de familia disparado por un francotirador delante de su mujer e hijos.

"Lo alcanzó en la cabeza. Sus hijos y su mujer lo rodearon, lloraban", cuenta Maysun, que fue testigo de su muerte mientras huía del barrio de Al Maamun.

"No querían dejarlo, pero les ordenamos que siguieran huyendo porque era muy peligroso", cuenta a la AFP esta mujer de 25 años en un campo de desplazados cercano a Mosul.

Más de 28.000 personas, según cifras de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), lograron salir de la parte oeste de la segunda ciudad de Irak desde el 19 de febrero, cuando comenzó la ofensiva de las fuerzas gubernamentales para expulsar completamente al grupo yihadista Estado Islámico (EI).

Huyeron de los combates, pero también de penurias de todo tipo, sobre todo de comida.

En su periplo en busca de refugio en la periferia de esta ciudad del norte del país, civiles de todas las edades han sido testigos de escenas macabras.

"Había cadáveres en las calles, pedazos de cuerpos humanos", recuerda Safana, mientras espera en una fila para recibir comida en el campo de Hamam al Alil.

Esta joven de 23 años cuenta que los yihadistas ordenaron a los habitantes que se fueran del barrio de Al Maamun a medida que las fuerzas iraquíes se acercaban a sus posiciones. "Llegaron por la mañana y nos dijeron que si por la noche no nos habíamos ido nos matarían".

Un comandante de las fuerzas de élite antiterroristas, el CTS (Counter-Terrorism Service) reconoció que los yihadistas opusieron una resistencia "encarnizada" en este barrio del sudoeste de Mosul, del que las tropas se apoderaron el miércoles.

El general Abdel Ghani al Asadi precisó a la AFP que en diez días los yihadistas mataron a una quincena de civiles mientras huían.

Safana, que como muchos desplazados rechaza dar su apellido, asegura que muchos civiles quedaron atrapados en casa durante los combates.

"La casa de nuestros vecinos fue alcanzada por un obús de mortero y los muros cayeron sobre ellos", recuerda. "Logramos sacar a dos personas heridas, pero las otras estaban muertas", añade su hermana Shaimaa.

- "En el cementerio" -

Entre las víctimas de los combates figura Rusud Sadam, una niña de diez años. "Mi hija estaba en el pasillo cuando un bombardeo alcanzó nuestra casa", relata su madre, desconsolada, mientras camina por una autopista en dirección al campo de desplazados. "Tengo el corazón roto. La dejé en el cementerio antes de venir aquí".

En el campo de Hamam al Alil, 4.000 tiendas de campaña acogen a los desplazados, de los cuales más de 14.000 ya se registraron, informa Nader Samir, administrador de los servicios de acogida.

Reconoce que el campo, gestionado por varias ONG con el respaldo de la ONU, no está todavía en condiciones de ofrecer todos los servicios básicos, principalmente los cuidados médicos. "No disponemos de estructuras y seguimos a la espera de una respuesta del Gobierno a nuestra solicitud de ayuda", explica Samir a AFP.

Asimismo, carece de electricidad por falta de fondos para financiar un generador y el suministro de combustible.

Aún así, los desplazados al menos tienen alimentos, distribuidos por la ONG Norwegian Refugee Council (NRC). Antes, según los testimonios, sobrevivían con apenas una sola comida al día.

"No teníamos casi nada para comer, y los combatientes de Dáesh [acrónimo en árabe que designa al grupo EI] venían a casa para llevarse lo que nos quedaba", relata Jaled Mohamed. "Tengo miedo por mis familiares que se quedaron allí. No sé si están muertos", añade este joven de 24 años.

Para Nader Samir, el responsable del campo, los civiles que llegan tienen hambre y sed y, sobre todo, están traumatizados. "Han sufrido física y psicológicamente por haber visto actos de tortura, ejecuciones y la muerte de cerca".

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AFP