Contribución de mercenarios suizos al colonialismo

Fuerte Willem en Java al que llegaron muchos mercenarios suizos (litografía basada en un dibujo original de F.C. Wilsen, 1849). Tropenmuseum, Netherlands


Este contenido fue publicado el 29 junio 2020 - 11:00
swissinfo.ch

En el siglo XIX, jóvenes suizos de origen modesto ayudaron en el trabajo sucio de las fuerzas coloniales en Asia y África. Aunque el papel de los mercenarios suizos en Europa es bien conocido, el hallazgo de documentos inéditos permite conocer más sobre su participación en otras latitudes.

Después de una dura jornada de trabajo en una granja, Thomas Suter (nombre ficticio), un joven de 19 años de un pueblo del Emmental, se dispone a beber algo en la taberna. La gente murmura. Todos hablan de Jürg Keller, quien abandonó el pueblo vecino el año anterior para incorporarse al Real Ejército de las Indias Orientales Neerlandesas o KNIL (Koninklijk Nederlandsch-Indisch Leger).

Keller había enviado recientemente a su familia una carta desde Lombok, en las Indias Orientales Neerlandesas, actual Indonesia, en la que se quejaba del calor, la comida y de los nativos. Lo que él describía como una situación penosa, sonaba a exótico y apasionante para aquellos que habían escuchado el contenido de la carta en la taberna del Emmental. Estaban acostumbrados a una vida sencilla y monótona con labores de campo y pastoreo. Algunos jóvenes deseaban en secreto imitar a Keller y abandonar el aburrido valle para huir de la previsibilidad de sus vidas y convertirse en mercenarios en los países del Trópico.

Todo lo que necesitaban era esperar a un reclutador, cuya actividad estaba prohibida, pues las autoridades federales no tenían interés en que los suizos se pusieran al servicio de potencias extranjeras. No obstante, los enganchadores hacían con regularidad sus rondas en el valle.

Los jóvenes captados eran trasladados a lo largo del Rin a Harderwijk en los Países Bajos, donde se encontraba la oficina de reclutamiento del KNIL. En Harderwijk podían pasar la noche en el Hotel Helvetia o en el Café Suisse, regentados por antiguos mercenarios suizos que a cambio de una comisión les ayudaban con el despacho de los trámites de reclutamiento.

Después, los reclutas viajaban en barco a las Indias Orientales, donde permanecían al menos seis años. “Veían en las colonias una oportunidad para ascender en la escala social y vivir el sueño de una vida burguesa”, explica Philipp Krauer, investigador de Historia del Mundo Moderno en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich (EPFZ).

Retrato del recluta suizo Josef Arnold Egloff en Harderwijk, Países Bajos, sede del centro neerlandés del ejército colonial (1889). Courtesy Egloff family

Cajas llenas de documentos

A las manos de Krauer y de sus colegas llegaron recientemente en los Archivos Federales 20 cajas con documentos hasta ahora inéditos sobre la vida de los mercenarios en el ejército colonial neerlandés. Mientras el papel de los mercenarios suizos en Europa es un tema conocido, existe todavía poca información sobre su actividad en las colonias.

En la segunda mitad del siglo XIX, la contratación de mercenarios en Europa era cada vez menos frecuente; los jóvenes suizos combatían ahora en las más alejadas colonias. En el ejército colonial neerlandés los suizos eran muy bienvenidos porque la mayoría ya había recibido una formación militar básica y porque eran considerados buenos tiradores. Solo después de un motín suizo en 1860 en Semarang, Indonesia, debido a las condiciones laborales, empezó a empañarse algo su fama. No obstante, entre 1815 y la Primera Guerra Mundial se incorporaron alrededor de 8 000 mercenarios suizos al ejército colonial neerlandés en Indonesia.

Todavía más se fueron a la Legión extranjera francesa: se calcula que entre 1830 y 1960 hubo un total de 40 000 suizos que participaron en combates en África del norte y Vietnam. Durante cierto tiempo, los mercenarios suizos llegaron a integrar el diez por ciento del total de efectivos de los ejércitos europeos.

Precariedad suiza

Con frecuencia los mercenarios huían de la pobreza. Hasta finales de los años 1880, Suiza era uno de los países más pobres de Europa y un país de emigración. El Gobierno suizo concedió incluso créditos para que la gente emigrara a Estados Unidos o América del Sur. Era considerada una política rentable dejar que los hombres jóvenes e inquietos de familias modestas saliesen del país.

“Muchos políticos y funcionarios encargados de la aplicación de la justicia sabían del reclutamiento ilegal de mercenarios en territorio suizo, pero hacían la vista gorda. Consideraban que era mejor que los pobres y los indeseables permanecieran fuera del país en lugar de provocar disturbios”, comenta Krauer a swissinfo.ch.

Pero no solo la necesidad económica empujó a los hombres suizos a adherirse a los ejércitos coloniales, muchos también soñaban con una vida llena de aventuras.

“Leí una carta de un mercenario a su madre, en la que mencionaba que sentía el anhelo de marcharse cada vez que veía pasar por su pueblo un tren. No soportaba la idea de quedarse en su pequeño pueblo y de convertirse en campesino como su padre y abuelo”, expone Krauer.

Carta de un mercenario suizo en Indonesia a su familia. Courtesy Egloff family

A ello se sumaban las leyendas que circulaban y que glorificaban el estilo de vida de aquellos que se habían atrevido a dar el gran salto. Gottfried Keller, uno de los autores suizos más conocidos de mediados del siglo XIX, escribió la historia de un chico que dejó su hogar familiar para incorporarse a la compañía británica de las Indias Orientales y más tarde a la Legión extranjera francesa en África del norte, donde mató un león y ascendió a coronel, llegando luego a amasar una enorme fortuna.

Una vida dura

Muchas veces la realidad se presentaba de manera diferente. La llegada a Indonesia era un choque para muchos, no solo por el clima tropical. Los tres primeros meses, los jóvenes reclutas se dedicaban a la formación y apenas tenían contacto con europeos fuera del cuartel. Enfermedades como la malaria y el cólera eran grandes amenazas: “Antes de que estuviera disponible la quinina en los años 1850, la mayoría moría de enfermedades tropicales en los tres primeros meses”, señala Krauer.

Al mismo tiempo, el día a día era bastante aburrido. Los mercenarios tenían que ejercitarse mucho e instruirse en el manejo de sus fusiles. El arroz era el alimento básico y la bebida principal era una ginebra holandesa, puesto que la cerveza había que importarla. Los soldados suizos tenían permiso para mantener concubinas y hasta fundar una familia con ellas.

Anotaciones en diarios demuestran que los mercenarios se alegraban cuando podían salir del cuartel para patrullar en las plantaciones. Su presencia contribuyó a crear entre los nativos un clima de miedo que hacía que los trabajadores de las plantaciones se concentraran con aplicación en sus labores. El mayor conflicto en el que se vieron envueltos los mercenarios suizos fue la Guerra de Aceh, que se inició en 1873 y que duraría casi cuarenta años. Entonces estaban movilizados en el norte de Sumatra entre 8 000 y 10 000 soldados.

Los suizos también formaron parte de despiadadas unidades especiales que patrullaban en el archipiélago y sometían a los líderes locales a través de la táctica de la tierra quemada.

“Miles de enemigos fueron asesinados y sus casas y otras propiedades incendiadas, el rajá de Lombok fue detenido y la mayoría de los líderes rivales fueron enviados al otro mundo”, se lee en una carta del mercenario Emil Häfeli al padre de su fallecido compatriota Egloff, en 1895. Particularmente atroces eran las represalias cuando el enemigo había asesinado a algunos de los camaradas.

Efectivos de la policía militar colonial neerlandesa posan al lado de habitantes asesinados del pueblo de Koeto Reh en Sumatra (1904). Tropenmuseum, Netherlands

Descendientes de personas que sobrevivieron a las intervenciones de tales unidades especiales en la isla indonesia de Flores, relataron más tarde a antropólogos cómo habían logrado salir con vida permaneciendo escondidos en una cueva debajo de los cadáveres de sus parientes. Los soldados de los ejércitos coloniales no hacían distinción alguna entre civiles y combatientes.

“En Suiza ya existía el Comité Internacional de la Cruz Roja y se hacían debates sobre guerras éticas. Pero al mismo tiempo, suizos y otros europeos participaban en masacres en el norte de Sumatra, en Aceh, Flores y otras islas de Indonesia”, subraya Krauer.

Regreso a casa

Los mercenarios solo podían regresar a su patria después de haber servido durante un período mínimo de seis años en Indonesia. Para ellos era prácticamente imposible desertar porque estaban rodeados del mar.

“Si querían marchar antes de los seis años de servicio, tenían que pagar 2 000 francos suizos, que era una cantidad enorme en aquella época. Además, tenían que organizar a un suplente que les sustituyera”, indica Krauer.

Los mercenarios no podían ahorrar mucho dinero, pero después de doce años de servicio solían recibir una pensión anual de al menos 200 francos suizos, que en algunos casos ascendía hasta 2 000.

Sin embargo, a su vuelta a casa no eran recibidos como héroes. Los mercenarios tenían mala fama entre la población: quienes servían en ejércitos de otros países eran despreciados y considerados como unos depravados morales, las convicciones nacionalistas ganaban cada vez más terreno en el joven Estado federal. También se temía que trajesen malas costumbres a Suiza.

Muchos sufrían traumatismos por las masacres en las que habían participado, y no lograron volver a integrarse en la sociedad. También encontraron oposición al querer traer a Suiza a sus concubinas e hijos.

A diferencia de los comerciantes y misioneros suizos que participaron en las empresas coloniales, los mercenarios no dejaron muchas huellas en forma de libros u objetos exóticos para los museos. Sin embargo, tuvieron una influencia considerable sobre la actitud de los suizos frente a los extranjeros:

“Sus descripciones de los nativos en sus cartas han contribuido a difundir estereotipos sobre otras razas en los pequeños valles y pueblos de Suiza. Algunos de estos estereotipos existen todavía hoy”, apunta Krauer.

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