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El primer ministro serbio, Alexksandar Vucic, elegido presidente del país, en Belgrado el 2 de abril de 2017

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Aleksandar Vucic, primer ministro serbio elegido el domingo para la presidencia de su país, fue antaño colaborador de Slobodan Milosevic y un ferviente ultranacionalista, reconvertido ahora en proeuropeo.

Interlocutor apreciado en Occidente, este hombre alto y corpulento de 47 años tuvo vetada su entrada en territorio de la UE durante las guerras de los Balcanes.

"No habrá más vagabundeo, Serbia va hacia adelante. No escondemos nuestros intereses, no mentimos a nadie, mantenemos nuestra palabra y sabemos lo que queremos", resumió recientemente Vucic.

Esta declaración resume el estado de ánimo de sus compatriotas respecto a la Unión Europea: una elección que se debe más a la razón que al corazón.

Este abogado de formación se ha granjeado en Occidente una reputación de socio fiable, imponiéndose como un baluarte de estabilidad en una región convulsa.

- Crisis de los migrantes -

La acogida impregnada de humanidad ofrecida en 2015 a los cientos de miles de migrantes que atravesaron Serbia hacia Europa occidental también contribuyó a su imagen positiva.

Pero, al tiempo, el hasta ahora primer ministro también ha velado mucho por mantener las relaciones con Rusia, aliado histórico, rechazando categóricamente asociarse a las sanciones contra Moscú.

"Hemos salvado nuestro honor y probado nuestra amistad cuando los tiempos se han vuelto difíciles", dijo Vucic al presidente ruso, Vladimir Putin, con quien se reunió en Moscú unos días antes de los comicios.

Tras su rostro afable, sus detractores critican operaciones de relaciones públicas perfectamente armadas con la complicidad de los medios que él controla, según la oposición, principalmente gracias la televisión y varios tabloides que difunden regularmente violentas campañas contra sus adversarios.

La oposición denuncia también sin descanso una tendencia hacia el autoritarismo y al populismo. Según la analista política Jadranka Jelincic, Occidente "está dispuesto a cerrar los ojos" en aras de la estabilidad regional.

Un impresionante giro para quien entró en política en 1993 con el Partido Radical (SRS, ultraderecha), del que se convirtió rápidamente en uno de los responsables.

Próximo al orador de la "Gran Serbia" Vojislav Seselj, Vucic se construyó una reputación de duro entre los duros en 1998, cuando era ministro de Información de Milosevic. En ese momento, impuso a los medios unas multas draconianas de las que algunas cabeceras no se repusieron y reforzó la censura durante la guerra en Kosovo y los bombardeos de la OTAN.

Cuando en el 2000 Milosevic fue expulsado del poder, Vucic perdió su ministerio. Su retorno al Parlamento, en 2003, también se producirá bajo los colores del SRS, con el que se presentará en dos ocasiones -en vano- a la alcaldía de Belgrado.

- "He cambiado (...) estoy orgulloso" -

Durante años defendió a los líderes serbios de Bosnia acusados de atrocidades durante el conflicto de 1992-1995. "Si matan a un serbio, nosotros (mataremos) cien musulmanes", amenazó en julio de 1995, unos días después de la masacre de Srebrenica, donde 8.000 musulmanes fueron asesinados por las fuerzas serbias bosnias.

El cambio fue repentino. Para sorpresa general, junto a Tomislav Nikolic, el actual presidente serbio, abandonó en 2008 a los radicales y fundó el Partido Serbio del Progreso (SNS), conservador y proeuropeo. "No escondo que he cambiado (...) estoy orgulloso", explicó.

Su popularidad fue en aumento y el SNS ganó las legislativas de 2012. Aleksandar Vucic se convirtió en jefe del Gobierno en 2014.

Preconizando un acercamiento con la UE, la normalización de las relaciones con Kosovo o la defensa de la lucha contra la corrupción, Vucic se ha fabricado una imagen de trabajador infatigable.

Solo él sería capaz de atraer inversiones extranjeras o de poner en marcha "reformas dolorosas" para enderezar la economía, incluso si las privatizaciones prometidas al extranjero tardan en llegar.

Unas reformas que conducen a una disminución de las pensiones y de los salarios en el sector público, sin que su popularidad se resienta.

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