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#WEF20 El Foro de Davos propone un capitalismo más comprometido

Klaus Schwab

El fundador y presidente del Foro Económico Mundial (WEF), Klaus Schwab, publicó el primer ‘Manifiesto de Davos’ en 1973, que era un código de ética para los líderes empresariales.

(Keystone / Valentin Flauraud)

En su 50ª edición, el Foro Económico Mundial (WEF en inglés) de Davos, que reúne a la élite empresarial y política del mundo, exhorta nuevamente a las empresas a la unión y el diálogo. En tiempos en los que la gente se manifiesta en las calles contra la globalización, los organizadores del WEF quieren demostrar en este selecto foro –al que solo se asiste con invitación– que el capitalismo puede ser algo más que buenas intenciones.

En 1973, el mundo quedó dividido ideológicamente por la Guerra Fría. En aquel momento, el profesor Klaus Schwab, fundador presidente del WEF, presentó un manifiesto que cuestionaba a las empresas y les pedía preocuparse por algo más que las ganancias y las pérdidas. Su idea era pionera en tiempos en los que muchos adolescentes protestaban contra la guerra y no contra el cambio climático.

Un par de años antes, durante la primera edición del foro del WEF en Davos, el premio Nobel de Economía, Milton Friedman, había presentado la multicitada teoríaEnlace externo que afirmaba que la única responsabilidad social de las empresas era acrecentar sus ganancias.

En las décadas posteriores reinó la teoría de Friedman, relegando a un segundo plano la visión de Schwab, ya que las grandes empresas priorizaban la multiplicación de sus ganancias.

“Ha habido toda una lucha para que el concepto [de ir más allá de las ganancias] sea una tendencia mayoritaria”, declaró Schwab durante una conferencia de prensa celebrada hace unos días para hablar sobre los detalles de su manifiesto.

Este 2020, coincidiendo con 50ª edición del WEF en Davos, Klaus Schwab decidió refrescar la imagen de su manifiesto original, recuperando el concepto de un llamado capitalismo de las partes interesadasEnlace externo, es decir, más comprometido y que retoma públicamente el mantra que el fundador del WEF ha repetido siempre: lo que es bueno para la sociedad lo es para los negocios.

Más regulación

El nuevo Manifiesto de DavosEnlace externo llega en un momento de gran ansiedad en el mundo corporativo porque los activistas climáticos inundan las calles y los políticos buscan controlar hasta el más mínimo gesto de las empresas, lo mismo el precio de los medicamentos que la protección de datos.

Las empresas responden, pero no siempre con resultados óptimos. El año pasado, una organización de directores ejecutivos de grandes empresas estadounidenses fue noticia después de que 180 directores generales firmaran una declaración que reflejaba el propósito de los corporativos de incorporar a las acciones de la compañía los intereses de una franja más amplia de partes afectadas por sus decisiones (stakeholders, en inglés). Una declaración que fue considerada más reaccionaria que innovadora en tiempos en los que las empresas reciben cada vez más presión de sus empleados, proveedores y comunidades.

Oliver Classen, de la oenegé suiza Public Eye, que ha organizado acciones contra el Foro de Davos desde hace años, cuestiona las razones que hay detrás de las declaraciones de las empresas y del WEF.

"Las empresas nunca han estado tan presionadas como hoy”, dice a swissinfo.ch, refiriéndose a los incendios forestales de Australia, entre otros hechos. Las empresas, especialmente en la industria del petróleo y el gasEnlace externo, están siendo arrinconadas para avanzar en favor del cambio climático antes de que haya una regulación en este ámbito.

Una presión pública que también se siente en Suiza, donde las laxas regulaciones han permitido que muchas empresas se instalen en el mundo y hagan cosas que no están permitidas en suelo suizo. De hecho, se espera que el Parlamento suizo reanude el debate sobre la Iniciativa a favor de las Multinacionales ResponsablesEnlace externo en los próximos meses. La iniciativa, que será sometida a votación popular tal vez este mismo año, exige que las multinacionales asuman responsabilidades en materia de derechos humanos y abusos ambientales en el extranjero.

Frédéric Dalsace, profesor de la escuela de negocios IMD con sede en Lausana, coincide parcialmente con esta visión. “Hay premios y castigos en el panorama. Y se trata de una carrera que ya está en curso. La pregunta es: ¿Las empresas resolverán las cosas por sí mismas con rapidez o tendrán que intervenir los gobiernos?”

Demostrando hechos

Según el Financial TimesEnlace externo, más de la mitad de las principales empresas de Estados Unidos han firmado una carta manifestando un “propósito” de cambio. Incluso algunas de las compañías más vilipendiadas por las oenegés han aceptado cambiar sus estructuras.

El gigante suizo de las materias primas Glencore ahora habla de su misiónEnlace externo de "abastecer de forma responsable los productos básicos de la vida cotidiana”, en vez de ser un “productor y comercializador de materias primas en el mundo”, como se definía en 2015.

Sin embargo, cuando se cuestionan las actividades de las empresas, la disposición de los corporativos para cambiar también tiene límites. El grupo industrial alemán Siemens fue blanco de los activistas climáticos hace poco, incluida la adolescente sueca Greta Thunberg, por su participación en una mina de carbón en Australia, cuando una serie de incendios se producía en este país, devastando una superficie que representa varias veces el territorio de Suiza.

A pesar de la presión de los activistas, Siemens optó por seguir adelante con su proyecto de carbón. Su director general, Joe Kaeser, declaró que "sentía una gran empatía con los temas ambientales, pero necesitaba equilibrar los diferentes intereses de las partes involucradas [en el negocio de Siemens]”.

Esto contribuye a que personalidades como Christy Hoffman, directora ejecutiva de Uni Global Union, acudan a Davos con escepticismo. "No es suficiente con expresar que queremos construir un mundo mejor”, señala a swissinfo.ch.
"Para que el capitalismo de las partes interesadas (stakeholder capitalism) sea realmente algo nuevo, y no solo un pincelazo de buenas acciones, debe existir un cambio fundamental en el poder a favor de las personas y los trabajadores”, añade.

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Hay muchos ejemplos de empresas que han hecho cambios radicales en sus productos o proyectos porque no se ajustaban a sus propios valores y ética, o están desarrollando soluciones para atender los desafíos globales más apremiantes. Sin importar cuáles sean las causas, esto era algo impensable en la década de 1970.

E incluso más poderosos que la regulación, los accionistas o los activistas son los consumidores exigentes y bien equipados con herramientas digitales, opina Dalsace. "Cuando salieron las cápsulas Nespresso, no había preocupación alguna por la sostenibilidad, pero los consumidores lo exigieron y Nestlé tuvo que cambiar".

No funcionan los actos aislados​​​​​​​

A Classen también le preocupan todos los discursos que intenten distraer de la necesidad fundamental de rendir cuentas responsablemente. “Es como tener pirómanos que se hacen llamar bomberos”, metaforiza. “Las compañías se presentan como las que solucionarán los problemas, aunque son las causantes de estos”.

Para él, el acuerdo de asociación que firmaron el WEF y Naciones Unidas el año pasado es el epitome del problema. El acuerdo “dibuja un panorama en el que los directivos de las empresas se convierten en actores que influyen en la ONU y sus programas. Es la forma más escandalosa de captura corporativa que hayamos presenciado en la gobernanza global”.

En 2019, este acuerdo generó duras críticas de más de 250 grupos de la sociedad civil que firmaron una cartaEnlace externo pidiendo a la ONU poner fin a ese acuerdo. Afirmaron que dar acceso preferencial a las empresas socavaría el mandato de la ONU y pondría en riesgo su independencia, imparcialidad y eficacia. Lo consideraron una “apropiación empresarial en la ONU” que generaría un control global, privado y antidemocrático.

Las agencias de la ONU han sido criticadas por asociarse con empresas, incluida la aceptación por parte de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de fondos de la industria del tabaco.
Klaus Schwab, el presidente del WEF, considera que los problemas son demasiado complejos para que un solo sector o actor pueda resolverlos. "Los grandes desafíos, ya sea del medioambiente o de la pobreza, no pueden ser resueltos exclusivamente por los gobiernos, las empresas o la sociedad civil", declaró al Financial Times.
Dalsace coincide en que los actos aislados no son la solución. “Hay que aceptar la realidad. Hay empresas que valen miles de millones de dólares; más que el PIB de muchos países. La ONU tiene que aprender a hablar con esas empresas si de verdad queremos resolver los problemas”.

Suiza, añade, conoce mejor que nadie esta realidad, ya que es sede de muchas multinacionales y organizaciones internacionales. "[Conciliar] es la forma suiza de hallar compromiso y resolver las cosas".

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Traducción del inglés: Andrea Ornelas

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