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Innovación justa: lo que puede aprender el Silicon Valley de Suiza

illustrazione, Silicon Valley
A pesar de que Silicon Valley alberga numerosas start-ups (empresas emergentes) valoradas en más de mil millones de dólares y tres de las cinco mayores empresas tecnológicas del mundo, uno de cada cuatro residentes vive por debajo del umbral de la pobreza. illustration: Helen james / SWI swissinfo.ch

Una visita al Silicon Valley, sede de las grandes tecnológicas del mundo, revela el fuerte contraste entre innovación desenfrenada y creciente desigualdad social. ¿Puede ofrecer soluciones el ejemplo de Suiza?

Basta con dirigir la mirada a través de la ventanilla del tren hacia el exterior para observar cómo se materializa el éxito y la riqueza en el Silicon Valley: casas monótonas pero modernas con jardines cuidados y piscinas exteriores. Cerca de Palo Alto, donde tuvo su comienzo la revolución de los microchips y los ordenadores, aparecen ante mis ojos coches de la marca Tesla con los vidrios polarizados y jóvenes con ropa elegante que se desplazan a toda velocidad con sus escúteres eléctricos.

Hoy, este valle no solo se caracteriza por la profusión de “unicornios”, es decir, empresas emergentes valoradas en más de mil millones de dólares, sino que también es la sede de tres de las cinco principales empresas tecnológicas del mundo: Alphabet (propietaria de Google), Apple y Meta (propietaria de Facebook). Sin embargo, no todo el mundo se beneficia de la riqueza que generan esta clase de empresas. 

El Silicon Valley y Suiza son considerados como dos de las regiones más innovadoras del mundo. ¿Por qué es así? ¿Qué les une y qué les separa? ¿Qué pueden aprender unos de otros? En esta serie nos dedicamos al Silicon Valley y les contamos su historia desde la perspectiva de suizos y suizas que han conocido y vivido de cerca sus tentaciones, promesas y contrastes. 

Varias caravanas se encuentran estacionadas a lo largo de la carretera bien mantenida que rodea la Universidad de Stanford, una de las más ricas y caras del mundo. Al atardecer, enteras familias, que no pueden permitirse los prohibitivos alquileres del valle, vuelven a sus casas sobre ruedas. Algunos de los campistas se ganan la vida vendiendo comida en el campus, otros trabajan como fontaneros o empleadas en una de las empresas tecnológicas. Muchas de estas personas emigraron a Estados Unidos y no se parecen en nada a Mark Zuckerberg o Steve Jobs.

“Es una idea equivocada pensar que solo los Zuckerberg representan el Silicon Valley. Nosotros nos dedicamos justamente a combatir este tipo de obcecación”, me cuenta Fred Turner en su despacho del departamento de comunicación situado en el cuarto piso de la Universidad de Stanford. Es gracias a estos trabajadores y trabajadoras que el imperio de las grandes tecnológicas está en pie y funciona día tras día.

Fred Turner, profesor de comunicación de la universidad de Stanford
“El sueño de las empresas al servicio de la humanidad se ha convertido en una pesadilla y Suiza no debería perseguirlo”, afirma Fred Turner, profesor de comunicación de la Universidad de Stanford. Sara Ibrahim / SWI swissinfo.ch

Uno de cada cuatro habitantes vive por debajo del umbral de pobreza

Desde hace décadas, el experiodista Turner se dedica a investigar el impacto de las nuevas tecnologías mediáticas sobre la cultura estadounidense. En su despacho algo retro, que recuerda el estilo setentero, se amontan los libros incluso en el suelo. Echo un vistazo y descubro títulos como “De la humanidad en tiempos funestos” de Hannah Arendt o “La religión de la tecnología” de David Noble.  

Turner es una de las voces que denuncian con vehemencia las injusticias que sufren las personas que viven y trabajan en el Silicon Valley. En 2018, el profesor y la fotógrafa Mary Beth Meehan retrataron a algunas de estas personas en el libro “Seeing Silicon Valley: Life inside a Fraying America”Enlace externo.

De media, los trabajadores y trabajadoras sin formación superior ganan 33.000 dólares al año, al menos tres veces menosEnlace externo que aquellos con títulos universitarios. Y la brecha sigueEnlace externo ampliándose: en 2021, el 23 % de los residentes vivían por debajo del umbral de pobreza, el 3 % más que en 2019, según el Índice Silicon ValleyEnlace externo.

A pesar de ello, muchos países, entre ellos Suiza, persiguen el típico “sueño de Silicon Valley” de la innovación disruptiva y la rápida acumulación de capital. De este modo, la pequeña nación alpina, considerada como una de las regiones más innovadoras del mundo y el “Silicon Valley de la robótica”, ha tratado de convertirse en un centro de criptomonedas y de empresas emergentes a escala internacional. Pero según Turner, Suiza no puede aprender mucho del Silicon Valley.

Es más, el profesor de Stanford considera que es justo al contrario: Suiza podría enseñar al polo de innovación californiano algo sobre cómo integrar a las grandes tecnológicas en la sociedad sin causar desigualdades económicas tan insalvables en la población y sirviéndose de un modelo de innovación responsable y apoyado en instituciones democráticas.

La explotación como clave del éxito del Silicon Valley 

Desde el siglo XIX, el desarrollo de las tecnologías disruptivas se ha producido a expensas de miles de vidas humanas: las primeras víctimas fueron las poblaciones indígenas, privadas de sus territorios y reducidas a la esclavitud, y luego, la mano de obra extranjera, sobre todo china y mexicana. Sobre estas premisas se abrió camino una élite blanca, cuyo racismo y desprecio por las reglas del mercado fueron la clave de su éxito. Ya en aquella época, la mentalidad que se estaba extendiendo en la región sugería que si uno conseguía ser rico y tener una casa grande era por tener méritos y talento para ello, escribe el periodista Malcom Harry en su libro “Palo Alto: Historia de California, del capitalismo y del mundo”Enlace externo.

Hay que esperar al final de la Segunda Guerra Mundial y de la Guerra Fría para ver cómo el valle se transforma en una región que se coloca en la vanguardia del desarrollo, tal y como la conocemos hoy, gracias a la colaboración productiva entre la Universidad de Standford, las empresas fabricantes de semiconductores y los centros de investigación militar. Es la época en la que los microchips de silicona pasan de los misiles a los ordenadores. A partir de los años sesenta, jipis y tecnólogos promovieron una visión nueva de la máquina como herramienta para potenciar el individuo y servir al bien común.

Al mismo tiempo, los magnates modernos del Silicon Valley empezaron a hablar de “empoderar a las personas” y de “construir una comunidad”, a la vez que impulsaron un modelo de negocios sin reglas. Mientras tanto, se empobreció la gente humilde y los ricos se hicieron cada vez más ricos. “El sueño de crear empresas al servicio de la humanidad se ha convertido en una pesadilla y Suiza no debería aspirar a este sueño”, afirma Turner.

Más tecnología significa más pobreza y más precariedad 

También la artista e investigadora Şerife Wong sostiene que el imaginario popular de los genios visionarios que cambian el mundo desde sus garajes es un espejismo. “Estamos idealizando el mito del inventor, el sueño americano del hombre que desde la nada se hace extremadamente rico y cambia el mundo a mejor, pero ¿mejor para quién”, se pregunta Wong, quien como investigadora afiliada de la Universidad de Berkeley se dedica al estudio de las implicaciones sociales de las tecnologías emergentes.

Me encuentro con Wong en la terraza de un café en San Francisco, no muy lejos de Chinatown, el día después de la entrevista con Turner en Stanford. Durante nuestra conversación, una mujer sin hogar se siente a una mesa cercana y empieza a quitarse la ropa de encima hasta quedarse casi desnuda. Justo en este instante, un automóvil blanco y anaranjado sin conductor frena suavemente delante de un cruce para dejar pasar a los peatones. San Francisco ha sido una de las primeras ciudades del mundo en autorizar la puesta en circulación, a modo de prueba, de vehículos autónomos y robots de reparto. ¿Y qué ha ganado con esto la gente? “Se ha hecho más pobre y su trabajo es más precario”, concluye Wong. La artista alude al ejemplo de los innumerables chóferes sin seguro médico que dependen de los algoritmos poco transparentes de Uber y que tienen que hacer un esfuerzo enorme para llegar a fin de mes. La pobreza afecta sobre todo a las familias afroamericanas y latinas.

Serife Wong, investigadora San Francisco
La artista e investigadora Şerife Wong, de ascendencia turco-hawaiana, sabe lo duro que puede ser vivir en una sociedad donde el capital es fuerte y el Estado del bienestar débil: cada día hay que dar gracias por poder llegar a fin de mes. Sara Ibrahim / SWI swissinfo.ch

Suiza destaca por su elevado nivel de innovación y su menor grado de desigualdad

En este sentido, los europeos tienen algunas enseñanzas que ofrecer a sus amigos estadounidenses. Francia o Alemania, socios clave de la Unión Europea, podrían convertirse en países modélicos con sistemas sociales fuertes y reglas comunes capaces de acomodar la tecnología al servicio de la democracia y no al revés, sostiene Turner.

El profesor de Stanford cree que también Suiza, con su geografía única y sus instituciones descentralizadas pero muy democráticas, podría servir de modelo. El país alpino invierte mucho en educación (16 %Enlace externo frente al 10 %Enlace externo de Estados Unidos), y también sus universidades de renombre mundial reciben financiación del Estado y son accesibles para todas las capas sociales. “Un país con un elevado grado de innovación y un bajo nivel de desigualdad como Suiza tiene poco que aprender del Silicon Valley”, recalca Turner. Efectivamente, en los últimos trece años, Suiza ha encabezado, de forma consecutiva, la clasificación del Índice de innovación global. Además, es uno de los países más igualitarios del mundo en términos de distribución de los ingresos, aunque la riqueza sigue concentrándose en manos de pocas personas.

Contenido externo

Al igual que el Silicon Valley, también la ciudad de Zúrich es sede de grandes empresas tecnológicas y tiene uno de los PIB per cápita más elevados del mundo. Aun así, un 7 % de la poblaciónEnlace externo urbana puede ser definida como pobre, lo cual representa, no obstante, la tasa más baja de todo el país.

Caspar Hirschi, profesor de Historia de la Ciencia y de la Innovación en la Universidad de San Galo, comparte la opinión de que Suiza no debería imitar al Silicon Valley. No obstante, reconoce los límites del sistema helvético, que se caracteriza por el dominio de pocas grandes empresas que acumulan mucho poder, tanto político como social. “Ningún sistema económico es democrático”, afirma Hirschi en un mensaje transmitido vía correspondencia electrónica.

Según Hirschi, la diferencia es que los emprendedores suizos son más discretos y menos egómanos que sus homólogos del Silicon Valley. Valoran la estabilidad y, por tanto, no deslegitiman la democracia. Además, la prevalencia de las reglas del mercado y del Estado social las obliga a contribuir al interés general.

la catedral de Stanford
La Stanford Memorial Church fue construida por Jane Stanford en memoria de su marido Leland. Juntos fundaron la universidad en 1885. La iglesia ha sido denominada “la joya arquitectónica de la universidad”. Sara Ibrahim / SWI swissinfo.ch

Enseñanzas suizas para el Silicon Valley 

Turner está convencido de que los fundamentos democráticos de Suiza le permitirán promover la innovación sin caer en la misma trampa que el Silicon Valley. También en este aspecto reconoce que su país puede aprender de Suiza. “En 1945, Estados Unidos trajo la democracia a su continente. Es hora de que nos devolváis el favor”, asevera.

Mientras tanto, nuestra conversación se aproxima a su fin. “Quiero mostrarle una cosa”, me dice Turner. Después de salir de su despacho, nos dirigimos a la catedral de Stanford que Jane Stanford hizo construir en memoria de su marido Leland. En 1885 fundaron juntos la universidad que se construyó en un área donde había una granja y una finca. Nadie se pudo imaginar entonces que este terreno abandonado se convertiría algún día en un símbolo de la innovación y que cambaría tan profundamente este mundo.

Texto adaptado del italiano por Antonio Suárez Varela

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