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Los suizos de ‘La Pampa’ argentina y el ‘arte de la caza’

La explotación racional de los recursos es un imperativo del negocio familiar. (Imagen: Las Isletas) swissinfo.ch

Laura Bagliani y su familia crearon hace más de diez años 'Las Isletas', una empresa dedicada a la organización de 'caza mayor' y 'menor' en la Argentina.

La nieta de los suizos Adolfo Flach y Anna Müller cuenta a swissinfo cómo es vivir de la ‘cinegética’ y repasa la historia de sus abuelos, quienes llegaron a principios del siglo pasado a vivir en la provincia de La Pampa.

Cuando Adolfo Flach pisó, literalmente, ‘La Pampa’ argentina en 1909, quizás no sospechaba que era el único suizo que llegaba a esa despoblada e inmensa llanura. Lo que seguramente sí sospechaba era que había arribado a estas tierras para quedarse, trabajar duro, progresar y formar una familia…

Laura Bagliani -hija de Irma Flach, uno de los siete vástagos que Adolfo tuvo con Anna Müller en Argentina- está casada con Rodolfo Serradell, un apasionado de la caza y de las ‘raíces’, e impulsor de la empresa familiar dedicada a la ‘cinegética’, donde también participan los cuatro hijos del matrimonio.

Juntos recibieron a swissinfo en su casa de Santa Rosa (la capital de la provincia de La Pampa) y, luego de repasar los orígenes helvéticos de Laura, contaron los secretos del ‘arte de la caza’ y cómo es convivir con una profesión que no siempre es bien recibida en la Argentina.

De Neftenbach a La Pampa

Adolfo Flach llegó a la Argentina a trabajar como peón de campo y llegó a tener una fortuna.

«Mi abuelo vino aquí, pero nadie entendió muy bien porqué, dado que su familia estaba bien en Neftanbach (cantón Zurich). Llegó primero a Tranque Lauquen, y luego pasó a Riglos, donde se alquiló un campo», comienza relatando Laura mientras muestra una carpeta con fotos y árboles genealógicos de su familia.

«Una vez que se afincó mandó a buscar a su novia. Escribió una carta diciéndole que la esperaba, pero ella le respondió que no quería porque se había enamorado de uno de los hermanos de éste. Sin dramatizar, allí mismo la ex novia le ofreció a su hermana Anna en matrimonio, que estaba dispuesta a viajar.»

Entre risas, Laura agrega que por ese motivo en la historia familiar hay dos Müller casadas con dos Flach y señala que Adolfo había nacido en Suiza en 1879 y Anna en 1887. Su esposo Rodolfo completa, divertido, la historia:

«Cuando la abuela Anna llegó, en 1911, Adolfo mandó a un amigo a recibirla a Trenque Lauquen, porque el tren llegaba sólo hasta ahí. Mi suegro siempre cuenta que era una casita muy chiquita y que su mamá le contaba que ella, como no se conocían, le preguntó dónde iba a dormir y su padre le contestó ‘si no querés dormir conmigo tenés que dormir afuera’. ¡Así había sido su noche de bodas!»

La atípica pareja funcionó de maravillas. Siguieron trabajando mucho y en 1913 se casaron en La Pampa. De su unión nacieron 7 hijos, 5 mujeres y 2 varones: Laura, Lidia, Anna, Elsa, Irma (madre de Laura), Carlos y Arturo.

El vínculo con Suiza fue mantenido cuidadosamente por sus abuelos. Aunque no todos conservaron el idioma alemán, Adolfo y Anna volvieron a su país de origen y mandaron a sus tres hijos mayores a estudiar un tiempo allí y a otros a formarse en una escuela alemana de Bahía Blanca.

Los tíos de Laura, Arturo y Anna -que aún viven en La Pampa y tienen 92 y 93 años- fueron de los que viajaron a formarse en la secundaria en el país helvético.

Pero la educación en el campo era difícil y durante muchos años tuvieron una institutriz que les daba formación escolar en su casa. Sólo cuatro de los hijos conservaron la ciudadanía, pero los otros, incluida la madre de Laura –una de las más jóvenes-, no.

El campo, el trabajo, las buenas y malas épocas

Adolfo llegó al país con estudios secundarios en agronomía, y eso le resultó suficiente, sumado a su duro trabajo y perseverancia, para ir comprando tierras y prosperar en la agricultura y ganadería.

De peón de campo pasó a alquilar su tierra en Riglos y a trabajarla, y más tarde compró sus primeras hectáreas en Doblas, donde construyó una casa estilo alpino, y fue el primero que introdujo el girasol en la región sur de La Pampa.

«Las cinco hijas trabajaban a la par de los hombres, y eso contribuyó al crecimiento y consolidación de la familia. Eran muy prolijos, hábiles, ahorrativos, eficaces en todo lo que emprendían. Cocinaban genial, hacían conservas de todo tipo y sabían ver las oportunidades…» asegura Rodolfo con admiración, y cuenta:

«En La Pampa, ya cerca de 1935, hubo una sequía impresionante, de tres años, y se generó una emigración colectiva. Pero los Flach pudieron resistir el tema, y luego los agarró el apogeo de la Guerra Mundial: una gran cosecha con los ‘commodities’ muy bien valuados les permitió comprar casi dos leguas de campo, que se repartieron entre los hijos, y una parte le tocó a mi suegra, que se la transfirió a sus hijos.

El amor por la caza y la idea de la cinegética

El esposo de Laura, Rodolfo Serradell es ingeniero agrónomo y apasionado de la caza, y fue él, con el hermano de su mujer, quienes impulsaron la idea de dedicarse a la caza profesionalmente:

«Teniendo esas tierras, y dado que mi cuñado recibía amigos para ir a cazar, hacia finales de los noventa nació la idea de dedicarnos a hacer formalmente una empresa de caza profesional. A mí siempre me gustó el tema y estando en La Pampa ir a cazar es normal. Tanto que el mismo Adolfo Flag era cazador», sostiene Rodolfo.

«Nunca salí a cazar para matar, sino que la idea es comer siempre la presa», dice y explica:

«Con mi cuñado teníamos un conflicto de cómo íbamos a hacer para hacer de la caza un negocio, cuando para nosotros siempre fue, además de deportivo, una actividad de la cual comíamos: cazábamos un jabalí, hacíamos jamón, hacíamos chorizos, comíamos su carne, lo mismo con un ciervo. Nunca salimos a cazar para tener un trofeo, sino que siempre tenía una finalidad: las liebres para venderlas, las perdices o vizcachas eran para hacer escabeche…»

«Había un conflicto de intereses, hasta que empezamos a formarnos, a leer, yo me especialicé en etología (una la rama de la biología que estudia el comportamiento de los animales en el medio natural), y entonces, entre una serie de razones decidimos realizarlo como una actividad económica».

Hoy la familia recibe a cazadores de distintas partes del mundo (Estados Unidos, Finlandia, España, Escocia, entre otros países), y muchos de ellos vuelven cada año.

CONTINÚA EN MÁS SOBRE EL TEMA con: «La caza profesional también preserva»

swissinfo, Norma Domínguez, desde Santa Rosa, La Pampa (Argentina)

Adolfo Flach llegó en 1909 a la provincia argentina de La Pampa, desde la ciudad suiza de Neftanbach (cantón Zurich).

-Dos años después llegó a reunirse con él la suiza Anna Müller, con quien se casó y tuvo siete hijos: Laura, Lidia, Anna, Elsa, Irma, Carlos y Arturo.

-Juntos se dedicaron a la agricultura y construyeron su casa en las tierras que compraron en la localidad de Doblas (La Pampa)

-El vínculo con Suiza fue mantenido cuidadosamente por ellos, quienes volvieron a visitar Suiza y mandaron a sus tres hijos mayores a estudiar un tiempo allí. Cuatro de sus hijos conservaron la ciudadanía helvética.

-Adolfo Flach practicaba la caza como una actividad natural del campo, para comer sus presas.

-Sus hijos Anna y Arturo todavía viven en La Pampa, y tienen 93 y 92 años, respectivamente.

-Su nieta Laura Bagliani, hija de su hija Irma, se casó con Rodolfo Serradel, y junto con su esposo y sus hijos (Luis, Ana, María Liz y María José) montaron la empresa ‘Las Isletas’, dedicada a la cinegética (o arte de cazar).

En ‘Las Isletas’ el cuidado cinegético está a cargo de profesionales Ingenieros Agrónomos que hacen una explotación racional con extracciones cuidadosamente calculadas para que sea un recurso sustentable, que involucra a las próximas generaciones.

La empresa nació originalmente en sociedad con uno de los hermanos de Laura y asentándose en las tierras que le heredaron sus abuelos suizos.

Mientras la logística y organización está en manos de Rodolfo Serradel y sus cuatro hijos, Laura se dedica a preparar y cocinar las presas que traen sus clientes, los cazadores profesionales que llegan de todas partes del mundo a cazar en La Pampa.

La empresa organiza safaris de caza mayor (ciervos colorados, jabalíes, antílopes, búfalos, pumas y otros) y menor (perdiz, vizcacha, liebre, zorros, y otros en ‘pelo’, y palomas, perdices, gansos, en ‘pluma’).

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