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Una mujer deposita flores en honor a las víctimas del atentado la víspera en una estación de metro en San Petersburgo, el 4 de abril de 2017

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"Unos instantes antes de la explosión, iba a subirme a ese metro", comenta angustiada Ksenia Zachykhina, delante de la estación Sennáia Plóshad de San Petersburgo, donde una alfombra de flores y velas rinde homenaje a las víctimas del atentado.

"No sé por qué pero cambié de parecer y fui caminando. Cuando iba de camino me enteré de lo que había pasado. Me pasé todo el día pensando que podría haber sido yo", cuenta esta joven de 27 años, embargada por la emoción.

Al igual que ella, otros habitantes no daban crédito a lo ocurrido.

"Hubo una situación similar en Moscú, en Volgogrado, pero sonaba muy lejano", afirma Dimitri intentando abrirse paso hasta las flores depositadas cerca de la puerta de la estación. "Todos estamos amenazados", dice.

"Vivimos en un país bello, en una ciudad bella. ¿Cómo puede ocurrir algo así? No lo entiendo", se pregunta Arseni, con la mirada perdida.

Varios habitantes estallan de dolor. Una mujer grita que no tiene noticias de su hijo y maldice a los políticos. Su amiga la consuela y se la lleva lejos de la muchedumbre.

Durante un rato largo, Nikolai Kazatshenko, con los ojos enrojecidos de tanto llorar, repite a todo aquel que lo quiera escuchar cómo "Dios lo protegió". Un amigo suyo también iba en el metro y sobrevivió.

- Enojo -

De madrugada la ciudad se desperezó como cada día, con el barullo de los coches y de las bocinas en las avenidas.

Algunas personas se quejaban de la escasa afluencia frente a la estación y otras se alegraban de las muestras de solidaridad y de humanidad.

Bajo una fuerte presencia policial, el metro también volvió a la normalidad, pero todos tenían en mente el atentado de la víspera que se saldó con 14 muertos.

"Todo el mundo piensa en eso. Es desagradable, tengo miedo sobre todo por mis hijos", declara Svetlana Golubeva, de 45 años.

En la estación Instituto Tecnológico, donde debía llegar el metro atacado, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, hizo una ofrenda de rosas rojas.

Casi todos los atentados de los últimos años en territorio ruso fueron cometidos en el Cáucaso. Son inusuales en San Petersburgo, la ciudad natal de Putin.

Poco antes de la llegada del presidente, las fuerzas de seguridad invitaban a irse a los jóvenes que querían ayudar a retirar los escombros.

Nikolai, de 33 años, reconoce que se pasó parte de la noche bebiendo para ahogar sus penas. Echa pestes contra la policía.

Para él, los culpables están claros: que sea la organización Estado Islámico (EI), que llamó a atacar a Rusia, o no, la responsable es la "demasiada tolerancia" del presidente con los "islamistas".

"Estoy enfadado con nuestro país. Somos incapaces de protegernos de los terroristas", abunda su amigo Ilia, con un ramo en la mano.

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AFP