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Jonas Lüscher: “Esta gente es un desastre”

El escritor suizo Jonas Lüscher ha estado muy grave por coronavirus. Thomas Egli / lunax

El escritor Jonas Lüscher, de 43 años, ha estado gravemente enfermo de coronavirus y ha permanecido en coma siete semanas. Aquí expresa su ira contra quienes niegan la importancia de la epidemia y hablan de conspiración. Y charla sobre cómo la buena literatura puede contribuir a comprender la crisis. 

Este contenido fue publicado el 22 agosto 2020 - 11:00
Linus Schöpfer / SonntagsZeitung

Jonas Lüscher, usted ha padecido el coronavirus. ¿Cómo le ha ido con la enfermedad?  

He estado muy enfermo. El 15 de marzo participé en la organización de las elecciones locales en Múnich, ayudando en las urnas y en el recuento de votos. Ahí es donde probablemente me contagié. En un principio tuve los típicos síntomas de tos y fiebre alta. Después de dar positivo, ingresé en el hospital. Los médicos me diagnosticaron neumonía y mi estado empeoró rápidamente. Me indujeron el coma y me intubaron. Estuve siete semanas en coma, en total fueron nueve semanas en la unidad de cuidados intensivos y tres semanas en recuperación. Sigo teniendo la función pulmonar algo limitada y sufro los efectos secundarios habituales de un período largo en coma. Pero he tenido mucha suerte, no he sufrido ningún daño cognitivo.    

Tras esta experiencia, ¿cómo valora el debate abierto?

Como mínimo me resulta muy extraño que incluso los inmunólogos -todavía hoy- afirmen públicamente que el coronavirus no es peligroso para las personas menores de 45 años. Si no me hubiera infectado probablemente también me hubiera molestado. Pero ahora estoy más molesto porque minimizar así el problema significa negar lo que he vivido como enfermo. No pertenezco a ningún grupo de riesgo, estaba sano y todavía no he cumplido los 45 años. Es evidente que este argumento es muy práctico: si el virus afecta únicamente a los viejos y a quienes ya están enfermos, con encerrarlos basta. Pero, en primer lugar, como lo demuestra la evolución de la enfermedad en mí, es falso. En segundo lugar, es inhumano y, en tercer lugar, como demuestra el ejemplo de Suecia, esto no funciona. Y todos estos teóricos de la conspiración... Esta gente es un desastre.

¿El coronavirus es un signo de una enfermedad más profunda o solo es una zoonosis particularmente grave?

En todo caso, si no aprovechamos esta crisis innegable para plantearnos algunas preguntas fundamentales, será una oportunidad perdida. La pandemia actúa como una lupa: amplifica los problemas sociales existentes y los pone claramente de manifiesto. Frente a esta pandemia, es evidente que debemos preguntarnos si podemos seguir considerando sensato un sistema económico tan vulnerable, porque depende de un crecimiento continuo y un consumo desenfrenado. Naturalmente, también tenemos que preguntarnos si no deberíamos reconsiderar básicamente nuestra relación con los animales. Y, en vista de los enormes paquetes de ayuda, tenemos que pensar en quién soporta la carga más pesada, quién es el más vulnerable y cómo distribuir la carga de manera justa. Una vez más, la cuestión de la distribución equitativa es fundamental.        

Pero, ¿hablamos realmente de estos temas?

Sorprendentemente, no. Sin embargo, en esta situación extraordinariamente dramática, es evidente que los Hoffmann y los Oeri, los Brenninkmeijer y los Blocher [algunas de las familias más ricas de Suiza] tendrían que dejar caer uno o dos mil millones. Pero no estamos hablando de eso. Todo el mundo parece esperar una vuelta rápida a los tiempos previos al coronavirus. Es posible que dentro de tres o cuatro años podamos mirar con calma hacia el 2020 y el coronavirus tan solo sea un mal recuerdo. Casi nadie se acuerda de la crisis financiera de 2008. Pero también es posible que nunca volvamos a la vieja normalidad y tengamos que conformarnos.   

Usted ve la redistribución de la riqueza como un problema urgente en la crisis del coronavirus. No es obvio.   

Lo es. La crisis del coronavirus claramente ha sacado a la palestra la desigualdad que hay en nuestra sociedad. Cualquiera que tenga una hermosa villa sobre el Lago de Zúrich con jardín y piscina puede ver en la crisis una oportunidad de reducir la marcha sin problemas. Hacer yoga, refrescar los conocimientos de francés… Una madre soltera con dos hijos en plena pubertad en un pequeño apartamento alquilado de dos habitaciones vive la crisis de manera muy diferente. El virus hace que su vida sea todavía más precaria. Sí, es hora de repartir el dinero mejor.   

¿Por qué esto no nos preocupa?

Porque hemos interiorizado el pensamiento neoliberal de los últimos 30 años. Simplemente no tenemos suficiente imaginación para representar un mundo mejor. Aparentemente, ni siquiera somos capaces de ver que una enfermera merezca un salario más alto y mejores condiciones de trabajo que antes. Y esto a pesar de que la importancia de esta enfermera, su importancia sistémica, ha quedado muy clara estos últimos meses.  

“No tenemos suficiente imaginación para representar un mundo mejor”

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Usted es socialista. ¿La crisis del coronavirus, su crisis y la de la sociedad han reforzado sus convicciones?

Sí. Esta crisis demuestra que necesitamos un Estado capaz de intervenir. Basta con mirar el completo desastre de Estados Unidos: un Estado social débil, un sistema de salud miserable, unas infraestructuras deterioradas y, además, personas incompetentes en puestos clave.

No solo Donald Trump, también Jair Bolsonaro y Boris Johnson salen mal parados. ¿El coronavirus significa el fin de quienes se deleitan con el populismo?

Por supuesto, esta crisis es reveladora. Trump y sus secuaces ni siquiera conocen el ABC de la Administración y no tienen ni idea de la gestión de crisis. Sin embargo, hay que preguntarse si esto interesa al electorado. Si la realidad todavía puede afectar a sus partidarios fanáticos. Para Trump, solo una de sus entrevistas delirantes debería ser suficiente para convencer a todos de su inelegibilidad. Que Jair Bolsonaro haya tenido un coronavirus leve, desafortunadamente, es un desastre esclarecedor. Ahora esto parece legitimar su “solo es un resfriado”.  

Boris Johnson, sin embargo, sufrió.

He leído que después de haber estado enfermo con COVID-19 ha cambiado, que se ha vuelto más reflexivo. Por un lado, es edificante. Por otro, es cuanto menos increíble que un político tome conciencia de un problema solo si le afecta directamente. Una persona así parece carecer de empatía. Si hace falta que un primer ministro tenga que padecer el coronavirus para reconocer el problema, no está cualificado para su puesto.     

En su último libro, usted dice que nuestra sociedad subestima la narración o los relatos, que apuesta demasiado por métodos cuantitativos y que idolatra las estadísticas. La crisis del coronavirus le contradice: tenemos que aprender a contar mejor para entender la cantidad de casos y las probabilidades. 

A primera vista, puede parecer así. Está claro que en la crisis del coronavirus necesitamos la precisión de la ciencia. Y, de hecho, la epidemiología en gran parte es una rama estadística. Pero todavía está la cuestión de saber qué hacemos con todos estos números. No tenemos otra opción que desarrollar una narrativa. Porque las cifras en sí mismas no dicen nada. Así que necesitamos historias que se basen en esas cifras, narrativas que tengan poder explicativo y un vínculo con el mundo. El virólogo berlinés Christian Drosten es un buen ejemplo de narrador científico competente. Sus pódcasts son solo cifras que transforma en relatos comprensibles, pero también cuidadosos y matizados. Alemania puede considerarse afortunada de tener un científico así. Por otro lado, está la más tonta de todas las historias relacionadas con el coronavirus, la negación rotunda basada en la teoría de la conspiración.

“Por supuesto, esta crisis es reveladora. Trump y sus semejantes ni siquiera conocen el ABC de la Administración”

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En el apogeo de la primera ola de coronavirus, la narrativa apocalíptica fue bastante popular. Lukas Bärfuss, por ejemplo, profetizó que la epidemia sería aún más grave en Suiza que en Italia.

Siempre es fácil burlarse de los alarmistas. Christian Drosten dijo esta bella frase: “No hay gloria en la prevención”. Pero así es como funciona. Se toman medidas porque algunos envían mensajes de alarma y evitan que las cosas se pongan tan mal como se temía. Y entonces se culpa a quienes dieron la voz de alarma de haber exagerado. Pero si no lo hubieran hecho, si no se hubiera tomado ninguna medida y la situación hubiera sido más grave, esa misma gente probablemente les acusaría de no haber hecho nada. Y no se necesita mucho: imagine si el carnaval de Basilea se hubiera celebrado; la situación aquí podría ser tan grave como en el norte de Italia. 

Usted está convencido de que la literatura puede ayudarnos a entender mejor el mundo. ¿Deberíamos esperar una gran novela sobre el coronavirus, que nos abra los ojos?  

Si un día la prensa proclama que ahí está la gran novela sobre el coronavirus, habrá motivos para ser escépticos. Porque, en general, expectativas tan exageradas suelen superan la medida de un libro. Una novela no puede tratar un tema como el coronavirus de manera exhaustiva. En lugar de ello, surgirá de manera gradual toda una red de relatos artísticos -también películas y canciones- que nos permitirán profundizar y ampliar desde distintos ángulos nuestra comprensión de la epidemia. No será necesario abordar explícitamente el “COVID-19” o el “virus”. La huella de la pandemia, más bien, estará sujeta a los grandes temas de la humanidad como el amor y la familia. Como en las buenas historias sobre la crisis financiera de 2008 en las que se abordó implícitamente. Piense en los textos de Rainald Goetz o John Lanchester.     

“Sin embargo, es cierto que después del coronavirus mi escritura, de alguna manera, será diferente”

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En sus novelas La primavera de los bárbaros y Kraft [no está traducida al español] también ha abordado la crisis financiera y después la crisis neoliberal. ¿Es para usted el coronavirus un tema todavía más interesante?

Desde un punto de vista social, sí. Pero no escribiré sobre mi propia enfermedad, o al menos no para publicarlo. Sin embargo, es cierto que después del coronavirus mi escritura, de alguna manera, será diferente, pero lo mismo puede decirse de cualquier autor serio.   

El coronavirus tiene repercusiones en las artes: son prácticamente imposibles no solo los conciertos, sino también las grandes lecturas públicas y muchas empresas culturales están al borde de la quiebra. ¿El paisaje cultural va a quedar arruinado?

Estamos, ciertamente, en un momento muy crítico. Porque probablemente una buena parte de lo que ahora está desapareciendo no volverá. Será especialmente difícil para las pequeñas empresas subvencionadas. Y muchas áreas de la producción cultural se basan en la autoexplotación, en el teatro independiente, el jazz, la danza, pero también en la literatura. Muchos sobreviven día a día. La mayoría de los escritores no pueden vivir de la venta de sus libros. Dependen de las lecturas públicas, que ahora se han cancelado. Aquellos escritores cuyos libros se publicaron durante el confinamiento se ven particularmente afectados. Has trabajado durante cinco años en una novela y tu libro desaparece simplemente en la nada. 

¿Puede verse el coronavirus también como una oportunidad? El DJ Westbam, por ejemplo, cree que la desaparición de las antiguas camarillas y redes en el ámbito cultural no necesariamente sería algo malo.    

Para mí esto tiene cierto tufillo a Silicon Valley y a sus discursos perturbadores. Por supuesto, con las estructuras fijas, continuamente existe el riesgo de que las que se benefician siempre sean las mismas personas. Pero a menudo estas camarillas son redes buenas que tienen un sentido. Han tardado años en desarrollarse y se han mantenido con mucho trabajo y dedicación. Si se derrumban ahora, tejer otras nuevas llevará mucho tiempo.   

¿Y qué hay del tan citado renacimiento del libro?

Bueno, muchas personas probablemente solo han visto más retransmisiones (se ríe). Durante el confinamiento las librerías también han estado cerradas, así que no han podido disfrutarlo. Es muy posible que aquí y allá alguien haya vuelto a sacar un libro de su biblioteca. Pero quienes antes del confinamiento no leían probablemente no comenzaron a hacerlo durante ese período.     

¿Con qué sentimiento aborda el otoño y el invierno?

Con mucha inquietud. Si hace falta un nuevo confinamiento, el precio a pagar será mucho más alto. En el plano económico, por supuesto, pero también en el social: personas solas que sufren soledad, familias en apartamentos demasiado pequeños, peleas y violencia en las parejas, paro...

¿Y para usted personalmente?

He tenido suerte en mi desgracia y he salido de ella, digámoslo así, con un ojo morado. Los médicos creen que estoy inmunizado por un tiempo ante el virus. En muchos sentidos tengo una vida privilegiada. Un gran apartamento. Una buena relación. Unos pequeños ahorros. Las cosas me van bastante bien.   

Este artículo se publicó en el dominical SonntagsZeitungEnlace externo del 8 de agosto de 2020 y se reproduce aquí con su autorización.

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