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El futuro de la libertad de prensa se decide ahora

Thibaut Bruttin

En un momento en el que el derecho a la información se tambalea en varios continentes, hacer balance del estado de la libertad de prensa no es una cuestión teórica, sino una urgencia democrática. Así lo afirma Thibaut Bruttin, director general de Reporteros Sin Fronteras, ONG con sede en París. 

Desde hace varios años, Reporteros Sin Fronteras (RSF) viene observando un deterioro continuo, aunque el giro actual es especialmente preocupante. La libertad de prensa ya no solo se ve amenazada por la feroz represión contra los periodistas —al margen del derecho internacional— o por el acoso judicial contra la prensa: se está desmoronando bajo el efecto de las presiones económicas, tecnológicas y políticas que afectan a todas las regiones del mundo.

Nuestra última clasificación mundial de la libertad de prensa muestra que más de la mitad de la humanidad vive en países donde ahora los periodistas no pueden ejercer su profesión libremente y, aunque la brecha entre Europa y el resto del mundo se está ampliando, las democracias del Viejo Continente están experimentando tormentos similares, aunque en proporciones menos alarmantes, y siguen sobre todo las mismas tendencias que parecen inevitables con demasiada frecuencia.  

«La libertad de prensa se ve amenazada por aquellos mismos que deberían garantizarla. El indicador político del Ranking Mundial de RSF es el que más ha caído en 2024».

En 2024, RSF alertó sobre la responsabilidad de las declaraciones de las figuras políticas, que pretenden dirigirse al pueblo directamente y desacreditan las voces del periodismo. Este modelo durante mucho tiempo ha sido patrimonio de los regímenes dictatoriales y represivos, pero el éxito de líderes como Donald Trump ha generalizado un enfoque hacia la prensa hostil. La libertad de prensa se ve amenazada por quienes deberían ser sus garantes. El indicador político de la clasificación mundial de RSF es el que más ha bajado en 2024, con una caída global de 7,6 puntos.  

En 2025, RSF puso de relieve las presiones económicas que debilitan las redacciones: concentración de los medios de comunicación y atracción en una espiral mediática hacia la información de menor calidad, hacia el buzz; dependencia de las plataformas digitales; instrumentalización de las ayudas públicas, opacas o insuficientes; despidos masivos y empobrecimiento de los periodistas, tentados de complementar sus ingresos con trabajos de comunicación.

Ante este panorama mundial tan sombrío, Suiza parece ser una excepción relativa. Incluida desde hace varios años entre los diez primeros puestos de la clasificación de RSF, disfruta de un entorno mediático pluralista, una gran confianza en las instituciones y un espacio público muy activo. Pero esta envidiable posición no debe ocultar ciertas vulnerabilidades.  

El marco legislativo, en particular, todavía no protege el periodismo de investigación plenamente: el secreto bancario —tal y como actualmente está formulado en el artículo 47 de la Ley de Bancos— sigue disuadiendo que se divulgue información de interés público, sobre todo en un sector de actividad fundamental para la economía suiza. La legislación suiza permite, además, bloquear preventivamente una publicación ante un juez civil, y este procedimiento, cada vez más utilizado contra los medios de comunicación, se asemeja a un amordazamiento.   

Por otra parte, los medios de comunicación suizos no escapan a los efectos de la concentración. El riesgo es real: perder medios de comunicación es perder puntos de vista, voces, hechos y, a la larga, parte de la democracia en una comunidad política caracterizada por la diversidad. En este sentido, la campaña contra los medios de comunicación de servicio público podría suponer un duro golpe para las emisoras que encarnan el pluralismo de la información.

La disrupción que representa la tecnología también debe considerarse una amenaza para la libertad de prensa, ya que la aparición de las redes sociales y los motores de búsqueda ha provocado una sangría en los ingresos publicitarios de los medios, así como un colapso en su visibilidad. En un momento en el que la inteligencia artificial afecta al núcleo de la profesión periodística —la producción de contenidos—, es urgente que quienes dirigen los medios de comunicación y las redacciones fomenten un uso responsable de estas tecnologías, excluyendo que se rechace tanto el progreso como la adhesión ciega.

«La libertad de prensa no es un logro natural, ni en Suiza ni en ningún otro lugar. Debe ser cuidada, respaldada y defendida.»

Pero el apoyo a la libertad de prensa no es solo una cuestión interna. Suiza, por su historia y su presencia diplomática, tiene un papel internacional esencial que desempeñar. Ginebra es uno de los pocos lugares del mundo donde se dan cita periodistas en el exilio, defensores de los derechos humanos, diplomáticos y organizaciones internacionales. El país acoge el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, financia programas de cooperación internacional, apoya iniciativas humanitarias y se posiciona como mediador en conflictos en los que el acceso a la información, a menudo, es un arma. Esta capacidad de influencia debe movilizarse plenamente y la libertad de prensa debe figurar entre las prioridades. La neutralidad suiza nunca ha significado indiferencia ante la suerte de los periodistas, y por ello doy las gracias a la Confederación Helvética.   

Porque la libertad de prensa no es un derecho natural ni en Suiza ni en ningún otro lugar. Debe cultivarse, apoyarse y defenderse. Esto implica reformar las leyes que obstaculizan la información de interés público, garantizar la transparencia y la equidad de las ayudas a los medios de comunicación, regular las plataformas digitales que captan el valor del periodismo y restablecer el diálogo entre ciudadanía y periodistas. Después de todo, si el periodismo representa la posibilidad de una relación ciudadana con los hechos, ¿no constituye la libertad de prensa el derecho a una información fiable para todo el mundo?

La cuestión, eminentemente política en el sentido más noble del término, es sencilla: ¿En qué mundo queremos vivir? ¿En un mundo en el que los rumores sustituyen la investigación, una sociedad ingobernable en la que los hechos se reducen a opiniones, en la que los medios de comunicación ceden ante la intimidación y se vuelven dependientes de los poderes que se supone que deben controlar? O, por el contrario, ¿un mundo en el que cada cual pueda informarse libremente, comprender los retos, emanciparse a través del conocimiento, formarse una opinión, debatir con fuerza y votar con conocimiento de causa? Suiza, por su posición, sus valores y sus instituciones, puede contribuir a defender lo segundo. Si lo hace, tiene mucho que ganar, y si no lo hace, mucho que perder.

Las opiniones expresadas en este artículo son únicamente las del autor y no reflejan necesariamente la postura de swissinfo.ch.

Texto adaptado del francés por Lupe Calvo. Versión en español revisada por Carla Wolff.

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