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El Líbano, un país sofocado por la depresión, la ansiedad y los traumas

Una excavadora delante de un edificio
Dahieh, considerado un bastión de Hezbolá, fue duramente atacado durante la última guerra. Houssam Shbaro / AFP

Las múltiples crisis de los últimos años han dejado profundas secuelas psicológicas en la población libanesa. Muchas personas deben hacer frente a esta situación sin ningún tipo de ayuda.

El Líbano vive tiempos difíciles desde 2019. Una suma de factores ha llevado a su población al límite de su resistencia: un colapso económico, una crisis política que parece no tener fin, los estragos de la pandemia de COVID, la explosión del puerto de Beirut y la guerra con Israel. Tan solo el conflicto entre Israel y HezboláEnlace externo ha arrojado un saldo de 4.000 personas muertas, 17.000 heridas, y ha desplazado a un millón de personas.

Todos estos golpes han tenido un grave impacto psicológico en la población libanesa. Un estudioEnlace externo realizado a principios de 2025 concluyó que el país atraviesa una grave crisis de salud mental. La depresión, la ansiedad y el síndrome del estrés postraumático están presentes todo el tiempo en la mitad de la población. Y estos eventos traumáticos no son cosa del pasado.

Aunque la situación del Líbano se estabilizó relativamente durante los últimos meses del 2025, gracias a una relativa recuperación económica, la seguridad aún era precaria a mediados de diciembre y las intervenciones de Israel en tierra libanesa son un problema constante.

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Personas con chalecos azules observan un paisaje, un coche blanco a su lado

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Guerra y paz

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Más problemas y menos dinero

Muchas de las heridas psicológicas de la población libanesa vienen de lejos. La guerra civil concluyó en 1990. Sin embargo, luego de 15 años de enfrentamientos, solo se logró una amnistía general que evitó enjuiciamientos, pero no supuso una reconciliación nacional. La presencia de la comunidad refugiada de origen palestino, así como la de origen sirio que huyó de la guerra civil, han agravado los retos psicosociales libaneses.

El sistema de salud pública carece de los fondos suficientes para atender los desafíos que enfrenta. Muchos libaneses dependen del apoyo de las organizaciones humanitarias que ahora encaran serios problemas de financiación, ya que los fondos que llegaban de países occidentales para proyectos de desarrollo y ayuda humanitaria se han visto mermados.

Suiza tiene presencia en el Líbano ofreciendo distintos tipos de ayuda. La agencia suiza de desarrollo (COSUDE) y un número importante de oenegés trabajan en territorio libanés. Adicionalmente, la embajada suiza en Beirut es la responsable de las relaciones diplomáticas con Siria.

Los proyectos que se mencionan en este artículo son encabezados por una organización local llamada Amel InternationalEnlace externo, que es un brazo operativo de CaritasEnlace externo y de Terre des hommes.Enlace externo

Del 13 al 20 de diciembre, la organización benéfica Chaîne du BonheurEnlace externo organizó una semana de la solidaridad llamada “De corazón a corazón”. Los fondos colectados vía donaciones se destinan a proyectos para proteger a la niñez de la violencia y los abusos, como los que se describen en este reportaje.

La Chaîne du Bonheur es una fundación que se dedica a recibir donaciones que canaliza posteriormente a las poblaciones necesitadas. Es también la filial humanitaria de la SSR, a la que pertenece Swissinfo.

Las oenegés se han visto obligadas a adaptar enfoques muy amplios debido a que la salud mental, la pobreza, el exilio y las adicciones están estrechamente relacionados. No es posible tratar cada problema de forma aislada. Una visita al centro de salud de la oenegé Amel, ubicado en Dahieh, uno de los suburbios más pobres de Beirut, y los testimonios recibidos en ese sitio, dan cuenta de los enormes retos que enfrentan.

Los estragos de la guerra civil libanesa

Souad Dib Alauch se encuentra en la planta baja del centro de salud en espera de ser atendida. Tiene 82 años y desde hace tiempo experimenta una inflamación constante en el tobillo. Para obtener un diagnóstico preciso requiere una resonancia magnética. Pero este estudio tiene un costo equivalente a 16 dólares estadounidenses en el hospital público y es un gasto que no puede permitirse. «Me pidieron que rezara para que algo sucediera», dice con frialdad la mujer chiita.

Una anciana
Souad Dib Alauch no puede permitirse ir a un hospital público. SWI swissinfo.ch / Giannis Mavris

Souad Dib Alauch quedó viuda durante la guerra civil. Su marido, que era taxista, fue secuestrado, torturado y asesinado en un puesto de control por milicianos cristianos. Las personas que lo asesinaron depositaron su cuerpo decapitado en el maletero de su propio coche y luego dejaron el vehículo justo frente a la casa familiar de su víctima. Años más tarde, el hijo mayor de Souad Dib Alauch murió durante un ataque del ejército libanés en su propio suburbio. «Sé perfectamente quienes mataron a mi esposo y a mi hijo», dice.

¿Cuáles son los medios de subsistencia de la entrevistada? «Lo que Dios me dé», responde. Su segundo hijo, quien fuera su apoyo constante, falleció durante la pandemia. Y su hijo menor es demasiado pobre para ayudarla. Así que Souad Dib Alauch vive sin agua y sin electricidad.

Antes de despedirnos, destaca lo siguiente: «He pasado mi vida entera limpiado suelos y escaleras de casas ajenas. Gracias a ello pude criar sola a mis hijos. Estoy orgullosa de ello», asegura. Un discurso personal que demuestra lo que es la resiliencia.

Los problemas llegan hasta Siria

Rouhaya Farouk Al Omar, de origen sirio, aguarda en la segunda planta del centro de salud. Porta un nicab y se niega a que le tomemos fotografías, pero está dispuesta a hablar. Visiblemente traumatizada, necesita compartir su sufrimiento.

En agosto del 2025, esta mujer veinteañera huyó de Siria con su esposo y su pequeño de un año. Su pueblo, al norte de Siria, había sido sitiado por la fuerzas kurdas de la región autónoma de Rojava. «Carecíamos de agua y de electricidad. Todo era muy difícil», narra. Unas personas les ayudaron a cruzar la frontera libanesa, pero ahí les despojaron de todo, incluso de la ropa que llevaban. A partir de entonces, la joven familia vive en la pobreza con el hermano de ella y su familia, compartiendo un apartamento de una sola habitación en el sur de Beirut.

Su marido es jornalero y no gana lo suficiente para sufragar los gastos de su familia. No reciben ninguna ayuda del Estado. Rouhaya se siente desesperada: «Pagamos 200 dólares de alquiler, no hay agua ni electricidad. Pero no tenemos dinero. Si las cosas no cambian, pronto terminaremos en la calle».

La pobreza y la falta de oportunidades en el panorama generan una presión psicológica constante en la joven siria, quien ya padecía el síndrome de estrés postraumático antes de exiliarse. Su hija de cinco años fue herida durante el terremoto que causó miles de víctimas en Siria y Turquía en 2023. Ante la falta de recursos para atenderla médicamente, la niña falleció como resultado de sus heridas. «Desde su muerte, ya no veo la luz», explica Rouhaya Farouk Al Omar.

La atención en el centro de salud

Waafaa Allaw confirma lo que es evidente: «Estamos en una situación mala». La enfermera titulada lleva siete años trabajando en el centro de salud Amel, al sur de Beirut. Un lugar que es el primer punto de contacto para muchas personas, y desde el cual son derivadas después a otros especialistas.

Una enfermera
Waafaa Allaw d’Amel. SWI swissinfo.ch / Giannis Mavris

«Las tareas psicosociales se han multiplicado durante los últimos años», señala Waafaa Allaw. El objetivo más frecuente es estabilizar a las personas en crisis traumática o que padecen enfermedades crónicas». También es común atender a personas mayores que han perdido a muchos miembros de su familia durante los conflictos y no tienen ninguna red de apoyo.

Israel ha bombardeado masivamente el sur de Beirut, que es bien conocido por ser un bastión de Hezbolá.

Esto explica que además de la atención médica ordinaria, el centro de Amel también ofrezca programas educativos para la niñez y consultas para las mujeres y familias, además el apoyo de trabajo social. «Es especialmente inquietante ver cómo se ha expandido el abanico de personas que acuden a nuestro centro», refiere Waafaa Allaw. Y en su opinión, no hay duda de que «urge una respuesta política a la crisis».

Texto original revisado por Benjamin von Wyl. Adaptado del francés por Andrea Ornelas. Versión en español revisada por Carla Wolff.

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