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Por qué las normas del comercio mundial siguen siendo importantes para países como Suiza

Ralph Ossa

El fuerte incremento de los aranceles de importación que Estados Unidos ha impuesto a muchos países ha forzado el comercio mundial. Y eso ha provocado una oleada de acuerdos bilaterales que han reavivado el temor a que la política del más fuerte se imponga a las normas establecidas. Ralph Ossa, antiguo economista jefe de la OMC, explica por qué en estos tiempos turbulentos las economías pequeñas y abiertas, como la suiza, deben defender y adaptar el sistema basado en normas.

Estados Unidos, este último año, ha aumentado sus aranceles de importación de manera considerable, lo cual ha provocado una onda expansiva en la economía mundial. Según la Organización Mundial del Comercio (OMC), el arancel medio de importación de Estados Unidos se ha elevado hasta alrededor del 19 %, frente al 3 % de principios de 2025. Este cambio es especialmente significativo porque proviene de un país que durante mucho tiempo ha sido uno de los principales patrocinadores del comercio abierto y basado en normas.   

Los Gobiernos de todo el mundo han respondido con rapidez a esta nueva realidad, y se han cerrado más de 15 acuerdos bilaterales. Esto implica, por lo general, que los socios comerciales de Estados Unidos hagan importantes concesiones, como compromisos unilaterales de acceso al mercado o promesas de dirigir hacia Estados Unidos grandes flujos de inversión. Estas concesiones han ido acompañadas, en algunos casos, de gestos personales muy visibles hacia el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, como que los representantes del empresariado suizo le hayan regalado un reloj de escritorio Rolex y un lingote de oro grabado.        

Estos acontecimientos han contribuido a crear la impresión de que el Estado de derecho está cediendo paso a la ley de la selva en el comercio internacional. Algo que resulta especialmente desalentador para las pequeñas economías abiertas como Suiza, que —en un mundo en el que las relaciones económicas se rigen cada vez más por el poder y no por las normas— tienen pocas posibilidades de imponerse.

Esa impresión es, sin embargo, engañosa y caben destacar dos hechos. El primero, Estados Unidos solo representa en torno al 14 % de las importaciones mundiales de mercancías. Eso significa que el 86 % de la demanda de importaciones proviene del resto del mundo. El segundo, que aproximadamente el 72 % del comercio mundial de mercancías se sigue realizando bajo los aranceles de nación más favorecida (NMF) de la OMC. Este es un principio fundamental de la OMC que exige que los países traten por igual a todos sus socios, garantizando que se beneficien de los mismos aranceles.      

Otro 16 % del comercio mundial se beneficia de preferencias adicionales concedidas en virtud de acuerdos comerciales preferenciales que funcionan, a su vez, dentro de un marco basado en normas. Casi el 90 % del total del comercio mundial de mercancías sigue rigiéndose por normas acordadas.

Así pues, la prioridad central de la política comercial de los Gobiernos de todo el mundo debería ser proteger el núcleo normativo del comercio mundial. Si bien no pueden controlar la política comercial de Estados Unidos, sí controlan la suya propia y, lo que es más importante, las relaciones comerciales que mantienen entre ellos.

En la práctica, ¿qué significa esto? La implicación inmediata es que los acuerdos comerciales alcanzados para reparar las relaciones con los Estados Unidos no deben perjudicar las relaciones comerciales con el resto del mundo. Si lo hacen, corren el riesgo de crear más problemas de los que resuelven. En este sentido, son motivo de preocupación muchos de los acuerdos celebrados hasta ahora, ya que conceden a Estados Unidos reducciones arancelarias que no se extienden a otros miembros de la OMC. Y esto, además de ir contra el principio de nación más favorecida de la OMC, da a las empresas estadounidenses un acceso preferencial a los mercados de los socios a expensas de los competidores de terceros países.

Suiza es una excepción notable, al menos en lo que a los productos industriales se refiere, puesto que a estos productos ya aplica, de forma no discriminatoria, aranceles cero.       

En este contexto, un riesgo particular es que se deterioren las relaciones comerciales con China. Ninguna economía puede permitirse tensiones comerciales sostenidas con la primera y la segunda economía más grande del mundo al mismo tiempo. Si bien las preocupaciones sobre el exceso de capacidad de China en industrias específicas son legítimas, a menudo se exagera la amenaza de desviación del comercio.

En 2024 el comercio bilateral entre China y Estados Unidos representaba menos del 3 % del comercio mundial de mercancías, lo que limita la magnitud de cualquier posible desviación. Además, la desviación del comercio es una vía de doble sentido: las empresas de Europa y otras economías que ahora se enfrentan a mayores barreras en Estados Unidos también buscarán mercados alternativos.

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Más allá de estos retos inmediatos, la lección más grande es que los Gobiernos deben tratar de invertir en normas comunes en lugar de eludirlas. La máxima prioridad es la reforma de la OMC, que idealmente se vería reforzada por un compromiso político claro en la próxima 14.ª Conferencia Ministerial. Aunque la OMC sigue siendo la piedra angular del sistema comercial mundial, necesita urgentemente reforzar sus funciones de negociación, aplicación y solución de diferencias para seguir siendo adecuada a su propósito.

Eso incluye flexibilizar la toma de decisiones de la OMC, permitir el progreso mediante coaliciones de voluntarios y actualizar el reglamento en ámbitos como el comercio digital, las medidas climáticas relacionadas con el comercio y las subvenciones industriales. Que el Acuerdo Multilateral Provisional sobre Arbitraje de Apelación (MPIA) se amplíe, en gran medida, también podría contribuir a contener la crisis del órgano de apelación de la OMC. Este órgano, que actuaba como tribunal de apelación en las disputas comerciales, lleva bloqueado desde 2019, cuando no se renovó el mandato de dos de sus jueces.  

Dados los obstáculos políticos e institucionales a los que se enfrenta la reforma de la OMC, es prudente complementar los esfuerzos multilaterales con una sólida red de acuerdos comerciales regionales. El objetivo debe ser afianzar relaciones comerciales estables y diversificadas, que ofrezcan la mejor protección contra las perturbaciones económicas y las crisis geopolíticas. Para Suiza los nuevos acuerdos bilaterales III con la Unión Europea revisten especial importancia, ya que garantizan el acceso continuado al mercado único de la UE. Estos acuerdos se ultimaron a principios de 2025 y buscan profundizar los lazos económicos, sociales y académicos entre los dos socios comerciales.   

Al mismo tiempo, los recientes acuerdos con socios como India, Malasia, Mercosur y Tailandia revisten gran importancia estratégica, ya que reflejan un esfuerzo deliberado por estrechar los lazos con regiones en rápido crecimiento que, probablemente, desempeñarán un papel cada vez más importante en la economía mundial.

Para navegar por este entorno turbulento, Suiza tampoco debe perder de vista sus fortalezas fundamentales. En un mundo marcado por una incertidumbre creciente, la estabilidad política y económica se ha convertido en un activo escaso y valioso. En un sistema comercial internacional cada vez más determinado por el poder, un firme compromiso con el Estado de derecho proporciona credibilidad y confianza. Y en un momento en que las alineaciones geopolíticas se agudizan, la neutralidad sigue siendo una fuente de fiabilidad como socio comercial entre bloques.

La lección más amplia va más allá de Suiza. En un mundo en el que el poder económico se utiliza cada vez más como palanca, el valor de las instituciones estables y las normas predecibles está aumentando; no, disminuyendo. El sistema comercial basado en normas no es una limitación, sino una fuente de resiliencia que protege a las economías de la incertidumbre, la presión política y la fragmentación. La tarea que nos espera, por lo tanto, no es abandonar las normas multilaterales ante la turbulencia actual, sino defenderlas y adaptarlas, garantizando que el comercio internacional siga rigiéndose por el derecho y no por el poder.

Texto original editado por Virginie Mangin. Adaptado del inglés por Lupe Calvo. Versión en español revisada por Carla Wolff.

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