“¡Prohibido bañarse!”, cosa del pasado

Neuchâtel, 1964. Esta mujer obedece la consigna de no introducirse en el lago y se limita a darse un baño... de sol. Keystone

El olor era repugnante y los peces muertos flotaban sobre la superficie. ¿Nadar en el río…? ¡Ni pensarlo! Hasta los años 50, los desaguaderos iban a parar a los ríos y los lagos de Suiza. Hoy, casi todos los hogares están conectados a las plantas de tratamiento de aguas residuales. Sin embargo, surgen nuevos retos.

La limpieza de los riachuelos, los ríos y los lagos es ahora algo casi evidente en Suiza y el país es considerado ejemplar en cuanto a la calidad de sus aguas. Resulta difícil imaginar que en alguna época estuvo prohibido bañarse en lugares donde actualmente los niños chapotean en verano.

Hasta los años 60, apenas 15% de las viviendas estaban conectadas a una planta de depuración. Las aguas residuales eran vertidas directamente en los cursos de agua. Las de la industria y al artesanado eran derramadas en la naturaleza y sus substancias nocivas terminaban también en los ríos.

Michael Schärer, jefe de la Sección de Protección de las Aguas en la Oficina Federal del Medio Ambiente, narra que cuando era niño, en los años 70, podía ver en el lago las embarcaciones que recogían las algas. Anteriormente, en tiempos de sus padres, tragar un poco de agua durante una zambullida podía significar una diarrea, comenta a la radio suiza de expresión alemana, SRF. En muchos lugares, los señalamientos advertían a los bañistas que los riesgos por meterse al agua corrían por su cuenta.

Presiones de la población

La contaminación de las aguas era visible: montañas de espuma flotando, restos de papel del baño en las riberas, esteras de algas, peces muertos. Y también se podía oler.

En 1963, una epidemia de fiebre tifoidea se declaró en la zona turística de Zermatt con un saldo de tres muertos y más de 450 enfermos. La Confederación y los cantones comenzaron entonces a subvencionar la construcción de canalizaciones en las comunas para evacuar las aguas sucias.

Pero es la población suiza, cada vez más consciente de la importancia del medio ambiente, la que a menudo ha desempeñado un papel esencial en su protección. En 1967, una iniciativa popular “para la protección de las aguas contra la contaminación", exigió un cambio de rumbo. Y en 1971, la depuración fue finalmente introducida en la ley.

Resultado: en 2005, el 97% de los inmuebles en Suiza estaban conectados a una estación depuradora central. La red de canalización cubre actualmente 130 000 kilómetros y está enlazada a 800 estaciones.

Oficina Federal del Medio Ambiente
Oficina Federal del Medio Ambiente: 3 veces la circunferencia terrestre

Este éxito tuvo su precio. El desarrollo de la infraestructura – canalizaciones, plantas de tratamiento y otras obras de evacuación -costaron alrededor de 50 000 millones de francos, de los cuales 5,3 millones salieron de la Confederación bajo la forma de subvenciones. Las comunas recibieron los últimos diez millones este año.

¿Un éxito?

Los resultados están ahí y el agua que sale de las plantas de tratamiento está limpia. Michael Schärer habla de un “gran éxito”. Observa que es un privilegio particular poder nadar incluso en los centros urbanos. “Muchos turistas se sorprenden”. También es un “lujo increíble” poder beber agua potable directamente del grifo.


Depuradas sus aguas, los ríos y los lagos de Suiza ya no están vedados a los nadadores. Estos jóvenes disfrutan de las aguas del Río Aare en la ciudad de Thun. Keystone

Pero aún hay retos. Conocidos como microcontaminantes, los residuos de medicamentos o fitosanitarios, las hormonas u otros productos químicos no son filtrados por las actuales plantas depuradoras. Esos productos pueden, por ejemplo, generar daños en los órganos de los peces o hacerlos estériles.

Un programa nacional, que deberá concluir en 2040 y cuyo costo asciende a 40 000 millones de francos, incluye medidas suplementarias para suprimir esos microorganismos.

Impuestos y depuración

Los costos de depuración de las aguas están cubiertos por los impuestos basados en el principio de causalidad. Son recogidos por las comunas y las asociaciones intercomunales de eliminación de las aguas residuales y varían según la ubicación, de 20 a 70 francos por hogar de cuatro personas, dependiendo del servicio proporcionado.

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