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Desplazados del barrio Rifai de Mosul abandonan sus casas a medida que las tropas iraquíes avanzan, el 15 de mayo de 2017

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Miedo, hambre, y huida: los refugiados llegan por miles cada día al campo de Hamam al Alil, atormentados por el infierno de la ciudad iraquí de Mosul, los combates y el terror sembrado por los yihadistas del grupo Estado Islámico (EI).

A la entrada del campo, el más cercano de Mosul, situado a unos treinta kilómetros de la segunda ciudad de Irak, llegan a bordo de autobuses y camiones, entre el alivio y el cansancio.

"Me siento en seguridad aquí", confiesa Shams Hasan, una mujer de unos 40 años, cuyo rostro cansado le hace aparentar diez más.

Hasan llegó el viernes con 16 miembros de su familia, y encontraron a otros allegados que les acogieron bajo sus tiendas. "Creí que nunca saldría viva" de la ciudad, suspira, con un rosario entre los dedos.

Originaria del barrio de Al Faruk, en la ciudad vieja de Mosul, ella y su familia fueron desplazados de barrio en barrio por los combatientes del EI ante el avance de las fuerzas iraquíes.

"Querían que estuviéramos siempre delante de ellos para hacer de escudos. Venían y nos decían que cambiáramos de casa (...) Nos encontrábamos constantemente entre los bombardeos y los coches bomba. Nos bombardearon con morteros, la metralla me hirió, la casa se vino abajo", cuenta.

Ella y su familia no tenían más opción que obedecer, con el miedo aferrado al estómago. "Los que intentaban huir eran ejecutados en la calle, y sus cuerpos colgados en postes", explica, con los labios trémulos.

Junto a ella, su madre asiente con la cabeza, mirando al vacío. "Dáesh (acrónimo árabe del EI) nos quitaba nuestra comida, llegaban con sus armas y tomaban también nuestra ropa", relata.

En medio de las ruinas y los combates sobrevivir es un reto permanente. "La botella de aceite costaba 50.000 dinares (40 euros), la conserva de tomates también. La harina cuesta 5.000 dinares el kilo (4 euros), la comimos y nos pusimos todos enfermos", explica Shams Hasan.

"Los niños no se duchan desde hace dos meses, tienen piojos", añade.

Finalmente, huyeron gracias al ejército iraquí, a través de agujeros que los beligerantes perforan en los tabiques de las casas para evitar moverse al descubierto por las calles.

"Caminamos sobre cristales rotos, trozos de cemento, no teníamos zapatos. Mi hijo me llevó a la espalda porque no puedo andar".

- 'Comimos hierba' -

Ahmed Yunes Daud, de 72 años, se escapó por las canalizaciones de agua. "Desde hace cinco días, salía por la noche para observar, para ver cómo estaban las calles", cuenta.

Junto a un grupo compuesto de muchas mujeres, este hombre grande y enflaquecido -pasó de 95 kg a 70- dio el gran paso la noche del sábado al domingo, bajo el fuego de los francotiradores.

Pero "la gente que llega aquí no tiene tiendas, ni cama, ni agua, ni comida", explica.

Un hombre grita desesperado. "¡Huimos de la muerte y nos encontramos frente a la muerte aquí! ¡Llevadnos a casa! ¡La muerte allí es mejor que quedarse aquí! ¡Comíamos la misma hierba que las vacas pero al menos estábamos en nuestras casas!", lanza con una potente voz, provocando una aglomeración.

La afluencia constante de refugiados aumentó en estos últimos días, con el avance de las fuerzas iraquíes en el noroeste de la ciudad. El jueves se registraron entre 17.500 y 20.000 llegadas, según las estimaciones de responsables iraquíes y de asociaciones humanitarias, frente a los 2.000 y 3.000 habituales.

Hamam al Alil alberga actualmente a 53.000 personas, y otros 15.000 desplazados se encuentran en la ciudad vecina, según el supervisor del campo, Jalaf al Jaburi, que reconoce una afluencia reciente "fuerte e inesperada".

Bajo un sol abrasador, los autobuses y los camiones desfilan en la zona de tránsito, descargando un torrente casi ininterrumpido de refugiados, con sus delgadas maletas en brazos.

Lyas, de diez años, desciende de un autobús. Este pequeño solo trae consigo una cosa: una jaula con tres palomas, que protege cuidadosamente bajo una sábana. "Son mis palomas, las amo", afirma.

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