Huellas de censura
En periodos de inestabilidad política, especialmente durante las dos guerras mundiales, la correspondencia militar y privada estuvo en el punto de mira del Estado. Esta censura no era secreta, sino que dejaba huella de forma deliberada.
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Suiza garantiza el secreto de las comunicaciones postales en el artículo 13 de la Constitución federal, relativo a la protección de la esfera privada. Dicho de otra forma, nadie puede abrir los paquetes cerrados que se entregan al servicio postal ni examinar su contenido bajo ningún concepto. Esta obligación de confidencialidad se aplica también a la correspondencia entre particulares.
Las autoridades sólo pueden limitar este derecho fundamental si la policía o un tribunal ordenan la apertura de los paquetes para evitar un delito, ya sea en el marco de una investigación penal o ante sospechas de premeditación de actos delictivos. Ahora bien, la ley deja fuera de esta protección a la correspondencia que contenga injurias, lenguaje inapropiado o incitaciones al delito.
Este último punto cobró especial relevancia durante la Primera Guerra Mundial, ya que, para poder asegurar la neutralidad en el conflicto, el personal de La Poste (servicio postal de Suiza) se vio obligado a interceptar las «cartas abiertas que contuvieran injurias o los sobres sellados con alusiones ofensivas hacia los monarcas y políticos de los países en guerra». Esta medida se aplicaba también a los artículos de prensa que atentaban contra los derechos fundamentales.
La neutralidad suiza se convirtió en una cuestión crítica en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Desde 1938, el personal de La Poste tuvo que interceptar de nuevo toda propaganda subversiva. Al estallar el conflicto, el ejército o la policía podían ordenar la vigilancia de las comunicaciones postales, telegráficas o telefónicas de todas aquellas personas bajo sospecha de «querer atentar o haber atentado ya contra la seguridad del país».
Sin embargo, no quedaba del todo claro qué métodos se utilizaban para llevar a cabo esta censura y sólo las zonas de relevancia militar podían ser objeto de una censura general ordenada por el Consejo Federal (Gobierno).
Pese a que Suiza no vigilaba de forma sistemática a su población debido a su neutralidad oficial, las cartas que salían del país no estaban a salvo de la censura extranjera. Durante las dos guerras mundiales, tanto la correspondencia militar como la privada fueron objeto de una fuerte censura por parte de las potencias del conflicto.
Esta práctica no tenía nada de secreta: los sobres abiertos se volvían a cerrar de forma rudimentaria con cinta adhesiva e incluso se sellaban con los sellos de los servicios de censura. En realidad, se trataba de una estrategia deliberada y que lanzaba un mensaje claro: «leemos vuestra correspondencia». El correo de Helene von Wild (1889-1970), natural de Berna, también presenta huellas de esta censura.
Una vida entre Berna y Barcelona
Hija del pastor Emil Güder y de su esposa Emma, Helene nació en 1889 en Aarwangen (Berna). En 1910 contrajo matrimonio con Ernst von Wild (1874-1961), un ingeniero que trabajaba para una empresa eléctrica española, y poco después se instalaron en Barcelona. Sus hijas Ruth y Leni y su hijo Rudolf, que nacieron entre 1913 y 1917, cursaron sus estudios en la escuela suiza de la Ciudad Condal.
La armonía familiar terminó de forma abrupta con el estallido de la Guerra Civil española en 1936, lo que les llevó a establecerse temporalmente en casa de la familia de Helene, de nuevo en Suiza. Desde allí hicieron todo lo posible por ayudar a la población que se estaba viendo gravemente afectada por el conflicto, sobre todo mediante el envío de alimentos.
Al terminar la guerra, la pareja contempló la posibilidad de volver a Barcelona, pero las cosas habían cambiado tanto que Ernst, después de pasar tres años y medio «tanteando el terreno», decidió regresar definitivamente a Steffisburg en 1942. La familia renunció así a su proyecto y optó por permanecer en Suiza.
Pequeñas manchas de tinta
A pesar de todo, la familia mantuvo sus fuertes lazos con Barcelona y durante los oscuros años de la guerra, el matrimonio von Wild se escribió con regularidad con las amistades que forjaron en la ciudad.
Esta correspondencia internacional, que cruzaba Alemania y Francia, era evidentemente sospechosa para las autoridades, y en muchas de las cartas que Helene von Wild envió y recibió de Barcelona entre 1939 y 1945 se pueden apreciar trazos incoloros y azules.
Esas manchas de tinta, que en principio parecen normales, empiezan a resultar sospechosas tras la lectura de la tercera carta. Estos «garabatos» no eran obra de Helene, sino de las autoridades postales alemanas, ya que la correspondencia entre Suiza y España estaba bajo la lupa de la censura alemana en Múnich.
Era un tipo de censura química con la que pretendían descubrir mensajes secretos. El color azul se utilizaba sobre todo cuando sospechaban que se había usado algún producto para borrar o alterar la tinta original, algo que preocupaba profundamente a las autoridades desde que estos disolventes de tinta aparecieran en el mercado por primera vez en la década de 1930. Para verificar una carta, un sobre o una tarjeta postal, pintaban rayas diagonales con acuarela azul o marrón y después las inspeccionaban con luz ultravioleta para buscar rastros de tinta invisible. Este método revelaba así mensajes ocultos que aparecían ahora en relieve.
El olor de la censura
La censura química es anterior a la Segunda Guerra Mundial. También se han descubierto rastros de procedimientos similares en las cartas de Helene von Wild de los años 1917 y 1918.
Helene escribía desde Barcelona a su madre que vivía en Aarwagen. Como las autoridades españolas sospechaban que sus cartas podían contener mensajes secretos, revisaron la correspondencia de arriba abajo, tal y como evidencian los sellos en los sobres que han llegado hasta nuestros días.
Pese a su neutralidad oficial en el conflicto, la situación interna de España era convulsa, y en el verano de 1917 los grupos socialistas y anarquistas convocaron una huelga general en Barcelona. Alarmadas por la situación, las autoridades vigilaron el correo, particularmente la correspondencia internacional como la de Helene von Wild.
Algunas de sus cartas de la época aún desprenden un olor agrio, otras contienen eflorescencias salinas y otros documentos parecen haber sido totalmente «impregnados». La forma de aplicar los reactivos era muy similar a la que se utilizó más adelante.
Sin embargo, la tinta invisible era más rudimentaria: a principios del siglo XX, los mensajes cifrados se escribían con soluciones salinas que volvían a ser visibles tras aplicar calor. A veces incluso se fabricaba tinta invisible mezclando aspirina y agua. Para revelar el texto, bastaba con aplicar una combinación de alcohol, agua, nitrato potásico, ácido acético y tetracloruro de carbono. Es posible que la correspondencia de Helene fuera revisada con una mezcla similar, lo que podría explicar la presencia de eflorescencias salinas.
Tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial, la censura dejó rastros visuales y químicos, pero también sistemas de codificación, ya que podemos observar combinaciones de letras o números en los sobres, cartas e incluso fotografías. Estas marcas visibles de vigilancia incitaron probablemente a la autocensura, pues era mejor no poner por escrito nada que pudiera ser interceptado.
Nadja Ackermann, archivista científica, es la responsable de los archivos empresariales en la Bibliothèque de la Bourgeoisie de Berna.
Artículo original en el blog del Museo Nacional SuizoEnlace externo
Texto adaptado del francés por Cristina Esteban. Versión en español revisada por Carla Wolff.
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