El arriesgado negocio de la ayuda al desarrollo

Prácticamente en cualquier parte del mundo puede encontrarse una lata de Coca-Cola, por lo que algunos organismos de ayuda creen que la empresa es un buen socio para hacer llegar suministros médicos críticos a quienes más los necesitan. Keystone / Ed Wray

En su apoyo a los países más pobres del mundo, el Gobierno suizo quiere colaborar más con las grandes empresas. La experiencia de otros países muestra que debe ir con cuidado.

Este contenido fue publicado el 22 septiembre 2020 - 09:36

“La patata tiene que llegar a África”. Así es como un funcionario del Gobierno alemán avaló un proyecto de ayuda que hace varios años se puso en marcha con el objetivo de popularizar el cultivo de variedades europeas de patata (papa) en el África subsahariana. El proyecto levantó más de una sospecha. Los grupos de ayuda no gubernamental argumentaron que sembrar variedades europeas de patata hacía necesario cantidades ingentes de abono. Y estos pequeños productores -una vez enganchados a la patata- necesitarían un suministro constante de semillas y fertilizantes.    

Los observadores se preguntaban quién tenía más que ganar con el proyecto de ayuda pagado por los contribuyentes europeos, sus beneficiarios o las empresas agrícolas que proporcionaban formación, semillas, maquinaria, pesticidas y fertilizantes.  

Los responsables del Gobierno suizo se enfrentan a este mismo dilema cuando deciden cómo seguir adelante con su nueva estrategia de ayuda exterior. Son evidentes los beneficios de colaborar con las multinacionales: los gobiernos donantes se favorecen del dinero, las competencias, la tecnología y la escala de las empresas.

Pero los ejemplos que advierten de conductas equivocadas (como el proyecto de la patata) muestran, al mismo tiempo, que se debe actuar con cautela.

La iniciativa de la patata en África fue parte de la alianza alimentaria alemana lanzada en 2012 a bombo y platillo. Unas 30 empresas privadas sufragarían parte del presupuesto del proyecto y aportarían a los países más pobres sus conocimientos especializados y equipos para contribuir a mejorar la nutrición y los ingresos de los agricultores en los países en desarrollo.

Si bien es verdad que algunos proyectos siguen adelante, la colaboración parece haber sido archivada en silencio, después de recibir cantidad de críticas de ONG, que acusaron que esta iniciativa era un instrumento para abrir mercados a las empresas agroindustriales europeas.

“Si se quiere luchar contra la pobreza y el hambre hay que apoyar a los pobres y a los hambrientos, no ayudar a que las empresas agrícolas hagan negocios”, señaló la experta en seguridad alimentaria de Oxfam Alemania Marita Wiggerthale en una entrevista en la que criticó la colaboración.

Según algunos informes, el rendimiento de los agricultores aumentó, pero las pruebas también dejaron en evidencia que los agricultores, para obtener semillas y fertilizantes, dependían cada vez más de las multinacionales. Wiggerthale explica que, gracias a las sesiones de formación, en un proyecto en Kenia Bayer vendió a los pequeños agricultores más del 20% más de pesticidas. 

Cubriendo un vacío   

El debate sobre cuánto debe participar el sector privado en la ayuda al desarrollo existe desde hace décadas. Sin embargo, el escrutinio público de esos acuerdos se ha intensificado recientemente.  

Y es que, ante electorados cada vez más escépticos, los gobiernos han tenido que justificar los gastos de su ayuda internacional. Al recurrir a las multinacionales, pueden reducir el costo de la ayuda exterior y, al mismo tiempo, atribuirse el mérito de impulsar oportunidades para sus propias industrias nacionales.

Los dirigentes de las Naciones Unidas, el Banco Mundial y otras organizaciones internacionales también han recurrido al sector privado para compensar la escasez de fondos que aportan los Estados.

Contenido externo

“Casi todo el mundo trata de trabajar más con el sector privado, en parte porque se necesitan soluciones más sostenibles en vez de proyectos breves y puntuales. Cuando la ayuda se detiene, el sector privado puede mantener los proyectos en marcha”, según Melina Heinrich-Fernandes, que ha trabajado en el campo del desarrollo del sector privado durante más de diez años.

Heinrich-Fernandes es coordinadora adjunta del Comité de Donantes para el Desarrollo Empresarial (DCED, por sus siglas en inglés), un grupo de agencias financieras e intergubernamentales que comparte conocimiento sobre cómo operar con el sector privado de manera más eficaz. Heinrich-Fernandes cuenta que casi la totalidad de los 24 donantes con los que trabaja han hecho de la participación del sector privado una parte fundamental de su futura estrategia de ayuda.

Según ella, “los debates son menos sobre si hay que trabajar con el sector privado y más sobre cómo hacerlo de manera eficaz”.

También los suizos han hecho de esto una prioridad máxima en su estrategia 2021-2024 aprobada en febrero, que dice que el Gobierno quiere “aprovechar al máximo el potencial del sector privado”. La Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (COSUDE) ha indicado a swissinfo.ch que aumentará el número de colaboraciones y el volumen financiero de su cartera de proyectos con el sector privado, que actualmente se sitúa en torno al 5%.

Al mismo tiempo, las multinacionales que buscan nuevos focos de crecimiento se han apresurado a ampliar su presencia en los mercados de los países en desarrollo. Participar en proyectos de ayuda gubernamental no es tarea fácil para las multinacionales, ya que las agencias humanitarias ayudan a crear condiciones que facilitan la realización de negocios sobre todo en regiones políticamente inestables.

Ataduras

Sin embargo, en los últimos años, muchas ONG se han mostrado preocupadas por el auge de los proyectos y los vínculos cada vez más estrechos entre las agencias estatales de cooperación al desarrollo y las multinacionales. “Los gobiernos están subvencionando efectivamente al sector privado y desviando el escaso dinero para el desarrollo de los países y sectores que más lo necesitan”, comenta María José Romero, directora de políticas y promoción del grupo Eurodad, una red de ONG europeas con sede en Bruselas.

Romero apunta las cifras recientes que muestran que gran parte de la ayuda utilizada para atraer más fondos privados se destina a países de ingresos medios (como Brasil, Serbia y Turquía), que para las empresas son más atractivos que los países menos desarrollados. 

Romero también se muestra preocupada porque demasiada ayuda vinculada a los intereses comerciales de los países donantes corre el riesgo de descuidar las soluciones locales a las necesidades y refuerza la dependencia del mundo desarrollado. Eurodad ha descubierto que ahora se da más ayuda con la condición de que los grupos locales compren equipos o suministros del país donante.

En 2018, los donantes vincularon casi el 20% de la ayuda bilateral a proveedores de su propio país, frente al 15,4% del año anterior. Con cerca del 40% de la ayuda vinculada a sus proveedores nacionales, Estados Unidos supera este porcentaje con creces. 

“¿Por qué debería usarse la ayuda para auxiliar básicamente a que el sector privado se expanda en diferentes mercados?”, se pregunta Daniel Willis, gerente de políticas y campañas de Global Justice Now, una ONG británica centrada en el comercio internacional y la ayuda al desarrollo.

“Estoy totalmente a favor de creer que el sector privado, de alguna manera, podría desempeñar un papel positivo. Solo que el sector privado a menudo no quiere jugar realmente un papel positivo”, dice Willis.

Algunas agencias de cooperación internacional (como la de los Países Bajos) no se andan con chiquitas a la hora de tratar de abrir las puertas a sus empresas. En 2018, los Gobiernos holandés y etíope firmaron con Royal Philips un contrato de 40 millones de euros para que esta empresa holandesa de tecnología sanitaria construyera un hospital de cardiología en Adís Abeba.

En Gran Bretaña, el Gobierno ha enfurecido a los activistas por la evidencia de que los intereses económicos están impulsando su agenda de cooperación. El Gobierno ha defendido la medida como un uso más pragmático del dinero dedicado a la cooperación internacional.

Contenido externo

La Agencia Sueca de Cooperación Internacional para el Desarrollo (ASDI), por el contrario, se esfuerza por no vincular la ayuda al acceso preferencial a los mercados para las empresas suecas y casi siempre trabaja en el terreno con una ONG o una agencia de la ONU.

Una de las razones de este enfoque -según ha declarado a swissinfo.ch la subdirectora de Cooperación e Innovación de ASDI Maria Stridsman- es que “los valores que subyacen detrás de la ayuda son la solidaridad y la responsabilidad de los países ricos de trabajar por un mundo sostenible, no de promover el sector privado sueco”.

Lo que también preocupa a muchas ONG es la forma en que los donantes (incluidos los suizos) se están convirtiendo en bancos con instrumentos financieros (como garantías), trasladando a las arcas públicas parte del riesgo de entrada en el mercado de las empresas. Con esto se corre el riesgo de empujar a los países receptores a endeudarse aún más cuando los proyectos fracasan, dice Romero.

Aunque no hay consenso sobre cómo hacer un seguimiento del dinero de la ayuda gastado a través de canales privados, algunas cifras revelan que los acuerdos de financiación mixta en los que se utiliza dinero público para atraer capital privado pasaron de unos 70 en 2007 a más de 500 en 2018.

El cambio desde dentro

Los donantes están tratando de contrarrestar algunas de las críticas siendo más selectivos respecto a las empresas con las que trabajan, excluyendo de la lista de posibles socios a sectores como el tabaco o la fabricación de armas. Sin embargo, los donantes todavía pueden seguir involucrándose en negocios desagradables.

Los vínculos del Gobierno suizo con Nestlé también han despertado la ira por sus años de comercialización agresiva de fórmulas infantiles y la presión sobre las fuentes de agua locales. Nestlé es una de las 30 empresas que participan en la Plataforma suiza del Cacao (puesta en marcha con 9 millones de francos del Gobierno suizo), que quiere ayudar a que Suiza importe todo su cacao de fuentes sostenibles. 

Heinrich-Fernandes, del Comité de Donantes para el Desarrollo Empresarial, dice a swissinfo.ch que las agencias de ayuda al desarrollo han estado trabajando en directrices para asegurar que los socios corporativos mantienen los estándares de un negocio responsable. Pero señala que es todo un desafío con cadenas de suministro globales tan complejas.

“Ninguna organización, incluyendo las empresas, es perfecta. ¿Deberían los donantes abstenerse de comprometerse con ellas? ¿O deberían trabajar con ellas y ayudarles a mejorar?, cuestiona.

Los donantes como ASDI (sueca) argumentan que esta es precisamente una de las razones por las que hay que trabajar con las empresas: para ayudar a que cambien sus prácticas y hacerles ver que son importantes cuestiones como la igualdad de género y el acceso al agua potable.   

Sin embargo, Willis, de Global Justice Now, no está convencido. “Creo que se reduce a la cuestión de para qué se cree que es la ayuda al desarrollo. Argumentaríamos que en primer lugar debería abordar la desigualdad y proporcionar educación y atención sanitaria gratuita”, manifiesta a swissinfo.ch.

“El sector privado no es muy bueno haciendo esas cosas de manera justa e inclusiva”, declara Willis.

Traducción del inglés: Lupe Calvo

Compartir este artículo