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Punto de vista


Más y mejor democracia directa en Colombia



Por Alicia Lissidini




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Por Alicia Lissidini

El rechazo al plebiscito por la paz que propuso el presidente colombiano ha generado un debate sobre la consulta popular (referéndum o plebiscito, según las constituciones) como un mecanismo para dirimir diferencias.

La victoria del no expuso las debilidades, limitaciones y peligros que conlleva la utilización de la consulta popular como mecanismo para legitimar decisiones del Poder Ejecutivo. Ante los hechos consumados, medios locales e internacionales se apuraron en resaltar que el presidente no tenía una obligación jurídica de someter el acuerdo a una votación popular vinculante.

Esto, sumado al otorgamiento del Nobel de Paz a Juan Manuel Santos, que redime y exculpa la actuación del gobierno colombiano, se presta a lecturas simplistas. Parecería que el instrumento elegido –el referéndum popular, y por extensión la democracia directa–, serían responsables del fracaso en la legitimación de acuerdo de paz colombiano.

Ya demasiadas víctimas tuvo el conflicto colombiano como para sumar a la lista la consulta popular. El ejercicio de la democracia directa tiene muchas virtudes si es bien utilizada. Al igual que la democracia representativa, no siempre produce los resultados esperados ni hace elegir a los líderes más democráticos.

Si la democracia representativa puede sobrevivir a triunfos electorales de presidentes que devienen autoritarios, la democracia directa tendrá vida más allá del no colombiano.

Los defectos de la democracia se solucionan o se enmiendan con más democracia. En el caso del plebiscito colombiano no falló el mecanismo, sino su aplicación. El Ejecutivo colombiano cometió tres errores que decidieron la suerte de la votación.

Primero, el presidente, con su índice de popularidad en picada, intentó usar el plebiscito para reposicionarse políticamente. La democracia directa surgió como un mecanismo para redistribuir poder, otorgándole la iniciativa a los ciudadanos para proponer leyes y eventualmente también para vetarlas.

Ese es el uso que tiene la democracia directa en lugares como Suiza o más cercanos, como Uruguay. Un presidente –con todos los poderes que ya cuenta– no debería utilizar una herramienta popular para legitimar una decisión tomada en un acuerdo acotado ¿No es acaso una forma encubierta de reforzar su liderazgo y el hiperpresidencialismo? Las constituciones deberían revisar este punto y limitar el uso de este mecanismo por parte de los Poderes Ejecutivos a situaciones muy específicas.

Segundo, la pregunta fue absolutamente tendenciosa. Los países con larga tradición en democracia directa, ponen especial énfasis en la manera en que se formula una consulta popular. La pregunta debe ser clara y concisa, requisito que en el plebiscito colombiano se cumplió. Pero además no debe ser sesgada.

En Escocia se le preguntó a los ciudadanos en 2014 “¿debería Escocia ser un país independiente?, sin adjetivos ni juicios de valor. En Colombia, la consulta fue “¿apoya una paz estable y duradera?”, lo cual da a entender que la única paz posible es la que propone Santos y que los votantes del no prefieren la guerra, premisas que el electorado claramente no aprobó.

Tercero, no hubo ni por asomo suficiente transparencia ni debate previo. Para que la democracia directa funcione deben abrirse espacios de deliberación pública para que se presenten ambas posturas y se confronten. La construcción de una opinión sobre un tema requiere de reflexión y debate. 

Por eso las encuestas no siempre son buenas formas de conocer las posturas ideológicas de las personas, sobre todo cuando son temas sobre los cuales no hay un debate público. En el caso colombiano, se apuraron los tiempos y faltó debate previo. La sospecha de que no todo lo acordado era explícito y puesto en el escrito, le quitó credibilidad.

Los objetivos de la democracia directa son ampliar la agenda política, aumentar la deliberación y generar mayor involucramiento ciudadano en los asuntos públicos, no legitimar decisiones cupulares.

En definitiva, para que la democracia directa funcione, al igual que la democracia representativa, se deben dar varias condiciones: deliberación, debate público, transparencia y participación.

En el caso colombiano, una mayoría ajustada votó en contra del acuerdo alcanzado. El resultado obliga a retomar los debates, a escuchar otras voces y a promover un acuerdo más amplio. Dado el camino iniciado, deberá volverse a llamar a la ciudadanía para refrendar un nuevo proceso de pacificación.

Este artículo se publicó originalmente en la edición en portugués de Clarín.

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